Conectado a uno mismo

Hay gente que se ha desconectado de sí misma. El lenguaje interno se halla detenido, incompleto, aletargado. En el proceso de una atención dispersa que nos lleva a mirar más hacia afuera que hacia adentro, la relación constructiva con el propio “yo” apenas se insinúa. Estar conectado a uno mismo es silenciar la mente, es aprisionar el pensamiento, limitarlo a una secuencia de estímulo-respuesta y ser víctima pasiva del ambiente ¿Cómo puedo ocuparme de mí mismo si no estoy consciente de lo que pienso, siento y hago? ¿Cómo alcanzar un funcionamiento óptimo si me despreocupo de cómo soy y de lo que me define como persona? ¿Cuánto tiempo estás cara a cara con lo que eres? La ignorancia de la propia ignorancia: ¿habrá una forma más absurda de ser absurdo?

Ser mejor cada día (no “el” mejor, sino mejor) o estar conectado a uno mismo, requiere de un diálogo interior y  de una capacidad sostenida de autobservación. A veces se utiliza el concepto de florecimiento del “yo” como sinónimo de crecimiento personal, y esta analogía es buena, porque nos indica que somos una potencia contenida en sí misma, como lo es una semilla. En este sentido, florecer, es abrirse a toda las posibilidades de las que somos capaces y uno de los factores  para que esto ocurra, es dejar que la mente tenga un espacio para la autoreflexión.

Apelamos a la falta de tiempo y al trajín diario para explicar el abandono de nuestra vida psicológica, pero en realidad, si tratamos de profundizar un poco, hallaremos que lo que realmente frena a muchas personas no es otra cosa que el miedo a conocerse: “pensar sobre lo que pensamos” nos inmoviliza, asusta, porque quizás no nos guste lo que encontremos. Sin embargo, todas a las investigaciones en el área de la psicología, muestran que, autobservación y salud van de la mano.

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Cuentan que Pirrón, un filósofo griego de la antigüedad, seguía hablando solo aunque sus oyentes ya no estaban presentes. En cierta ocasión le preguntaron por qué lo hacía, y respondió: “Me ejercito en ser virtuoso”. Ponerse de acuerdo con uno mismo, acoplarse y hacerse cargo del propio ser, trabajar en ello, cuidarse, preocuparse por cómo estamos y para dónde vamos, nos aproxima a la virtud. Atención autofocalizada, directa, constante,  entrenamiento de la mente que quiere perfeccionarse.

Estando en un aeropuerto, presencié una típica distracción posmoderna de uno mismo a la máxima expresión. Se sentó frente  a mí una joven adolescente que por el lapso de  dos horas continuas, no sacó la cabeza de su móvil de última generación. Configuraba, desconfiguraba, hacia y reciba llamadas sin parar, navegaba y jugaba, pero lo  más curioso era que se relacionaba con el teléfono: hablaba con él,   lo animaba cuando estaba lento, lo regañaba, le susurraba cosas. Ella no manejaba su celular, el celular la controlaba a ella. Como en la película de Peter Seller, Desde el Jardín, su punto de conexión con el mundo era una pantalla.

Creo que en más o menos medida, esto nos pasa a todos. Nos vinculamos a los objetos, nos identificamos con ellos, los “humanizamos”. Hace poco presencié un choque entre un lujoso automóvil y un motociclista. El de la moto quedó tendido en el suelo con cara de sorprendido y el del carro lo único que hacía era pasar la mano sobre un rayón en la puerta, diciendo: “¡Mi carro, mi carro…!”. Tuve la sensación que el angustiado hombre estaba acariciando  y consolando su “lastimado” coche. Entiendo que un accidente no es para festejarlo, pero de ahí a tener una crisis existencial por el golpe es demasiado.

Si la introspección es cero, el mejoramiento personal es cero. Adormecimiento del yo e ignorancia de uno mismo, la que se acrecienta cuando quedamos atrapados por la seducción del apego, lo banal y la ley del mínimo esfuerzo.  Mantenerse conectado a uno mismo es una actividad de la que no podemos prescindir sin pagar el costo de una vida psicológicamente pobre y vacía.

Si quieres profundizar en el tema, puedes ver: No quiero ser el mejor, quiero ser mejor