Ni contigo, ni sin ti

A veces el amor se desdobla en sus contrarios y nos entrampa. El sentimiento hacia la misma persona comienza fluctuar entre dos extremos irreconciliables y opuestos, sin solución aparente. El afecto se hace dicotómico: “Te quiero cuando no estás y cuando estás me aburro”. Deseo como carencia y tedio en el contacto. 

Se ama la ausencia del ser amado, su partida, el destierro, y a la vez se añora el regreso de la persona supuestamente amada, como el sediento, apetece el agua, como el hambriento, el pan. Pero allí se acaba. El reencuentro se saborea solo un instante hasta que el cuerpo o el alma queden satisfechos. Amor de lejanía, el imaginario que se embellece a la distancia y la realidad presente que lo aniquila en un santiamén. 

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Una dinámica cruel y dramática induce al amante a una retirada inexplicable: “Ansío tu presencia, pero luego de unos momentos ya no te soporto… Y no es porque te odie o me produzcas algún tipo de repulsión, sino que me aburro de ti… Pierdes el encanto cuando te muestras como eres, cuando dejas de ser un sueño para hacerte real… Curioso amor éste, que te ama en la ausencia…

Solo te amo cuando no estás, como si fueras una visión, un amor fantasmal que ya ni me asusta…”. Placer logrado, muerte del deseo: aburrimiento. La trampa mortal del Eros ambivalente: “Te necesito cuando no estás y me agobia tu presencia”. 

Schopenhauer vio claramente este proceso de autoaniquilación amorosa cuando afirmaba que toda felicidad amparada en el deseo es negativa. En sus palabras: “Y una vez realizada la conquista, una vez alcanzado el objeto, ¿qué has ganado?. Nada seguramente, si no es haberse liberado del sufrimiento, de algún deseo, de haber alcanzado el estado que uno tenía antes de la aparición del deseo” 

RE era un hombre joven que mantenía una relación a distancia con una mujer de su misma edad desde hacía dos años y medio. Se veían cada quince días y pasaban el fin de semana juntos. Desde el comienzo la relación mostró un desbalance fundamental: ella entregada en cuerpo y alma y él a duras penas. El conflicto de RE lo tenía inmovilizado: “No soy capaz de comprometerme, ni soy capaz de dejarla”

Se mostraba quisquilloso, peleaba con ella por cualquier insignificancia, amenazaba con terminar la relación a cada rato y después, víctima de la nostalgia y el arrepentimiento, la llamaba para que volvieran a arreglar. Fluctuaba entre la idealización romántica cuando la tenía lejos y el realismo crudo cuando la tenía cerca. En la lejanía, la deseaba, le daban ataques de celos, la acosaba telefónicamente y le prometía amor eterno, y en la proximidad, una vez se acababa el arrebato, caía en la más profunda y penosa indiferencia. 

Un día cualquiera, la “novia”, harta de esperar, se consiguió un amigo que no dudaba en llegar hasta el final, un valiente dispuesto a todo, que aseguraba un amor más completo y estable. Al ver que la iba a perder definitivamente, RE entró en pánico y contra toda lógica le propuso matrimonio, a lo cual ella, contra toda lógica, aceptó. A los seis meses de casados se separaron. Él aún suele llamarla a veces, cuando el deseo, la carencia o la soledad comienzan a molestarlo y la urgencia no da tregua.