Vivir a conciencia Archives - Walter Riso
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El espacio vital

No somos especialistas en crear nuestro hábitat inmediato. Por lo general, sin darnos cuenta, nos rodeamos  de cosas y personas que nos incomodan o nos generan estrés, y nos resignamos a ello. Hay como un descuido respecto a uno mismo, que se ve reflejado en los espacios vitales  por los que nos movemos a diario.

Recuerdo que en cierta ocasión un anciano llegó a mi consulta con una depresión  no muy severa, pero que lo hacía funcionar  a “media máquina”. Había un bajón en su estado de ánimo, una tristeza sostenida que lo acompañaba gran parte del día y se desvanecía cuando se aproximaba la noche. Intentamos varias aproximaciones sin mucho éxito, hasta que le pedí que me dejara visitar su casa para saber dónde y cómo vivía, esperando encontrar allí algún factor de mantenimiento. El señor aceptó y un día por la mañana fui a su apartamento.  Cuando llegué al lugar me recibió su esposa con una sonrisa amable y después apreció él con una vestimenta de casa: un suéter raído, un pantalón negro de ejercicio que le quedaba corto y unas pantuflas. Comenzamos el recorrido y me fui sorprendiendo a media que avanzábamos. Aunque el hombre pasaba la gran mayor parte del tiempo en su hogar, el ambiente dejaba mucho que desear; el descuido era evidente. Cuando yo le señalaba algún signo de dejadez, la señora asentía por detrás, como diciendo: “Tiene toda la razón, ya era hora de que alguien se lo dijera”. 

Le gustaba mucho leer, pero su biblioteca era muy oscura. El ventanal tenía unas cortinas pesadas de terciopelo, como la de los teatros de antaño, que no deja pasar la luz y los bombillos del techo, al ser de baja potencia, dejaban todo en penumbra. Sus gafas estaban totalmente desbaratadas y pegadas con una cita de plástico. Le pregunté si podía ver bien con ellas y respondió que más o menos porque hacía mucho que no iba donde el oftalmólogo. Escuchaba radio todo el día y el pequeño aparato no solo era del siglo pasado, sino que había que rezarle para que funcionara. Se la pasaba moviéndolo para sintonizar la onda. Le gustaba comer bien y ni se daba gusto con la comida. Le agradaba vestirse y el contenido de su guardarropa era lamentable.

El televisor solo cogía los canales nacionales, el cajón de su mesa de noche se caía cada vez que lo abría, las paredes de su casa estaban descascaradas, y ni qué hablar de los muebles. También descubrí que su cama tenía un enorme hueco, donde se hundía para dormir y le producía dolor de espalda. En fin, su hábitat era depresivo.

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¿La causa?: abandono de su persona. Dejadez y olvido de sí mismo, incapacidad de remodelar la  propia vida, reestructurarla a su amaño y crear un ambiente que promueva al bienestar personal. Nos vamos acostumbrando a lo malo y lo vamos incorporando a lo cotidiano como un karma ineludible.

Sentirse merecedor, es procurarse una buena vida a partir de lo elemental, que no es ganarse la lotería, sino configurar zonas de placer y/o de comodidad. No hablo de lujo, sino de decoro. De rodearnos de una estética básica y de un confort personalizado que nos empuje hacia arriba y no hacia abajo ¿Me place leer?: pues adecuo una área para eso ¿Me gusta comer bien?: procuraré tener una buena alimentación ¿No duermo bien?: tiraré el colchón por la ventana y buscaré uno nuevo. Reingeniería hogareña. 

Como si llevaran un pequeño masoquista dentro, algunos se regodean en un sufrimiento inútil, además de peligroso… ¿No veo bien?: trataré de cambiar mis gafas. ¿Las paredes están descoloridas?, pues las pintaré. ¿La mesa de noche está acabada?: buscaré otra o la mando arreglar. Puro autorrespeto, pura autoestima. La suma de las pequeñas incomodidades y molestias innecesarias que nos rodean pueden hacer que la vida se convierta en un infierno. El espacio vital en el cual vives y te mueves, te define, te sube o te baja. Y aunque parezca que te acostumbras a lo desagradable, no es así, tarde que temprano la salud te pasa factura.

Si quieres profundizar en el tema, puedes ver: Siéntete orgulloso de tu lugar en el mundo


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La integridad: una herencia olvidada

Ser coherente es de las cosas más difíciles que hay. Decimos que una persona es “seria”, cuando no habla por hablar. Si los actos son congruentes con lo que se piensa y siente, hay solidez psicológica: todo apunta hacia un mismo sitio. El comportamiento, el sentimiento y el pensamiento se integran y concuerdan. Un individuo así, es confiable. Hay que darle crédito, porque la consistencia conductual y la credibilidad van de la mano.

No obstante, debemos reconocer que poseemos una clara tendencia a desordenamos. No somos tan consecuentes como debiéramos. Se nos olvidan los principios y nos contradecimos a cada rato. Y aunque  hagamos apología a la moral y las buenas costumbres, fallamos a la hora de actuar. Nuestra actitud es más retórica que real. 

Los grandes maestros espirituales, los hombres y mujeres que hicieron historia, los apasionados y los conquistadores, eran sujetos que actuaban como pensaban. Sentían lo que hacían. El lenguaje quedaba subordinado al comportamiento. Nadie dudaría de la veracidad de un Francisco de Asis: bastaba verlo actuar. A nadie se le ocurría pensar que Krishnamurti, el Che Guevara, Sor Teresa, Gandhi o Policarpa, hayan sido fraudes. Sus acciones hablaban por ellos. Las vidas ejemplares son, por definición, psicológicamente íntegras, es decir, veraces, constantes y tozudas. Entregados en alma y cuerpo. Muchos de sus discípulos aprendían más mirando que escuchando.

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Las personas que logran cohesionar la mente, la conducta y el afecto, se vuelven extremadamente poderosas, porque los conflictos disminuyen. Se autoabastecen. No necesitan llamar la atención, buscar posición, estatus, o poder. Su fortaleza viene de adentro. La energía del que dice lo que piensa, genera terremotos. Cuentan que un ministro inglés se vio obligado a presentar la renuncia. Su frase fue esta: “Renuncio, porque se están acercando a mi precio”. La máxima expresión de honestidad: “Soy débil, pero no me dejo”. Es posible que todos tengamos un precio, y quizás haya que ser más corregible que intachable: profilaxis moral. La decencia también está en reconocer la propias limitaciones y afrontarlas

Hace algunos años, los comerciantes no firmaban letras ni pagarés. Había menos demandas y abogados (no tengo nada contra ellos). La palabra era suficiente. Era como un cheque de gerencia disponible a todas horas.  Esos extraños especímenes de hace cuarenta o cincuenta años, no cargaban tarjetas de crédito, ni extractos bancarios, ni paz y salvos. El estilo de vida era la mejor carta de presentación, y la historia personal el mejor codeudor. Otra vez los hechos. En aquellos años, aunque había cosas malas y negativas, existían ciertas prácticas honorables ampliamente difundidas.  Había cierta preocupación por la reputación, que no era apariencia, sino respetabilidad: “Mi proceder me define como persona”. 

No solamente somos lo que decimos que somos, sino cómo nos comportamos. Cuando nuestra  manera de ser se fragmenta, surge la ambivalencia y nos volvemos sospechosos. La vida cotidiana es un problema de calidad total. Si por la mañana soy sanguinario y por la tarde amoroso, estoy en un claro cortocircuito. Si robo al amanecer y doy diezmos al atardecer, me estoy engañando a mi mismo. Cuando los decires, no se acompañan de las acciones pertinentes, solo queda la imagen deslucida de lo que podría haber sido y no fue. Un enredo, una mentira.

Ser íntegro es procurar ser sincero y claro. Casi transparente. Es pensar, actuar y sentir en una misma dirección porque estamos convencidos que así debe ser. Es exhibirnos sin disfraces ni estafas emocionales: “Esto es lo que soy y no hay nada que ocultar”. Todo a la vista. 

Para ejercitar el complejo arte de la rectitud, no se necesita ser milimétrico y rígido como un riel. Solo se debe hablar con la verdad e intentar, valiente  y conscientemente,  achicar ese agotador camino que nos lleva “del dicho al hecho”.

Si quieres profundizar en el tema, puedes ver: La coherencia inteligente


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La baja tolerancia a la frustración

La frustración es el sentimiento que surge cuando no podemos alcanzar las metas. Si nuestras aspiraciones se ven obstaculizadas, el sistema nervioso segrega adrenalina. Una sensación de impotencia mezclada con ansiedad e ira nos predispone a ser más agresivos y persistentes en nuestro deseo. 

Nuestra mente no está preparada para la resignación sana, es decir, la aceptación inteligente de que no podemos tener todo bajo control. La frase que mejor se opone a la baja tolerancia a la frustración es:  “No se puede, no hay nada que hacer, ya es tarde, no insistas”. ¿Cuál es el límite para saber cuándo vale la pena insistir o retirarse?: lo define la sabiduría, el arte de saber perder.

Detrás del sentimiento de frustración existe casi siempre el apego al placer, en el sentido de no querer renunciar a algo que nos gusta, apetecemos o es importante. La dependencia es el crisol donde se gesta la reacción exagerada al fracaso.

La consecuencia más directa y molesta de la baja tolerancia a la frustración es la ansiedad. Su causa hay que buscarla en la siguiente creencia irracional : “Si las cosas no son como a mi me gustaría que fuera, me da rabia”. Una forma de pataleta existencial o una manera egocéntrica de procesar la información. “El mundo gira a mi alrededor y mis anhelos deben ser resueltos por el cosmos, a lo que de lugar”. ¿Cómo no ver cierta inmadurez, ciertos esquemas infantiles en tal afirmación?.

Es obvio que las cosas no pueden adaptarse a uno. Cualquier persona racional entiende que existe una realidad externa que casi siempre se impone, aunque no nos guste a veces. Sin embargo, aún así, hay un reducto de testarudez crónica que nos lleva  a machacar y a continuar ilógicamente exigiendo lo imposible.

Las personas con baja tolerancia a la frustración sufren mucho, viven estresados y peleando con la vida, porque el universo no responde a sus reclamos. Cuando alguien les lleva la contraria se ofuscan y si sus planes se ven alterados por cualquier imponderable se muestran excesivamente irritables. Viven agarrados con el destino, la suerte, el azar o con Dios: nadie se salva. Un niño que hace pataletas es insoportable, pero un adulto en la misma función es enloquecedor. La mortificación que les genera el fracaso puede llegar a enfermarlos. 

En realidad los intolerantes a la frustración no saben ser humildes, más aún, se vanaglorian de su incapacidad de adaptarse a los impoderables. Confunden entusiasmo con obstinación, su imperativo es, “Tu todo lo puedes y todo lo mereces”. No es la esperanza racional o la idea valerosa de luchar por sus ideales  lo que los impulsa, sino la falta de madurez y una hipersensibilidad al desengaño. Por lo general sus experiencias de aprendizaje en la infancia estuvieron determinadas por padres sobreprotectores y poco exigentes que no dejaron desarrollar el “callo” para soportar los embates de la vida. La paz interior comienza a crecer en el mismo instante que aprendemos a perder.  


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Y ahora que me dejó, ¿qué hago?

Pelear la vida. A regañadientes, a las malas, con las uñas, como quieras,  pero no hay otra opción. Puedes sentarte a llorar tu mala suerte, a lamentarte de la “injusta” soledad, a sentir lástima por tu aporreado yo y autocompadecerte. O por el contrario, puedes levantar cabeza y aplicar una dosis de racionalidad a tu desajustado corazón.

Si te dejó, si se fue como un soplo, si no le importaste, si te hizo a un lado con tanta facilidad, si no valoró lo que le diste, si apenas le dolió tu dolor, si decidió estar sin tu presencia, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que no te merece?. 

Y si te dejó porque ya no te ama, porque se le agotaron los besos, y hasta la más simple de las caricias se le convirtió en tortura, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que ya no te ama?

¿Y no será, que si fue cruel o se le terminó el amor, ya no tiene sentido insistir en resolver lo que ya está resuelto? ¿No será que hay que quemar las naves, cerrar el capítulo y dirigir la atención a otra parte? No se trata de no sufrir, sino de darle al sufrimiento un giro y elaborar el duelo (resignarse a la pérdida). No preocuparse por lo que podría haber sido y no fue, sino por que es.

Lo curioso del despecho es que los que han sido abandonados, casi siempre terminan por autocastigarse: “Si la persona que amo no me quiere,  no merezco el amor” o “Si la persona que dice quererme me deja, definitivamente no soy querible”. La consecuencia de esta manera de pensar es nefasta. El comportamiento se acopla a la distorsión y el sujeto intenta confirmar, mediante distintas sanciones, que no merece el amor. Veamos cuatro formas típicas de autocastigarse que utilizan los “abandonados”:

  1. Estancamiento motivacional: “No merezco ser feliz, entonces elimino de mi vida todo lo que me produzca placer” (autocastigo motivacional)
  1. Aislamiento afectivo: “No merezco a nadie que me quiera. Cuánto más me guste alguien, más lo alejo de mi lado”  (autocastigo afectivo)
  1. Reincidencia afectiva negativa: Buscar nuevas compañías similares a la persona que nos hizo o  todavía nos hace sufrir (profecía autocastigante)
  1. Promiscuidad autocastigadora:  Entregarse al mejor postor, “prostituirse” socialmente o dejar que hagan de uno lo que quieran (autocastigo moral)

Me preguntó, ¿Y no será que de pronto no eres tan culpable como crees, y que no haya ni buenos ni malos, vencedores y vencidos?

Ahora que te dejó, hay que comenzar a vivir de otra manera. Retomar lo bueno que tenías olvidado y arrancar. Todos somos capaces de recuperarnos del fracaso afectivo. Al principio duele hasta el alma, pero al cabo de un tiempo, si eliminamos el autocastigo, la mente empieza a reponerse. 

Piensa en las pérdidas que has tenido anteriormente en tu vida,  y cómo ahora, no te producen ni rasquiña. Es muy probable que dentro de un tiempo, esta última decepción, la que ahora estás padeciendo,  quede reducida a un recuerdo insípido y descolorido.

Y mientras tanto, te toca sobrevivir. Evitar caer en los puntos a, b, c y d. Rodearte de amigos y amigas de verdad, porque la amistad cura. También puedes acceder a la vida espiritual que tenías abandonada, y no me refiero a encerrarte en un templo, sino revisar tu sentido de vida. Las crisis activan la autoobservación y nos obligan a mirarnos desde una óptica nueva.

Siempre habrá alguien, testarudo y persistente, que nos quiera a pesar de todo. A esta hora, en algún lugar de la ciudad, hay una persona desconocida que aún no conoces, dispuesta a contagiarte de amor, que pronto entrará a tu vida. Es solo cuestión de tiempo.


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El culto a la apariencia física

El aspecto corporal se ha vuelto una obsesión supremamente peligrosa. Y no solo me refiero a la belleza en sí, sino a la necesidad creada de mantener determinada proporción talla-peso. Bajar de peso y el control de calorías ha reemplazado la inteligencia, la sensibilidad y los encantos histriónicos de toda buena conquista. Las dimensiones exteriores son más importantes que la esencia, o peor, son su esencia.

La belleza es un valor innegable en la valoración humana. La capilla Sixtina, el Don Quijote, la Venus de Milo, un bello rostro, una voz prodigiosa, la armonía, la simetría y el equilibrio exquisito, generan un efecto cuasi trascendente. No cabe duda, la capacidad de embelesarse es uno de los factores que nos hace humanos. La hermosura jamás pasa desapercibida.

Pero una cosa es la apreciación estética y otra muy distinta la compulsión por la silueta. El culto a la “flacura” ha creado dos alteraciones tristemente célebres: la anorexia y la bulimia. La primera se caracteriza por una gran distorsión de la imagen corporal, miedo a engordar y una pérdida deliberada de peso, a veces hasta la inanición. La segunda está referida a episodios incontrolables de ingestión exagerada de alimentos (atracones), seguidos de autoinducción de vómitos o utilización de laxantes. 

Las estadísticas al respecto son alarmantes. El 90% de las personas que padecen estas enfermedades son mujeres occidentales. Cinco millones de norteamericanos sufren  de alguna alteración de la conducta alimentaria y mil mujeres fallecen cada año en ese país por anorexia nerviosa. En general, la frecuencia de anorexia ha estado aumentado considerablemente y se cree que entre el 1 y el 5% de la población de mujeres adolescentes sufren del trastorno. En lo que respecta a la bulimia, el 3% de la población femenina la padece (algunos estudios hablan del 19%). Aunque es más probable su ocurrencia en la adolescencia tardía, se han detectado casos desde los ocho años de edad.

¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que puede llevar un ser humano a reducir su autoestima al número de “gordos”, a la “celulitis” o las “estrías”. Nuestras adolescentes no se preocupan tanto por el tamaño de la nariz, la forma de la cara o el pelo, como por la cantidad de grasa. Una niña de doce años, bastante flaca,  expresaba así su fantasía morfológica: “Sería la mujer más feliz del mundo si tuviera las clavículas más salidas…  Si estos huesos se me notaran más, me encantaría… Me gustaría verme como una de esas modelos africanas que son puro hueso y piel “. El estilo famélico, ojeroso, demacrado, esquelético y “draculiano”, es una anhelo difícil de entender. Es fuente de envidia en otras mujeres y no tan imprescindible para los varones. ¿Para quién adelgazan las mujeres: para ellas o para ellos?

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Muchas madres no se explican porque sus hijas sufren de semejante mal, si ellas no han dado mal ejemplo. Solamente van al gimnasio todos los días, asisten a la dietista con relativa frecuencia, se quejan de su gordura antes y después de vacaciones, van donde la mesoterapeuta y se alegran de sobremanera cuando bajan unos gramos. Además, vigilan el consumo alimentario de sus hijas de manera constante y le recomiendan ropa de color negro porque disimula el sobrepeso.

La anorexia y la bulimia son producto de un sistema decadente. De una sociedad super consumista que ha logrado fabricar aspiraciones frívolas y cada vez más artificiales. Al igual que la drogadicción y el comportamiento antisocial, el culto a la apariencia física no es otra cosa que la manifestación de una crisis generalizada de valores.

Aunque no quepa en la mente de muchas niñas adolescentes, la belleza es una actitud. Si te sientes linda, serás hermosa. Tu autoestima vale más que tu autoimagen, porque eres mucho más que una figura. Y no importa lo que digan los expertos o los explotadores de la belleza, la gente vale por lo que es y no por su anatomía.


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Las buenas maneras

¿Qué nos cuesta? La amabilidad como norma, como el motor de una convivencia mejor. Si no somos capaces de una ética sostenida, si no nos nace la compasión ni la generosidad se nos sale por los poros, es decir, si la virtud no ha tocado a nuestro ser, al menos, intentemos las buenas maneras, la urbanidad interpersonal. Los modales ayudan a que el respeto siga vigente. Yo sé que la diplomacia maneja cierta apariencia, pero que haríamos sin ella, ¿entrar en guerra? Es mejor el tacto, la mesura y el civismo, así  suene formal. Pensemos que un modo adecuado hará que el entorno inmediato se convierta en un microclima de paz, o mejor, en una coexistencia pacífica.

El maltrato genera malos tratos y en mucha más proporción, mientras el buen trato disminuye la irritabilidad de nuestros posibles agresores. Creamos nuestras propias consecuencias.  ¿Quién no ha visto alguna vez al bravucón quedar psicológicamente desarmado ante una actitud benévola y pacífica de su interlocutor? No hablo de ser héroes sino de  tener una vida menos violenta y estresante: relaciones adecuadas y correctas con el prójimo ¿Es mucho pedir? ¡Es tan fácil ser cortes! ¡Es tan fácil decir “no” con delicadeza! (Tengo mis serias dudas sobre poner la otra  mejilla, porque creo que existe la posibilidad de que me vuelen la cabeza. Si alguien nos golpea, habrá que defenderse, pero no ocurre todos los días).

¿Cómo reaccionarian los demás, si empiezas a practicar algunos de los siguientes comportamientos? 

Saludar. Sin mala cara ni con el gesto fruncido. Que el saludo refleje que no te olvidas del otro.

Ayudar a alguien más necesitado. El otro día pude observar como  todos miraban aterrados a un joven que le ofreció el asiento a una señora que venía llena de paquetes. 

Dar información veraz cuando nos la pidan. ¿Qué importa perder cinco minutos, si con eso generamos tranquilidad en un ser humano?

Escuchar activa y seriamente a quien nos habla. Nivelar la mirada, ni desde arriba ni desde abajo. Mirar a los ojos, estar atento. El mensaje implícito que harás llegar, será: “Lo que usted me dice, es importante para mí… ¡Usted me interesa como persona!”

Preguntar al otro: ¿Qué piensa? ¿Cómo se siente? ¿Qué hay de la familia? ¿Cómo van las cosas? Un amable: “Tu que piensas”, es el reconocimiento del otro como un interlocutor válido, es humanizar el diálogo, no importa de qué clase social sea.

¿Alguien ha reparado en el efecto que produce la sonrisa? Es un dique de contención contra la rabia. Una sonrisa oportuna genera calma, es una conexión profunda a la distancia, una confirmación implícita de que ambos estamos vivos y que no nos haremos daño. No es poca cosa.

Dar las gracias. Una palabra de profundo significado. Su función es notificarle a alguien que la actitud, el obsequio o la amabilidad llegó al receptor y se toma a bien; pero sobre todo es retribución,  gratificar al gratificador. Es la retroalimentación perfecta que sella un momento por lo alto. 

Si le damos la espalda al espacio vital donde nos movilizamos, vivimos, criamos hijos y echamos raíces, no tendremos con quién compartir lo cotidiano. Estar bien con los vecinos cercanos y con los vecinos más lejanos, es una necesidad que tiene que ver con la supervivencia, no del más apto, sino del más solidario. El prójimo de “próximo”, de proximidad física y geográfica y el prójimo del acercamiento humano. Ni siquiera me propongo amar a la humanidad toda, aunque algunos lo logran o más bien les nace, me conformo con ser lo suficientemente cordial para hacer cada día mejor o menos cruel a mis congéneres. 


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El culto al dinero

El culto al dinero

Algunos coleccionan billetes como si fueran estampas, se identifican con el patrimonio y sus riquezas en un oscuro proceso de fragmentación del yo. Juntar dinero de manera obsesiva y compulsiva es una adicción como cualquier otra, que afecta el bienestar psicológico del que atesora. Si la gente vale por lo que tiene se pierde el lado humanista de la existencia: “Me siento orgulloso de mi automóvil, de mi lujosa casa, de mi ropa…”. ¿Y qué hay de uno mismo? No exageremos, estar contentos por algunos privilegios, es una cosa, pero creer que la valía personal está en las marcas que me cuelgo o en el celular ultima generación que muestro a diestra y siniestra, ya es haber perdido el norte. Los que han sido infectados por el virus del hiperconsumismo viven en un limbo difícil de contrarrestar. Sería inútil explicarles que las cosas que obtienen no son ellos, que ellos son mucho más que las mercancías que consiguen, que si te felicitan por las cosas materiales que posees solo significa eso, que te rodean objetos agradables y confortables, pero que no tienen nada que ver tu ser, así te creas el cuento del estatus.

Séneca, en las Epístolas a Lucilo (Libro IX, 80, 10), se refiere a la “Superioridad de la vida del alma” y a “La felicidad en la pobreza”. No es que haya que estar por debajo de la línea de pobreza absoluta para ver el Nirvana o sentir el Paraíso, simplemente alerta sobre el delirio de grandeza que inspira el apego a la riqueza. En sus palabras: “Si quieres sopesarte a ti, deja aparte el dinero, la casa, los honores; contémplate a ti mismo en tu interior; ahora tu valía la juzgas según el criterio ajeno”. En otras palabras: si te sopesas mal, empezarás a competir y compararte con todo el mundo, porque si tu autorrealización depende de la declaración de renta y los bienes disponibles, verás en cada ser humano un contrincante potencial. Cuando tu amigo se compre una finca, querrás una igual o mejor (asi no te guste mucho el campo); cuando tu amiga reforme la cocina, ya no te gustará la tuya; si alguien cercano se muda a un sector más “clasudo”, ya no te agradará el barrio donde estás ahora. Tus señales de seguridad no dependerán de ti.

El culto al dinero nos ubica en lo superficial, en las necesidades banales, en el sueño de una fastuosidad que nunca llega o, si llega, no dejará de hacerlo con una carga ineludible de estrés y miedo a perder lo que se obtuvo. Séneca también afirma que podemos buscar algunos bienes con decoro, sin desesperación, disfrutarlos mientras los tenemos, pero sin perder de vista que estamos dispuestos a prescindir de ellos en cualquier momento. El siguiente ejercicio es útil: poner algunos objetos de valor sobre la mesa y quedarse un rato mirándolos, sin recelo y sin vanagloriarse, solo mirarlos para luego decirse con toda honestidad: “Yo los tengo a ustedes, ustedes no me tienen a mi”. El afán por la riqueza nos lleva a distorsionar las posibilidades reales de conseguir lo que deseamos, como querer comprar amistades, amor, respeto, dignidad y otros intangibles que simplemente no tienen precio.

En situaciones límites cuando la propia vida pende de un hilo, cuando algún ser querido esta en peligro, cuando nos quedamos solos o cuando se derrumba lo vital, nuestras posesiones pierden todo sentido, su valor decrece hasta la mínima expresión. No digo que hay que vivir debajo del puente, lo que pretendo es decir lo que todos de alguna manera ya sabemos, pero evitamos enfrentarlo. La psicología moderna ha demostrado, sin dudas, que las motivaciones internas, son mucho más satisfactorias y beneficiosas que las motivaciones externas. Estar bien con un mismo, con la gente que amamos, en armonía con el cosmos, habitar la cotidianeidad relajadamente, eso es lo importante. Tener metas proporcionadas, donde lo externo sea un soporte para desarrollar las propias fortalezas, y no a la inversa. Recuerdo una anotación hecha por el historiador Diógenes Laercio hace poco menos de dos mil años, en la cual señala que luego de inspeccionar varios puestos de venta, Sócrates solía decir sorprendido: “¡Cuántas cosas no necesito!”.


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La conciencia de existir

La conciencia de existir

Séneca recomendaba que por las noches, antes de acostarse, había que preguntarse si realmente hemos vivido ese día, porque cada jornada es un regalo. Vivir con las ganas puestas a cada momento, implicados en lo que hacemos y lo que dejamos de hacer.

Seguros y coherentes para que “la fuerza de existir” nos empuje a mantener activo nuestro ser y a evolucionar al máximo. La esencia que nos define jamás se conforma, la “voluntad de poder” induce: queremos ser mejores y perfeccionar nuestro yo; no importa la clase social, la inteligencia o la fama, la naturaleza nos induce a crecer psicológicamente: ser más, si se puede.

“¡He vivido! ¡Con cada parte de mi cuerpo y de mi mente, a cada instante, persistentemente!”. Es la sensación de que nos hemos jugado por lo que creemos, que nos hemos apropiado de lo que somos, a la máxima expresión. Vivir implica estar comprometido con el propio yo, de tal manera que nada importante se nos escape, que cada ilusión y cada sueño cuente: percibir cada cosa con intensidad, recordar con lujo de detalles, fantasear descaradamente, gustar y degustar, sentir de veras, pensar de veras, atentamente, con la vitalidad imprescindible de quien no se resigna a perder. Bajar las defensas y dejar que los cinco sentidos se multipliquen.

Es verdad que no siempre andamos enchufados a la mayor capacidad, pero eso no significa que debamos entregarnos a la apatía del insensible. ¿Dónde está la belleza? Pues en cualquier parte. Tropezamos todo el tiempo con ella, pero no la vemos. ¿Qué puedo descubrir si estoy encerrado en mí mismo, esperando el nirvana o algún paraíso perdido? El sabio no busca la eternidad, ya habita en ella. Insisto: el plan es bajar los umbrales sensoriales para que la experiencia entre y nos sacuda. La gente se resigna al letargo, a la parálisis de los sentidos que ya parecen callos.

Haber vivido cada día de verdad es también reafirmar los papeles que hemos aceptado llevar a cabo. Si soy padre, pues seré un padre con mayúsculas, un buen padre, un padre dispuesto. Si soy esposo o esposa, pues me lo tomaré en serio y haré que mi pareja reconozca positivamente mi presencia. Si voy a trabajar en algo, trabajaré lo mejor posible. Si soy hijo, pues no lo seré de tanto en tanto, abrazaré a mis padres como si fuera el último día. El yo es información organizada sobre lo que pienso, hago y siento, sobre las aquellas creencias, motivaciones y valores más arraigados, que necesitan actualizarse y revisarse para no perder la identidad y fortalecerla.

¿Quién puede decirse a sí mismo, honestamente y con plena certeza: “he vivido”? No muchos. Unos pacientes me decían que vivían a ratos, porque la mayor parte del tiempo los invadía un sentido de despersonalización, es decir, cierto desconocimiento de quienes eran. La automatización, el hábito que se repite obsesivamente, no es vida. Vivir requiere de cierta audacia y bastante experimentalismo: vive quien corre riesgos saludables, los demás vegetan. Alguien afirmaba: “No soy yo el que vive… Soy un espectador de mí mismo…”. Fragmentación del ser que no se reconoce, que no se registra en lo íntimo, que se pierde en la sombra que se persigue a sí misma.

Resignarse a lo que no nos gusta, a lo que afecta nuestros principios, a lo que no va con uno, es quitarle fuerza a la vida; es vivir menos, es conformarse con otro yo que internamente se violenta y se apaga. Vivir no solo es respirar, es hacer revoluciones, crear utopías de todo tipo, renovarse, recrearse, vencer los miedos, superar las dudas, y muchos etcéteras más. Seneca tenía razón, si hemos vivido hoy, queremos repetir mañana.


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El placer es el «ya», y el deseo, el «después»

El placer es el "ya", y el deseo, el "después"

Deseo y placer. La mente los mezcla en una dimensión temporal y se confunde. El deseo es el placer proyectado en el tiempo, la anticipación de la alegría, el goce o la felicidad. El placer es el “ya”, y el deseo, el “después”.

Presente y futuro. Pero si el desear es un acto determinado por la carencia, por lo que no tenemos y añoramos obtener, cabe preguntar: ¿en qué se convierte cuando lo alcanzamos? Ya no sería privación o escasez, ya que estaríamos haciendo uso del objeto del deseo, degustándolo, consumiendo y agotándolo. Una vez llegamos a la cima, ya no vemos la cima. En ese momento, la psiquis transforma la avidez augurada, en placer contante y sonante. Una vez saciados, a otra cosa, hasta que el deseo empuje de nuevo para eliminar el aburrimiento. Parecería que para el deseo no hay presente, su dinámica fluctúa entre el recuerdo de las sensaciones vividas y la expectativa de concretarlo. Cuando pasa por el presente, no lo identificamos con claridad.

Epicúreo fue el que más se aproximó a una comprensión verdadera de este juego tiempo/placer. No solo lo conceptualizó, sino que lo puso en práctica. Para él y sus discípulos hedonistas, el “goce de vivir” fue el “arte de vivir”. El bien supremo no era la virtud en sí misma, sino el placer saludable y la felicidad asociada. Epicúreo deseaba lo que tenía, las “ganas” se convertían en potencia de vida, en autorrealización, en una fuerza por existir cada vez más, sin mojigatería ni doble moral. Es decir: era un modo de vida, como diría el filósofo Pierre Hadot.

Un punto del epicureísmo que me parece vital, es la diferencia que se establece entre el placer cinético (causado por un estímulo que llega, nos impacta positivamente y/o cubre una necesidad: tengo hambre y tomo alimentos, tengo sueño y duermo, estoy bajado y pruebo estimulantes) y el placer estático (el disfrute reposado y pacífico, el placer fundamental) que se obtiene cuando estamos en una situación “sin dolor”, debido a que el aversivo desparece o se controla y el balance interior ha sido recobrado. El estado estático ideal, el del hombre sabio, ocurriría cuando se logra disfrutar de “la ausencia de una necesidad” bastante tiempo después de que el dolor se ha ido: por ejemplo, el placer de no tener sed, sueño, hambre, ansiedad, de no estar solo, enfermo o en desamor. En fin: el agrado del “no”.

Pero como resulta obvio, esta ausencia del malestar suele pasar desapercibida por nosotros, a no ser que sea reciente. Nadie está feliz porque no tiene una espina clavada o no le duele una muela, si eso le ocurrió hace años o meses. Nadie se alegra de “estar sano”, si no acaba de salir de una enfermedad (se nos olvida muy rápido por lo que pasamos). Pocos agradecen tener una buena pareja, un buen trabajo, unos buenos hijos, amigos y estar vivo, simplemente por que sí. Nos acostumbramos a la ausencia de dolor, al estado simple y maravilloso de estar sin la tortura. No niego que haya estímulos que nos sacudan, y que si no son dañinos conforman el picante de la vida, pero lo otro, lo ya resuelto, lo cotidiano, el sosiego que habitamos por no estar hambrientos, sin achaques o sin padecimientos en general, lo ignoramos. Lo damos por hecho. Creamos una amnesia al “placer del no sufrimiento”, quizás porque sea una felicidad que entra por la puerta de atrás. Estar atentos a los placeres estáticos, que son miles, haría que la alegría de vivir fuera inmensa: desearíamos y disfrutaríamos lo que tenemos, no solamente lo que quisiéramos tener. Recuerdo un señor sobreviviente de la guerra civil española, que había decido mantener activo el placer de una comida digna y un buen vaso de vino después de las angustias pasadas. Cada almuerzo y comida se le veía sonreír para sí.

Algunas religiones cuentan con ritos de “agradecer a Dios” que pueden ser vistos como una forma de atención consciente a la dicha estática. Queda claro que no hablo de resignación o abandono de sí mismo. No me refiero a reprimir el placer, sino a ampliarlo hasta abarcar el presente. Traer el deseo al “aquí y el ahora” es resaltar la dicha que conservamos y no vemos. La serenidad de la mente es una condición que permanece más allá de estímulo-respuesta. Se trata de sentir la plenitud del ahora, el placer de un reposo auténtico donde la percepción del “no dolor” sea cada vez más consiente. Algunos hablan de gratitud.


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¿Puede liberarse la mente?

¿Puede liberarse la mente?

En el atolladero que nos encontramos no parece haber salida. La globalización, las megatendencias y el ciberespacio nos atrapan como las arenas movedizas, cuanto más intentamos salir, más nos hundimos.

Este desorden existencial, esta Matrix vivencial que nos aleja de nuestra propia realidad, la que queremos construir en libertad y uso de nuestras facultades menos condicionadas posibles, no es fácil de ubicar, porque al ser parte de ella, nos confundimos en la maraña. ¿Dónde está la salida del laberinto?, ¿Hacia dónde dirigirnos? Una de las opciones facilistas parece ser la del consumismo y la compra de felicidades pasajeras. El deseo ocupa la mayor parte del menú y sus manifestaciones son cada vez más variadas, por eso las nuevas adicciones suelen ser tan extrañas (internet, amor, celular, belleza, potomanía –adición a tomar agua para “adelgazar”-). Necesitamos cada día más formas de satisfacciones inmediatas, desechables y cambiantes para mantener el cerebro en un estado de aparente equilibrio. Siguiendo a Epicúreo, el placer que añoramos es el “cinético” (que llega intempestivo, nos chuza y se aleja hasta que otra carencia lo llame nuevamente) y no el “placer” estático que surge de la ausencia del dolor, de estar simplemente bien, sin el malestar a cuestas (no estoy enfermo, no tengo sueño, no tengo hambre o estoy sano, estoy despierto, estoy alimentado). Dicho de otra forma: no vivimos la alegría de no estar sufriendo, no atendemos a ese estado, sino al placer que llega del alivio. No somos consientes del bienestar que genera la salud en reposo y preferimos concentrarnos en el impacto del refuerzo positivo. No procesamos la felicidad del reposo o la felicidad en acto, que sugería Epícteto, deseamos más la estimulación, que la ausencia de ella; ruido, más que el silencio. Los momentos de soledad angustian a muchas persona presa del consumismo, porque a solas deberán adentrarse en sí mismas, afrontar la propia identidad generalmente fragmentada por los intereses creados desde afuera. Habitar el mundo, es también ocuparse de uno y ver el “yo” desde adentro.

La mente libre se opone a la subyugación y a perder el norte. Es rebelde, promueve la contracultura y se reafirma en una forma de resistencia individual, que aunque no cambie de manera radical al mundo, al menos permita elegir sensatamente. No busca el nirvana ni la beatitud, se conforma con ser ella misma, con gobernar su mundo interior y dejar por fuera lo que la destruye. Siguiendo algunas enseñanzas de la antigüedad, que han permanecido limpias, al menos en sus fundamentos, yo diría que una mente libre promueve o se apropia de tres aspectos:

• La ataraxia o tranquilidad del alma, serenidad, no ansiedad o preocupación. La imperturbabilidad del ánimo o la menor turbulencia posible.

• La autarkeia o autonomía, independencia, el autogobierno, la libertad de orientar la propia vida como se nos de la gana, hacerse dueño de ella

• La apatheia o impasibilidad e indiferencia a todo aquello que pueda poner las pasiones y las emociones negativas fuera de control.

Las tres unidas forman un bloque de oposición a la despersonalización, una vacuna que facilita la reorientación del yo. Poder estar anclado en uno, sin perderse como una rueda suelta en universo de la oferta y la demanda, dignifica. Si logramos alejarnos de las necesidades vanas, ordenar los deseos sin que nos dominen y eliminar los temores irracionales, estaremos muy cerca de la liberación interior.

La mente libre no es un estado, sino un movimiento dinámico que va reacomodándose sobre la marcha, es un proceso vivo y creativo, especialmente sensible, que orienta el organismo hacia fines saludables. La mente libre es fiel a sus talentos naturales, no se deja seducir fácilmente y ejerce el derecho a decir no. Y por hallarse en una elaboración constante, está muy cerca de la sabiduría, así no logre alcanzarla nunca. El sabio ya sabe vivir, la mente libre esta en condiciones de aprender a vivir y a resistir. Es un estadio previo a la plenitud, por decirlo de alguna manera. Una diferencia de grado infinitamente complejo y bellamente simple. La mente libre es el umbral, luego sigue el salto.


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