La integridad: una herencia olvidada

Ser coherente es de las cosas más difíciles que hay. Decimos que una persona es “seria”, cuando no habla por hablar. Si los actos son congruentes con lo que se piensa y siente, hay solidez psicológica: todo apunta hacia un mismo sitio. El comportamiento, el sentimiento y el pensamiento se integran y concuerdan. Un individuo así, es confiable. Hay que darle crédito, porque la consistencia conductual y la credibilidad van de la mano.

No obstante, debemos reconocer que poseemos una clara tendencia a desordenamos. No somos tan consecuentes como debiéramos. Se nos olvidan los principios y nos contradecimos a cada rato. Y aunque  hagamos apología a la moral y las buenas costumbres, fallamos a la hora de actuar. Nuestra actitud es más retórica que real. 

Los grandes maestros espirituales, los hombres y mujeres que hicieron historia, los apasionados y los conquistadores, eran sujetos que actuaban como pensaban. Sentían lo que hacían. El lenguaje quedaba subordinado al comportamiento. Nadie dudaría de la veracidad de un Francisco de Asis: bastaba verlo actuar. A nadie se le ocurría pensar que Krishnamurti, el Che Guevara, Sor Teresa, Gandhi o Policarpa, hayan sido fraudes. Sus acciones hablaban por ellos. Las vidas ejemplares son, por definición, psicológicamente íntegras, es decir, veraces, constantes y tozudas. Entregados en alma y cuerpo. Muchos de sus discípulos aprendían más mirando que escuchando.

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Las personas que logran cohesionar la mente, la conducta y el afecto, se vuelven extremadamente poderosas, porque los conflictos disminuyen. Se autoabastecen. No necesitan llamar la atención, buscar posición, estatus, o poder. Su fortaleza viene de adentro. La energía del que dice lo que piensa, genera terremotos. Cuentan que un ministro inglés se vio obligado a presentar la renuncia. Su frase fue esta: “Renuncio, porque se están acercando a mi precio”. La máxima expresión de honestidad: “Soy débil, pero no me dejo”. Es posible que todos tengamos un precio, y quizás haya que ser más corregible que intachable: profilaxis moral. La decencia también está en reconocer la propias limitaciones y afrontarlas

Hace algunos años, los comerciantes no firmaban letras ni pagarés. Había menos demandas y abogados (no tengo nada contra ellos). La palabra era suficiente. Era como un cheque de gerencia disponible a todas horas.  Esos extraños especímenes de hace cuarenta o cincuenta años, no cargaban tarjetas de crédito, ni extractos bancarios, ni paz y salvos. El estilo de vida era la mejor carta de presentación, y la historia personal el mejor codeudor. Otra vez los hechos. En aquellos años, aunque había cosas malas y negativas, existían ciertas prácticas honorables ampliamente difundidas.  Había cierta preocupación por la reputación, que no era apariencia, sino respetabilidad: “Mi proceder me define como persona”. 

No solamente somos lo que decimos que somos, sino cómo nos comportamos. Cuando nuestra  manera de ser se fragmenta, surge la ambivalencia y nos volvemos sospechosos. La vida cotidiana es un problema de calidad total. Si por la mañana soy sanguinario y por la tarde amoroso, estoy en un claro cortocircuito. Si robo al amanecer y doy diezmos al atardecer, me estoy engañando a mi mismo. Cuando los decires, no se acompañan de las acciones pertinentes, solo queda la imagen deslucida de lo que podría haber sido y no fue. Un enredo, una mentira.

Ser íntegro es procurar ser sincero y claro. Casi transparente. Es pensar, actuar y sentir en una misma dirección porque estamos convencidos que así debe ser. Es exhibirnos sin disfraces ni estafas emocionales: “Esto es lo que soy y no hay nada que ocultar”. Todo a la vista. 

Para ejercitar el complejo arte de la rectitud, no se necesita ser milimétrico y rígido como un riel. Solo se debe hablar con la verdad e intentar, valiente  y conscientemente,  achicar ese agotador camino que nos lleva “del dicho al hecho”.

Si quieres profundizar en el tema, puedes ver: La coherencia inteligente