Vivir plenamente Archives - Walter Riso
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El espacio vital

No somos especialistas en crear nuestro hábitat inmediato. Por lo general, sin darnos cuenta, nos rodeamos  de cosas y personas que nos incomodan o nos generan estrés, y nos resignamos a ello. Hay como un descuido respecto a uno mismo, que se ve reflejado en los espacios vitales  por los que nos movemos a diario.

Recuerdo que en cierta ocasión un anciano llegó a mi consulta con una depresión  no muy severa, pero que lo hacía funcionar  a “media máquina”. Había un bajón en su estado de ánimo, una tristeza sostenida que lo acompañaba gran parte del día y se desvanecía cuando se aproximaba la noche. Intentamos varias aproximaciones sin mucho éxito, hasta que le pedí que me dejara visitar su casa para saber dónde y cómo vivía, esperando encontrar allí algún factor de mantenimiento. El señor aceptó y un día por la mañana fui a su apartamento.  Cuando llegué al lugar me recibió su esposa con una sonrisa amable y después apreció él con una vestimenta de casa: un suéter raído, un pantalón negro de ejercicio que le quedaba corto y unas pantuflas. Comenzamos el recorrido y me fui sorprendiendo a media que avanzábamos. Aunque el hombre pasaba la gran mayor parte del tiempo en su hogar, el ambiente dejaba mucho que desear; el descuido era evidente. Cuando yo le señalaba algún signo de dejadez, la señora asentía por detrás, como diciendo: “Tiene toda la razón, ya era hora de que alguien se lo dijera”. 

Le gustaba mucho leer, pero su biblioteca era muy oscura. El ventanal tenía unas cortinas pesadas de terciopelo, como la de los teatros de antaño, que no deja pasar la luz y los bombillos del techo, al ser de baja potencia, dejaban todo en penumbra. Sus gafas estaban totalmente desbaratadas y pegadas con una cita de plástico. Le pregunté si podía ver bien con ellas y respondió que más o menos porque hacía mucho que no iba donde el oftalmólogo. Escuchaba radio todo el día y el pequeño aparato no solo era del siglo pasado, sino que había que rezarle para que funcionara. Se la pasaba moviéndolo para sintonizar la onda. Le gustaba comer bien y ni se daba gusto con la comida. Le agradaba vestirse y el contenido de su guardarropa era lamentable.

El televisor solo cogía los canales nacionales, el cajón de su mesa de noche se caía cada vez que lo abría, las paredes de su casa estaban descascaradas, y ni qué hablar de los muebles. También descubrí que su cama tenía un enorme hueco, donde se hundía para dormir y le producía dolor de espalda. En fin, su hábitat era depresivo.

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¿La causa?: abandono de su persona. Dejadez y olvido de sí mismo, incapacidad de remodelar la  propia vida, reestructurarla a su amaño y crear un ambiente que promueva al bienestar personal. Nos vamos acostumbrando a lo malo y lo vamos incorporando a lo cotidiano como un karma ineludible.

Sentirse merecedor, es procurarse una buena vida a partir de lo elemental, que no es ganarse la lotería, sino configurar zonas de placer y/o de comodidad. No hablo de lujo, sino de decoro. De rodearnos de una estética básica y de un confort personalizado que nos empuje hacia arriba y no hacia abajo ¿Me place leer?: pues adecuo una área para eso ¿Me gusta comer bien?: procuraré tener una buena alimentación ¿No duermo bien?: tiraré el colchón por la ventana y buscaré uno nuevo. Reingeniería hogareña. 

Como si llevaran un pequeño masoquista dentro, algunos se regodean en un sufrimiento inútil, además de peligroso… ¿No veo bien?: trataré de cambiar mis gafas. ¿Las paredes están descoloridas?, pues las pintaré. ¿La mesa de noche está acabada?: buscaré otra o la mando arreglar. Puro autorrespeto, pura autoestima. La suma de las pequeñas incomodidades y molestias innecesarias que nos rodean pueden hacer que la vida se convierta en un infierno. El espacio vital en el cual vives y te mueves, te define, te sube o te baja. Y aunque parezca que te acostumbras a lo desagradable, no es así, tarde que temprano la salud te pasa factura.

Si quieres profundizar en el tema, puedes ver: Siéntete orgulloso de tu lugar en el mundo


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La integridad: una herencia olvidada

Ser coherente es de las cosas más difíciles que hay. Decimos que una persona es “seria”, cuando no habla por hablar. Si los actos son congruentes con lo que se piensa y siente, hay solidez psicológica: todo apunta hacia un mismo sitio. El comportamiento, el sentimiento y el pensamiento se integran y concuerdan. Un individuo así, es confiable. Hay que darle crédito, porque la consistencia conductual y la credibilidad van de la mano.

No obstante, debemos reconocer que poseemos una clara tendencia a desordenamos. No somos tan consecuentes como debiéramos. Se nos olvidan los principios y nos contradecimos a cada rato. Y aunque  hagamos apología a la moral y las buenas costumbres, fallamos a la hora de actuar. Nuestra actitud es más retórica que real. 

Los grandes maestros espirituales, los hombres y mujeres que hicieron historia, los apasionados y los conquistadores, eran sujetos que actuaban como pensaban. Sentían lo que hacían. El lenguaje quedaba subordinado al comportamiento. Nadie dudaría de la veracidad de un Francisco de Asis: bastaba verlo actuar. A nadie se le ocurría pensar que Krishnamurti, el Che Guevara, Sor Teresa, Gandhi o Policarpa, hayan sido fraudes. Sus acciones hablaban por ellos. Las vidas ejemplares son, por definición, psicológicamente íntegras, es decir, veraces, constantes y tozudas. Entregados en alma y cuerpo. Muchos de sus discípulos aprendían más mirando que escuchando.

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Las personas que logran cohesionar la mente, la conducta y el afecto, se vuelven extremadamente poderosas, porque los conflictos disminuyen. Se autoabastecen. No necesitan llamar la atención, buscar posición, estatus, o poder. Su fortaleza viene de adentro. La energía del que dice lo que piensa, genera terremotos. Cuentan que un ministro inglés se vio obligado a presentar la renuncia. Su frase fue esta: “Renuncio, porque se están acercando a mi precio”. La máxima expresión de honestidad: “Soy débil, pero no me dejo”. Es posible que todos tengamos un precio, y quizás haya que ser más corregible que intachable: profilaxis moral. La decencia también está en reconocer la propias limitaciones y afrontarlas

Hace algunos años, los comerciantes no firmaban letras ni pagarés. Había menos demandas y abogados (no tengo nada contra ellos). La palabra era suficiente. Era como un cheque de gerencia disponible a todas horas.  Esos extraños especímenes de hace cuarenta o cincuenta años, no cargaban tarjetas de crédito, ni extractos bancarios, ni paz y salvos. El estilo de vida era la mejor carta de presentación, y la historia personal el mejor codeudor. Otra vez los hechos. En aquellos años, aunque había cosas malas y negativas, existían ciertas prácticas honorables ampliamente difundidas.  Había cierta preocupación por la reputación, que no era apariencia, sino respetabilidad: “Mi proceder me define como persona”. 

No solamente somos lo que decimos que somos, sino cómo nos comportamos. Cuando nuestra  manera de ser se fragmenta, surge la ambivalencia y nos volvemos sospechosos. La vida cotidiana es un problema de calidad total. Si por la mañana soy sanguinario y por la tarde amoroso, estoy en un claro cortocircuito. Si robo al amanecer y doy diezmos al atardecer, me estoy engañando a mi mismo. Cuando los decires, no se acompañan de las acciones pertinentes, solo queda la imagen deslucida de lo que podría haber sido y no fue. Un enredo, una mentira.

Ser íntegro es procurar ser sincero y claro. Casi transparente. Es pensar, actuar y sentir en una misma dirección porque estamos convencidos que así debe ser. Es exhibirnos sin disfraces ni estafas emocionales: “Esto es lo que soy y no hay nada que ocultar”. Todo a la vista. 

Para ejercitar el complejo arte de la rectitud, no se necesita ser milimétrico y rígido como un riel. Solo se debe hablar con la verdad e intentar, valiente  y conscientemente,  achicar ese agotador camino que nos lleva “del dicho al hecho”.

Si quieres profundizar en el tema, puedes ver: La coherencia inteligente


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La baja tolerancia a la frustración

La frustración es el sentimiento que surge cuando no podemos alcanzar las metas. Si nuestras aspiraciones se ven obstaculizadas, el sistema nervioso segrega adrenalina. Una sensación de impotencia mezclada con ansiedad e ira nos predispone a ser más agresivos y persistentes en nuestro deseo. 

Nuestra mente no está preparada para la resignación sana, es decir, la aceptación inteligente de que no podemos tener todo bajo control. La frase que mejor se opone a la baja tolerancia a la frustración es:  “No se puede, no hay nada que hacer, ya es tarde, no insistas”. ¿Cuál es el límite para saber cuándo vale la pena insistir o retirarse?: lo define la sabiduría, el arte de saber perder.

Detrás del sentimiento de frustración existe casi siempre el apego al placer, en el sentido de no querer renunciar a algo que nos gusta, apetecemos o es importante. La dependencia es el crisol donde se gesta la reacción exagerada al fracaso.

La consecuencia más directa y molesta de la baja tolerancia a la frustración es la ansiedad. Su causa hay que buscarla en la siguiente creencia irracional : “Si las cosas no son como a mi me gustaría que fuera, me da rabia”. Una forma de pataleta existencial o una manera egocéntrica de procesar la información. “El mundo gira a mi alrededor y mis anhelos deben ser resueltos por el cosmos, a lo que de lugar”. ¿Cómo no ver cierta inmadurez, ciertos esquemas infantiles en tal afirmación?.

Es obvio que las cosas no pueden adaptarse a uno. Cualquier persona racional entiende que existe una realidad externa que casi siempre se impone, aunque no nos guste a veces. Sin embargo, aún así, hay un reducto de testarudez crónica que nos lleva  a machacar y a continuar ilógicamente exigiendo lo imposible.

Las personas con baja tolerancia a la frustración sufren mucho, viven estresados y peleando con la vida, porque el universo no responde a sus reclamos. Cuando alguien les lleva la contraria se ofuscan y si sus planes se ven alterados por cualquier imponderable se muestran excesivamente irritables. Viven agarrados con el destino, la suerte, el azar o con Dios: nadie se salva. Un niño que hace pataletas es insoportable, pero un adulto en la misma función es enloquecedor. La mortificación que les genera el fracaso puede llegar a enfermarlos. 

En realidad los intolerantes a la frustración no saben ser humildes, más aún, se vanaglorian de su incapacidad de adaptarse a los impoderables. Confunden entusiasmo con obstinación, su imperativo es, “Tu todo lo puedes y todo lo mereces”. No es la esperanza racional o la idea valerosa de luchar por sus ideales  lo que los impulsa, sino la falta de madurez y una hipersensibilidad al desengaño. Por lo general sus experiencias de aprendizaje en la infancia estuvieron determinadas por padres sobreprotectores y poco exigentes que no dejaron desarrollar el “callo” para soportar los embates de la vida. La paz interior comienza a crecer en el mismo instante que aprendemos a perder.  


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Afiliación, soledad y aislamiento

afiliación, soledad y aislamiento

La afiliación es la tendencia humana básica que nos lleva a buscar compañía como una manera de garantizar la supervivencia tanto del individuo como de la especie. El que diga que puede prescindir de los demás: o es esquizoide o se trata de  un marciano. Todos necesitamos del contacto interpersonal, esa es la verdad irrefutable.

Por eso, cuando se rompe la red de las relaciones sociales en la cual estamos inmersos, nos sentimos extraños, distintos, vacíos. La desconexión con el prójimo nos desarraiga, nos quita la fuerza principal para seguir en el juego de la vida. La psicología del desarrollo nos indica el camino: la principal causa de la depresión infantil es la ruptura con sus pares. Como si la naturaleza nos recordará que no hay nada más antinatural que una vida sin amigos (Cicerón). 

El aislamiento o la soledad social ha ido aumentado en el mundo, de acuerdo a las culturas y a la edad. Contrariamente a lo que se piensa, algunos estudios han encontrado que la soledad golpea más a los adolescentes ( 79%) que a los ancianos (37%). Parecería que la expectativa de los jóvenes a querer estar la mayor parte del tiempo con sus iguales es determinante. Tanto en los Estados Unidos como en España la tercera parte de la población mayor se siente sola.

La soledad emocional no se refiere tanto a la carencia de gente sino a la desvinculación afectiva. El tema es la intimidad, el amor, el afecto de la pareja o las amistades especiales. Podemos estar en una muchedumbre de conocidos y sentirnos emocionalmente solos. Querer y ser querido es la condición básica de la felicidad, lo cual no implica que haya que renunciar de manera indeclinable a la soltería. Hay  gente que prefiere un aislamiento moderado y amores de medio tiempo, al típico matrimonio consumado.

La soledad o el aislamiento obligado, el que no elegimos de forma voluntaria y con fines constructivos sino que se nos impone por cualquier motivo, baja las defensas. Una investigación epidemiológica realizada en los Estados Unidos encontró que la tasa de mortalidad de los individuos socialmente aislados, independiente de la edad, era dos o tres veces más alta que la de los sujetos integrados socialmente. 

¿Qué características se asocian a las personas que sufren de soledad?. Citaré las más relevantes, dejando claro que a veces no sabemos si son causa o consecuencia:

  1. Características de personalidad: introversión, timidez, ansiedad.
  1. Baja autoestima: si creo que no valgo la pena evitaré entrar en contacto con los demás.  Alguien, no muy conforme con su autoconcepto, me decía: “No quiero ofender a los demás con mi presencia”. 
  1. Déficit en habilidades sociales: se refiere a la incapacidad conductual y/o cognitiva (mental) de poder establecer vínculos con los demás. Por ejemplo, dificultades de iniciar y sostener una conversación, hablar en público o expresar emociones.
  1. Características demográficas: en Australia los hombre sufren porque no hay mujeres, en Colombia las mujeres sufren porque no hay hombres. 
  1. Estilos de apego: cada vez hay más evidencia científica que sustenta que la manera adulta de relacionarnos con otros está determinada en gran parte por las experiencias afectivas tempranas.  Por ejemplo, padres ambivalentes e inconstantes en la calidad y cantidad de afecto, pueden generar en el niño miedo e inseguridad a iniciar y mantener relaciones estables.

La soledad no deseada no es un castigo del destino, ni un karma indeclinable frente al cual nada podamos hacer. No tiene sentido sufrir por algo que tiene remedio.


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Las buenas maneras

¿Qué nos cuesta? La amabilidad como norma, como el motor de una convivencia mejor. Si no somos capaces de una ética sostenida, si no nos nace la compasión ni la generosidad se nos sale por los poros, es decir, si la virtud no ha tocado a nuestro ser, al menos, intentemos las buenas maneras, la urbanidad interpersonal. Los modales ayudan a que el respeto siga vigente. Yo sé que la diplomacia maneja cierta apariencia, pero que haríamos sin ella, ¿entrar en guerra? Es mejor el tacto, la mesura y el civismo, así  suene formal. Pensemos que un modo adecuado hará que el entorno inmediato se convierta en un microclima de paz, o mejor, en una coexistencia pacífica.

El maltrato genera malos tratos y en mucha más proporción, mientras el buen trato disminuye la irritabilidad de nuestros posibles agresores. Creamos nuestras propias consecuencias.  ¿Quién no ha visto alguna vez al bravucón quedar psicológicamente desarmado ante una actitud benévola y pacífica de su interlocutor? No hablo de ser héroes sino de  tener una vida menos violenta y estresante: relaciones adecuadas y correctas con el prójimo ¿Es mucho pedir? ¡Es tan fácil ser cortes! ¡Es tan fácil decir “no” con delicadeza! (Tengo mis serias dudas sobre poner la otra  mejilla, porque creo que existe la posibilidad de que me vuelen la cabeza. Si alguien nos golpea, habrá que defenderse, pero no ocurre todos los días).

¿Cómo reaccionarian los demás, si empiezas a practicar algunos de los siguientes comportamientos? 

Saludar. Sin mala cara ni con el gesto fruncido. Que el saludo refleje que no te olvidas del otro.

Ayudar a alguien más necesitado. El otro día pude observar como  todos miraban aterrados a un joven que le ofreció el asiento a una señora que venía llena de paquetes. 

Dar información veraz cuando nos la pidan. ¿Qué importa perder cinco minutos, si con eso generamos tranquilidad en un ser humano?

Escuchar activa y seriamente a quien nos habla. Nivelar la mirada, ni desde arriba ni desde abajo. Mirar a los ojos, estar atento. El mensaje implícito que harás llegar, será: “Lo que usted me dice, es importante para mí… ¡Usted me interesa como persona!”

Preguntar al otro: ¿Qué piensa? ¿Cómo se siente? ¿Qué hay de la familia? ¿Cómo van las cosas? Un amable: “Tu que piensas”, es el reconocimiento del otro como un interlocutor válido, es humanizar el diálogo, no importa de qué clase social sea.

¿Alguien ha reparado en el efecto que produce la sonrisa? Es un dique de contención contra la rabia. Una sonrisa oportuna genera calma, es una conexión profunda a la distancia, una confirmación implícita de que ambos estamos vivos y que no nos haremos daño. No es poca cosa.

Dar las gracias. Una palabra de profundo significado. Su función es notificarle a alguien que la actitud, el obsequio o la amabilidad llegó al receptor y se toma a bien; pero sobre todo es retribución,  gratificar al gratificador. Es la retroalimentación perfecta que sella un momento por lo alto. 

Si le damos la espalda al espacio vital donde nos movilizamos, vivimos, criamos hijos y echamos raíces, no tendremos con quién compartir lo cotidiano. Estar bien con los vecinos cercanos y con los vecinos más lejanos, es una necesidad que tiene que ver con la supervivencia, no del más apto, sino del más solidario. El prójimo de “próximo”, de proximidad física y geográfica y el prójimo del acercamiento humano. Ni siquiera me propongo amar a la humanidad toda, aunque algunos lo logran o más bien les nace, me conformo con ser lo suficientemente cordial para hacer cada día mejor o menos cruel a mis congéneres. 


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El resultado no siempre es importante

La experiencia me ha enseñado que las mejores cosas de la vida no suelen estar sujetas a la programación detallada y previsiva de necesidad de control, ni son el resultado de más sesudo análisis: sencillamente nos toman por sorpresa y a mansalva.

La felicidad, además de efímera es traicionera, casi siempre ataca por la espalda, no la vemos venir ni se anuncia, es discreta y silenciosa, como un beso inocente. En lo cotidiano, similar a las leyes de Murphi, cuánto mayor es el desespero por alcanzar un resultado, menos lo disfrutamos. Cuando hacemos a un lado el proceso y solo nos preocupamos por la meta, el placer se revierte, y nos golpea.

Obviamente, el cirujano plástico, el ingeniero nuclear, un investigador en genética molecular, el odontólogo, sólo para nombrar algunos, no pueden prescindir de los efectos. Aquí, la anticipación es necesaria para que el desenlace no se convierta en secuela. Sin embargo, aún en estos casos, si no se disfruta del procedimiento, el producto final estará contaminado.

Los taoístas hablan de sentarse en la cresta de la ola y dejarse llevar por la circunstancias disfrutando a cada paso, cada impulso y cada segmento, como si fueran un fin en sí mismo. El goce de  achicar los espacios hasta obtener un continuo de metas infinitesimales donde el asombro no tenga fechas preestablecidas ni objetivos fríamente calculados: asombro puro.

Afortunadamente hay cosas que todavía hacemos por hacer. Por ejemplo, aún hay gente que baila sin que el ego se les alborote para llamar la atención. Cuando bailamos por el simple gusto de bailar, sentimos las vibraciones con los huesos, nos acoplamos al compás y sencillamente flotamos. Los que danzan de verdad dicen que entran en comunión con la naturaleza física más elemental: la cuántica del movimiento.

¿Pero qué pasaría si de pronto alguien ofreciera cien millones de pesos a la pareja que mejor baile? ¿Qué ocurriría con la fluidez y espontaneidad de los pasos? La mente, que estaba medio adormilada, volvería al campo de batalla y se instalaría de inmediato en el futuro, tratando de obtener la recompensa: “Debo ganar”. Y en ese preciso instante,  seríamos víctimas de una extraña forma de artritis, se incrementaría el dolor lumbar, nos volveríamos más torpes y la sincronización cuerpo/mente dejaría de existir.  El miedo a perder nos volvería sordos, y el baile se convertiría en una tortura.

Cuando hacemos el amor, si somos psicológicamente sanos, no estamos midiendo el tiempo en llegar al orgasmo como indicador de potencia sexual: “Me encantó como lo hicimos, apenas nos demoramos quince minutos y treinta y dos segundos”. Cuando la pasión nos lleva  a besar y acariciar  a la persona que amamos, no tenemos expectativas sobre la presión de las caricias o cuántos centímetros tenemos que abrir la boca para que el acople lingual sea perfecto. Solo el deseo manda.

El peor enemigo de la espontaneidad es la preocupación por el resultado. Cuando hacemos sumas y restas todo el tiempo, la vida se convierte en una contabilidad insufrible. Muchas empresas entendieron que mantener la mira exclusivamente en los índices de venta relega a un segundo plano los pasos de la transformación del producto, que es donde interviene el factor humano. No me refiero a la cantidad sino a la calidad. Por eso hay camisas tontas, zapatos depresivos, empanadas indigestas y bebidas ridículas. No es un problema de fabricación, sino de pasión, de amor por lo que se hace. 

Repito, el problema no está en desligarse totalmente de las consecuencias de la conducta, ya que perderíamos la actitud previsora de resguardarnos a tiempo o podríamos caer en la más absurda irresponsabilidad, sino en saber cuando abandonar el final, para disfrutar del argumento.

Jugar por jugar, reír por reír, sembrar árboles sin esperar frutos, amar por amar, soñar por soñar, y por qué no, si el físico aguanta, correr por correr como lo hacía Forrest Gump, sin ir a ninguna parte.


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Cuando el ahorro se convierte en tacañería

Cuando el ahorro se convierte en tacañería
Cuando el ahorro se convierte en tacañería

Ahorrar es una buena costumbre. Al organizarnos con el uso del dinero creamos una actitud previsora que permite vivir más tranquilo y con cierta sensación de resguardo. No cabe duda, el ahorro es un comportamiento saludable, aconsejable  y recomendable. El problema empieza cuando la conducta de ahorrar se vuelve compulsiva. Cuando endiosamos la frugalidad y hacemos de la economía una forma de vida, estamos en los fangosos terrenos de la mezquindad. Como cualquier otro vicio, la tacañería produce placer en los que la practican y sufrimiento en los que lo rodean.

Los viejitos “platudos” y avaros suelen decir que las grandes fortunas se hacen cuidando el centavo. Buenos colegios, seguros que lo cubren todo, hospitales de primera y un paseo al año. Pero en la vida cotidiana, el control es asfixiante. Algunos le cobran intereses usureros a sus hijos, otros se niegan a repartir la herencia en vida (aunque sepan que deberían vivir varias vidas para “comerse el capital”) y otros se niegan a toda costa a servir de fiadores, no importa de quien se trate. Acaparar es casi que coleccionar. Estos personajes, compilan billetes como si fueran estampillas. Conozco un señor que se levanta a la madrugada, abre su caja fuerte, saca títulos, dólares, escrituras y otros valores y se sienta a mirarlos como si se tratara de una obra maestra: éxtasis monetario. Por lo general, los cicateros suelen tener un entierro de ricos y vida de pobres.

Una señora de casi cincuenta años, bastante adinerada, para ahorrarse la visita médica donde su ginecólogo, se viste con ropa vieja y hace fila en el Seguro Social para no pagar el costo de la consulta. Otro señor, que se llama a sí mismo “metódico”, tiene todos los alimentos bajo llave y hace un inventario diario de lo que hay en la nevera. Su esposa e hijos deben decir qué van a consumir y anotarlo en una planilla. Conozco un señor económicamente solvente que se vanagloria porque se pasa los peajes sin pagar, porque le parecen caros. Una prestigiosa profesional, solamente lava su ropa a la tercera o cuarta postura, porque se “gasta”. El dios dinero hace desastres y nubla la razón.

Una cosa es la sencillez y otra ser miserable. De tanto cuidar lo que se tiene, no se disfruta, y de tanto amarrar los bienes, se va creando la idea distorsionada de que se es pobre sin serlo. Muchas personas tacañas juran y se autoengañan hasta convencerse a sí mismas que realmente no tienen recursos: “Estoy ilíquido” (la carencia de liquidez es una nueva forma de pobreza).  Muchas personas económicamente humildes viven mejor, se dan más gusto y tienen una mejor calidad de vida. 

Cuidar lo que se tiene es importante, pero no usufructuarlo alegre y despreocupadamente es codicia.  Darse gusto no significa derroche, y autorreforzarse no implica despilfarro. El dinero es un medio y no un fin. Muchas personas guardan celosamente vajillas, manteles, joyas y otros enseres “finos” (algunos ya amarillentos desde el matrimonio) y no los usan en el diario vivir ¿Para que los tienen si no los disfrutan? Se nos pasan los años esperando la “ocasión especial” que nunca llega. Nuestro closet es fiel testigo de las estupideces que almacenamos por un culto al ahorro exaltado y mal entendido.

No estoy defendiendo los “manisueltos”, sino criticando los manicortos. Los que creen que valen por lo que tienen, los que sufren con el mínimo exceso, los que hacen cuentas a cada instante, los que inculcan el miedo a gastar, los que se sienten culpables de la autorrecompensa y los que son egoístas con sus seres queridos.

Si publicitamos la moderación económica exagerada estaremos fortaleciendo la avaricia y la mezquindad. Y no hay avaricia sin envidia, y no hay envidia sin agresión. Hay que ahorrar cuando se puede, y hay que darse gusto cuando se quiere. Ese punto medio donde la autoestima y el autocontrol se dan la mano, se puede aprender y vale la pena enseñarlo.


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El amor y los nuevos valores

El amor y los nuevos valores

Si queremos modificar los paradigmas que tenemos sobre las relaciones afectivas, debemos revisar nuestras concepciones tradicionales sobre el amor en general y el amor de pareja en particular a la luz de un conjunto de valores renovados. En realidad, no sé si Dios es amor, pero de lo que estoy seguro es que el amor interpersonal humano, el que nos profesamos en el día a día y aquí en la tierra, está bastante lejos de cualquier deidad.

Hay al menos cuatro “valores” que han sustentado un amor convencional negativo para la salud mental, los cuales llevamos a cuesta como una obligación histórica que trasmitimos de generación en generación mecánicamente. Gran parte de nuestras relaciones interpersonales y afectivas se rigen por estos principios, que insisto, hemos incorporado a nuestros esquemas como verdades absolutas. Mientras exista este fundamentalismo sentimental estaremos condenados a un sufrimiento absurdo que nos impide vivir el amor de manera libre y relajada.

El primer valor a revisar es el de la fusión amorosa. La obstinación de querer ser uno donde hay dos. “Mi media naranja”, “Mi complemento”, “Mi alma gemela”: pura adicción, pura simbiosis. Un solo espíritu, una sola alma, un solo cerebro, un manojo de ideas amalgamadas hasta el hartazgo. Adiós al asombro. Las “almas gemelas”: ¿no sería mejor, más fácil y pragmático, al menos para los que no vivimos en el “plano astral”, buscar una forma de unión más aterrizada? ¿Qué hacer?: cambiar la fusión por el valor de la solidaridad: estar unidos, en comunidad y de manera participativa. Dos individualidades que se vinculan, porque amar la diferencia es amar dos veces. Estar sindicalizados en el amor.

El segundo valor es el de la generosidad amorosa. No es que esté a favor de la tacañería, lo que ocurre es que en la relación de pareja siempre esperamos algo (en la generosidad no). Si eres fiel, esperas fidelidad; si eres tierno, esperas ternura; si das sexo, esperas sexo, en fin: esperamos. Es más saludable agregar a los brotes espontáneos de generosidad, el valor de la reciprocidad. Justicia distributiva (Aristóteles) y justicia conmutativa (Santo Tomás). El amor recíproco da y recibe. Amor de ida y vuelta, equilibrado, justo, ético. No milimétrico, sino proporcionado.

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El tercer valor es la obligación o el deber conyugal. Las relaciones afectivas cuyo vínculo se instala sobre la base de los imperativos se van agotando a sí mismas. La relación amorosa no puede ser una exigencia. No se trata de estar con quien porque se debe estar, sino estar con quien se quiere estar. Los deberes son necesarios para cualquier tipo de convivencia siempre y cuando no afecten la dignidad de nadie. El deber razonable y bien concebido es un cimiento para el respeto, pero el deber inexorable e irracional tiende a justificar todo tipo de violaciones. Hay que convivir con el deber razonable y pasarle por encima al deber irracional. Es mejor completar las obligaciones, contratos y juramentos con el valor de la autonomía. Autogobierno, independencia personal con ayuda de la razón. ¿Cómo potenciar el “yo auténtico” si no somos libre de desear lo que queremos y de afirmarnos en lo que pensamos?.

El cuatro valor es la tolerancia. Si alguien dijera yo tolero a mi pareja, no apostaríamos cinco centavos por esa relación ¿Hay que tolerarlo todo? Obviamente no. Al igual que cualquier principio de vida, hay que fijar límites. Aunque la palabra tolerancia posee una acepción positiva (pluralismo, democracia), “tolerar”, de acuerdo a un reconocido diccionario de sinónimos, también quiere decir: soportar, aguantar, sufrir, resistir, sobrellevar, cargar con, transigir, ceder, condescender, compadecerse, conformarse, permitir, tragar saliva, sacrificarse. Es más inteligente recurrir al valor del respeto. Reconocer al otro como un interlocutor válido, que tiene algo importante qué decir y a quien vale la pena escuchar en serio. Mucho más que tolerar, sin duda.

Los cuatro valores guía que he propuesto tienen arraigos en grandes movimientos a favor de la dignidad. Los tres primeros responden a la Declaración de los derechos del Hombre y el Ciudadano y el cuatro valor se desprende claramente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El amor saludable y valioso, es compatible con ambas manifestaciones.


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Odiar es muy fácil

Odiar es muy fácil

Odiar es muy fácil, amar es un poco más difícil. Desear la destrucción del prójimo ocurre con una facilidad incomprensible considerando sus implicaciones éticas y psicológicas. Lastimar innecesariamente a otros, basados exclusivamente en la idea del “ojo por ojo” o en el código antisocial de la venganza, parece ir en contra de toda ley natural, y aún así ocurre. Odiar es desearle lo peor a otro ser humano. No es la defensa adaptativa ante un ataque, sino el recordatorio, la alimentación permanente del sentimiento negativo. El odio no se extingue ni se agota cuando lo utilizamos, más bien se ahonda y se refuerza a sí mismo, durante meses, años o siglos. De manera similar a lo que ocurre con la dependencia a la drogas, el odio no se sacia, el organismo no es capaz de procesarlo y absorberlo hasta alcanzar el equilibrio.

El esquema del odio se autoperpetua en una espiral infernal. Cuando se intenta equivocadamente aliviar la sed de venganza matando a alguien, es posible que la familia o los amigos de la víctima también recurran a la violencia para “resarcir” la cuestión, lo que hará que los nuevos afectados reaccionen nuevamente con violencia. La herencia de la muerte que se trasmite como un legado de “honorabilidad”, de generación en generación, de momento a momento. Paranoia, abuso, acción y reacción, defensa y ataque, la filosofía de la guerra. El odio es el patrimonio de los depredadores humanos (los animales no odian, solo sobreviven), la justificación emocional que «legaliza» la aniquilación de las víctimas.

El encono emocional extermina el amor, porque se opone a la existencia de la persona. Es lo del amor espinosista, tal como lo define Comte-Esponville: “Amar es la alegría de que el otro exista”. En cambio, odiar es negar la existencia ajena, proclamar su “no ser”: “Me da rabia de que existas”.

Pero el odio, también adopta formas menos dramáticas y genocidas. No siempre atacamos a mansalva, no siempre la agresión manifiesta se impone. En ocasiones la ira se reprime y la ira se transforma en rencor, en resentimiento, en furia no resuelta que se instala en la memoria emocional y no nos deja en paz. No hay tranquilidad si mi mente está empeñada en desear el mal. Odiar quita tiempo, exige una gran inversión de recursos y amargura, por eso es que el aborrecimiento sostenido enferma a quien lo siente.

Y también genera tristeza, degradación de la vida. Nadie puede crecer en el odio ni acercarse siquiera a la felicidad porque se opone al hecho mismo de vivir, a la naturaleza del universo. La aversión obsesiva hacia otro ser vivo nos quita la opción de la convivencia y nos ubica en un campo de batalla minado de negativismo y miserias.

No digo que todo el mundo deba caernos bien. Hay rechazos muy viscerales. De lo que hablo es de la animadversión vital, de la necesidad imperiosa de querer provocar el mal a un semejante, de disfrutar su desgracia, de recrearse en la malevolencia.

¿El tiempo todo lo cura?

Dudo de que sea así. A veces el tiempo alimenta el sentimiento negativo y lo hace más nocivo. Es mejor estar a favor de la vida, es más saludable disfrutar la paz y más alegre regocijarse en el amor.

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El arte de sentirse fracasado, sin serlo

El arte de sentirse fracasado, sin serlo

En psicología se explica que los humanos establecemos todo el tiempo atribuciones sobre las posibles causas de lo que nos ocurre. Por ejemplo: si te sientes mal por cometer un error puedes escapar al desasosiego haciendo atribuciones externas (la causa del error no dependió de mí), inestables (es probable que no vuelva a ocurrir) y específicas (no ocurrirá en otra situaciones distintas) sobre el fracaso.

Veamos dos formas de encarar un mismo problema. La primera te libera y la segunda te hunde y te acerca a la sensación de fracaso:

  • Supongamos que te vaya mal en un examen y aplicas este tipo de atribuciones: piensas que el profesor exigió demasiado (causa externa), que la insuficiencia académica es un hecho aislado y no tiene por qué volver a ocurrir (causa inestable) y que esta falla no afectará otras materias (causa específica). Una persona que piensa así, si es realista, honesta y asume su responsabilidad real, no se sentirá mal ante el fracaso ni se autocastigará. Se tratará con cuidado y respeto. No pensará que es un desastre, ni atribuirá todo el fracaso a su persona como consecuencia de una generalización irracional. Se dará otra oportunidad.
  • Supongamos ahora el caso opuesto, que ante un mal resultado en un examen la persona pensara que la causa es: interna (“El error dependió totalmente de mí”, “Soy el responsable único de lo ocurrido”), estable (“Siempre me ocurrirá lo mismo”) y global (“Seguiré fallando en los exámenes de distintas materias”). Con este razonamiento la conclusión y rotulación final es apenas obvia: «Soy un fracaso, no soy capaz, soy una persona poco inteligente y no tengo forma de evitarlo». Atrapado en la más profunda decepción de uno mismo.

Es este segundo caso el que te llevará indefectiblemente a la depresión si lo aplicas con frecuencia, ya que asumes toda la responsabilidad del hecho sin atenuantes e injustamente y lo atribuyes de manera categórica a tu escasa capacidad intelectual. Inescapable. Además, como si no fuera suficiente, haces un pronóstico catastrófico de tiempo y lugar a seguir fracasando en cualquier situación académica ¿Cómo podrías sentirte bien pensando de esta manera?

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Aunque te parezca extraño, muchas familias y centros educativos estimulan este tipo de reflexiones pensando que si te exiges exageradamente y vez un futuro gris te pondrás las pilas para evitarlo y aprenderás a ser mejor a base de sufrimiento y una autoexigencia despiadada. Los psicólogos cognitivos decimos que esta manera de interpretar los hechos negativos (atribuciones internasestables y globales para el fracaso), llevada al extremo, te arrastrará a sentirte un miserable y profundamente imperfecto, sin serlo.


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La personalidad culposa

La personalidad culposa

Cuando la culpa se convierte en hábito o rutina, aparece lo que los psicólogos cognitivos llamamos personalización.

Esta distorsión mental hace que algunas personas, por aprendizaje social, se conviertan en esponjas culposas. Todo lo malo que ocurre a su alrededor se lo atribuyen a sí mismas, aunque no tengan nada que ver. Una percepción equivocada les lleva indefectiblemente a la conclusión: «Es mi culpa” ¿Costumbre masoquista? Quizás, pero también infantil e inmadura, porque en el fondo existe un egocentrismo magnificado que les indica que todo tiene que ver con ellos, como si fueran el centro del universo. En resumen: la personalización es  la mala costumbre de atribuirse la responsabilidad ante determinados eventos externos, sin tener en cuenta otras explicaciones posibles. Es ponerse en el ojo del huracán cuando a veces ni siquiera hay huracán.

Una paciente, a quien su marido había dejado por otra mujer, me decía: «Él no tiene la culpa, la tengo yo». Yo le respondí: «¿Por qué me dice esto? Usted fue una buena esposa y madre, siempre estuvo a su lado cuando él la necesitó, fue leal, buen amante, confiable, ¿por qué ahora me dice que es la principal culpable?». Luego de pensar un momento, volvió a lo mismo: «Debería haber hecho más esfuerzo, haber dado más de mí. Él es una gran persona, yo fui poca cosa para él». Personalización a la enésima: siempre estar por debajo y culpable. El historial del hombre que había sido su marido no era el mejor, lo que ponía en duda aquello de «una gran persona»: infidelidades a granel, mal trato, indiferencia, frialdad sexual, egoísmo y muchos brotes narcisistas, en fin, un agujero negro afectivo. Y ella, haciendo caso omiso a la realidad afectiva de su matrimonio, confirmaba mágicamente una responsabilidad personal inexistente,  como si un instinto de culpabilidad la arrastrara desde lo más profundo de su ser. Si tienes la manía de hacerte responsable por todo lo que te ocurre, no lo dudes, pide ayuda profesional.  La tendencia de apropiarse de la culpa irracionalmente,  no te hace mejor persona, te enferma. La culpa compulsiva es una patología, así algunos la vean como una forma de excelencia y redención humanitaria.


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El culto al dinero

El culto al dinero

Algunos coleccionan billetes como si fueran estampas, se identifican con el patrimonio y sus riquezas en un oscuro proceso de fragmentación del yo. Juntar dinero de manera obsesiva y compulsiva es una adicción como cualquier otra, que afecta el bienestar psicológico del que atesora. Si la gente vale por lo que tiene se pierde el lado humanista de la existencia: “Me siento orgulloso de mi automóvil, de mi lujosa casa, de mi ropa…”. ¿Y qué hay de uno mismo? No exageremos, estar contentos por algunos privilegios, es una cosa, pero creer que la valía personal está en las marcas que me cuelgo o en el celular ultima generación que muestro a diestra y siniestra, ya es haber perdido el norte. Los que han sido infectados por el virus del hiperconsumismo viven en un limbo difícil de contrarrestar. Sería inútil explicarles que las cosas que obtienen no son ellos, que ellos son mucho más que las mercancías que consiguen, que si te felicitan por las cosas materiales que posees solo significa eso, que te rodean objetos agradables y confortables, pero que no tienen nada que ver tu ser, así te creas el cuento del estatus.

Séneca, en las Epístolas a Lucilo (Libro IX, 80, 10), se refiere a la “Superioridad de la vida del alma” y a “La felicidad en la pobreza”. No es que haya que estar por debajo de la línea de pobreza absoluta para ver el Nirvana o sentir el Paraíso, simplemente alerta sobre el delirio de grandeza que inspira el apego a la riqueza. En sus palabras: “Si quieres sopesarte a ti, deja aparte el dinero, la casa, los honores; contémplate a ti mismo en tu interior; ahora tu valía la juzgas según el criterio ajeno”. En otras palabras: si te sopesas mal, empezarás a competir y compararte con todo el mundo, porque si tu autorrealización depende de la declaración de renta y los bienes disponibles, verás en cada ser humano un contrincante potencial. Cuando tu amigo se compre una finca, querrás una igual o mejor (asi no te guste mucho el campo); cuando tu amiga reforme la cocina, ya no te gustará la tuya; si alguien cercano se muda a un sector más “clasudo”, ya no te agradará el barrio donde estás ahora. Tus señales de seguridad no dependerán de ti.

El culto al dinero nos ubica en lo superficial, en las necesidades banales, en el sueño de una fastuosidad que nunca llega o, si llega, no dejará de hacerlo con una carga ineludible de estrés y miedo a perder lo que se obtuvo. Séneca también afirma que podemos buscar algunos bienes con decoro, sin desesperación, disfrutarlos mientras los tenemos, pero sin perder de vista que estamos dispuestos a prescindir de ellos en cualquier momento. El siguiente ejercicio es útil: poner algunos objetos de valor sobre la mesa y quedarse un rato mirándolos, sin recelo y sin vanagloriarse, solo mirarlos para luego decirse con toda honestidad: “Yo los tengo a ustedes, ustedes no me tienen a mi”. El afán por la riqueza nos lleva a distorsionar las posibilidades reales de conseguir lo que deseamos, como querer comprar amistades, amor, respeto, dignidad y otros intangibles que simplemente no tienen precio.

En situaciones límites cuando la propia vida pende de un hilo, cuando algún ser querido esta en peligro, cuando nos quedamos solos o cuando se derrumba lo vital, nuestras posesiones pierden todo sentido, su valor decrece hasta la mínima expresión. No digo que hay que vivir debajo del puente, lo que pretendo es decir lo que todos de alguna manera ya sabemos, pero evitamos enfrentarlo. La psicología moderna ha demostrado, sin dudas, que las motivaciones internas, son mucho más satisfactorias y beneficiosas que las motivaciones externas. Estar bien con un mismo, con la gente que amamos, en armonía con el cosmos, habitar la cotidianeidad relajadamente, eso es lo importante. Tener metas proporcionadas, donde lo externo sea un soporte para desarrollar las propias fortalezas, y no a la inversa. Recuerdo una anotación hecha por el historiador Diógenes Laercio hace poco menos de dos mil años, en la cual señala que luego de inspeccionar varios puestos de venta, Sócrates solía decir sorprendido: “¡Cuántas cosas no necesito!”.


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