La baja tolerancia a la frustración

La frustración es el sentimiento que surge cuando no podemos alcanzar las metas. Si nuestras aspiraciones se ven obstaculizadas, el sistema nervioso segrega adrenalina. Una sensación de impotencia mezclada con ansiedad e ira nos predispone a ser más agresivos y persistentes en nuestro deseo. 

Nuestra mente no está preparada para la resignación sana, es decir, la aceptación inteligente de que no podemos tener todo bajo control. La frase que mejor se opone a la baja tolerancia a la frustración es:  “No se puede, no hay nada que hacer, ya es tarde, no insistas”. ¿Cuál es el límite para saber cuándo vale la pena insistir o retirarse?: lo define la sabiduría, el arte de saber perder.

Detrás del sentimiento de frustración existe casi siempre el apego al placer, en el sentido de no querer renunciar a algo que nos gusta, apetecemos o es importante. La dependencia es el crisol donde se gesta la reacción exagerada al fracaso.

La consecuencia más directa y molesta de la baja tolerancia a la frustración es la ansiedad. Su causa hay que buscarla en la siguiente creencia irracional : “Si las cosas no son como a mi me gustaría que fuera, me da rabia”. Una forma de pataleta existencial o una manera egocéntrica de procesar la información. “El mundo gira a mi alrededor y mis anhelos deben ser resueltos por el cosmos, a lo que de lugar”. ¿Cómo no ver cierta inmadurez, ciertos esquemas infantiles en tal afirmación?.

Es obvio que las cosas no pueden adaptarse a uno. Cualquier persona racional entiende que existe una realidad externa que casi siempre se impone, aunque no nos guste a veces. Sin embargo, aún así, hay un reducto de testarudez crónica que nos lleva  a machacar y a continuar ilógicamente exigiendo lo imposible.

Las personas con baja tolerancia a la frustración sufren mucho, viven estresados y peleando con la vida, porque el universo no responde a sus reclamos. Cuando alguien les lleva la contraria se ofuscan y si sus planes se ven alterados por cualquier imponderable se muestran excesivamente irritables. Viven agarrados con el destino, la suerte, el azar o con Dios: nadie se salva. Un niño que hace pataletas es insoportable, pero un adulto en la misma función es enloquecedor. La mortificación que les genera el fracaso puede llegar a enfermarlos. 

En realidad los intolerantes a la frustración no saben ser humildes, más aún, se vanaglorian de su incapacidad de adaptarse a los impoderables. Confunden entusiasmo con obstinación, su imperativo es, “Tu todo lo puedes y todo lo mereces”. No es la esperanza racional o la idea valerosa de luchar por sus ideales  lo que los impulsa, sino la falta de madurez y una hipersensibilidad al desengaño. Por lo general sus experiencias de aprendizaje en la infancia estuvieron determinadas por padres sobreprotectores y poco exigentes que no dejaron desarrollar el “callo” para soportar los embates de la vida. La paz interior comienza a crecer en el mismo instante que aprendemos a perder.