Genio y locura

El tema que relaciona la creatividad con los estados alterados de la consciencia ha sido muy estudiado por psicólogos y psiquiatras. No sabemos si motivados por curiosidad científica o un cierto tipo de envidia inconsciente, los autores que se han interesado por el tema son muchos. La literatura científica y de divulgación no cesa de insinuar (quizás no se animen a decirlo tan abiertamente como lo hizo Platón) que posiblemente una leve alteración, una pizca de locura es necesaria, aunque no suficiente, para el proceso creador.

Los que son muy cuerdos, equilibrados, dueños de sí mismos y controlados sufrirían de una especie de constipación emocional, una forma indeterminada de analfabetismo emocional que le impediría ir más allá de la razón, y por definición el genio creador no solo no necesita la lógica sino que le estorba. 

La gran mayoría de  los datos obtenidos apuntan a que una cantidad considerable de los grandes genios creativos en el área de la pintura, la literatura y la música poseían y poseen cierto desnivel productivo. Según algunas investigaciones al menos el 50% de ellos indicó un brusco  cambio del ánimo poco antes del período creativo: jubilosos, eufóricos, esperanzados o arrobados. Un 30% estaba en el otro extremo del tono afectivo, y dijeron pasar por un profundo estado de malestar psicológico: ansiosos, ideas de suicidio, aflicción, temor. Y un 20 % sostuvo tener cambios combinados de tristeza y exaltación. Algo pasa antes, no sabemos que es, pero algo ocurre.

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Los estudios biográficos suelen describir los comportamientos extraños de los genios creadores  como excentricidades, inspiración creativa, temperamento artístico, poseedores de gran energía, exageradamente productivos, irritables, inquietos,  de un entusiasmo desbordante, poca necesidad de sueño y un pensamiento agudo y ágil.  Muy parecido a lo que se conoce como manía o hipomanía. Pero  la depresión, el dolor profundo existencial, la sensación de minusvalía y otras emociones negativas y aterradoras, también parecen acompaña a muchos grandes del arte. 

Parecería que la composición alternativa y fluctuante de la euforia y la tristeza es el común denominador, o lo que se conoce como enfermedad maníaco-depresiva. Una alteración del estado de ánimo donde el sujeto puede pasar rápidamente de las experiencias más extáticas y fantásticas a las más terribles y oscuras. Del cielo al infierno, en un instante y otra vez hacia arriba. Un contraste emocional de extremos. En la cúspide generar imágenes e ideas fantásticas, mientras decaen pueden organizarlas un poco, mientras se llega a la depresión profunda, donde tanto la creatividad como el pulimento y la organización racional del arrebato, ya no son posibles. 

Habría un manía chiquita, amiga de la creación, no tan dañina (hipomanía) y habría una depresión benigna, pro así decirlo, leve, que permite podar, meditar y concluir con lógica lo que floreció durante la efervescencia creativa. En el techo se ve y se siente más de la cuenta, la inspiración es vasta, oceánica, y en la piso (no en el subsuelo), se moldea y se pule.

Poetas como Lord Byron, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, mostraron un “desequilibrio” genial. Novelistas, como Graham Greene,  Ernest Hemingway,  Walt Withman y  Hans Chistrian Andersen, solo para citar algunos, siguieron el mismo vericueto de afectividad desbordante.  Y pintores como Goya, Gauguin y Daddy saltaron al vacío de la sin razón. Van Gogh, decía: “Cuánto más agotado, enfermo o derrumbado estoy más artista soy, más artista creador”. Ni que hablar del fenomenal desvarío de Mozart,  Berlioz, Schumann o Hendel. 

Platón, a través de Sócrates, decía que los oráculos y los poetas se comunicaban con los dioses por medio de la inspiradora locura, una forma de posesión divina. No era talento, sino chispa divina. 

La transpiración (esfuerzo, técnica, habilidad, tenacidad) es importante para alcanzar las metas, pero no define al creador. El genio procede de la apabullante inspiración (iluminación, soplo, musa), aquella que nos deja sin aliento, la que no puede explicarse, la que  a veces nos trasciende y secretamente envidiamos, la que todos albergamos en algún lugar oculto de nuestra irracionalidad, como un duende travieso.

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