Uncategorized Archives - Walter Riso
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Ni contigo, ni sin ti

A veces el amor se desdobla en sus contrarios y nos entrampa. El sentimiento hacia la misma persona comienza fluctuar entre dos extremos irreconciliables y opuestos, sin solución aparente. El afecto se hace dicotómico: “Te quiero cuando no estás y cuando estás me aburro”. Deseo como carencia y tedio en el contacto. 

Se ama la ausencia del ser amado, su partida, el destierro, y a la vez se añora el regreso de la persona supuestamente amada, como el sediento, apetece el agua, como el hambriento, el pan. Pero allí se acaba. El reencuentro se saborea solo un instante hasta que el cuerpo o el alma queden satisfechos. Amor de lejanía, el imaginario que se embellece a la distancia y la realidad presente que lo aniquila en un santiamén. 

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Una dinámica cruel y dramática induce al amante a una retirada inexplicable: “Ansío tu presencia, pero luego de unos momentos ya no te soporto… Y no es porque te odie o me produzcas algún tipo de repulsión, sino que me aburro de ti… Pierdes el encanto cuando te muestras como eres, cuando dejas de ser un sueño para hacerte real… Curioso amor éste, que te ama en la ausencia…

Solo te amo cuando no estás, como si fueras una visión, un amor fantasmal que ya ni me asusta…”. Placer logrado, muerte del deseo: aburrimiento. La trampa mortal del Eros ambivalente: “Te necesito cuando no estás y me agobia tu presencia”. 

Schopenhauer vio claramente este proceso de autoaniquilación amorosa cuando afirmaba que toda felicidad amparada en el deseo es negativa. En sus palabras: “Y una vez realizada la conquista, una vez alcanzado el objeto, ¿qué has ganado?. Nada seguramente, si no es haberse liberado del sufrimiento, de algún deseo, de haber alcanzado el estado que uno tenía antes de la aparición del deseo” 

RE era un hombre joven que mantenía una relación a distancia con una mujer de su misma edad desde hacía dos años y medio. Se veían cada quince días y pasaban el fin de semana juntos. Desde el comienzo la relación mostró un desbalance fundamental: ella entregada en cuerpo y alma y él a duras penas. El conflicto de RE lo tenía inmovilizado: “No soy capaz de comprometerme, ni soy capaz de dejarla”

Se mostraba quisquilloso, peleaba con ella por cualquier insignificancia, amenazaba con terminar la relación a cada rato y después, víctima de la nostalgia y el arrepentimiento, la llamaba para que volvieran a arreglar. Fluctuaba entre la idealización romántica cuando la tenía lejos y el realismo crudo cuando la tenía cerca. En la lejanía, la deseaba, le daban ataques de celos, la acosaba telefónicamente y le prometía amor eterno, y en la proximidad, una vez se acababa el arrebato, caía en la más profunda y penosa indiferencia. 

Un día cualquiera, la “novia”, harta de esperar, se consiguió un amigo que no dudaba en llegar hasta el final, un valiente dispuesto a todo, que aseguraba un amor más completo y estable. Al ver que la iba a perder definitivamente, RE entró en pánico y contra toda lógica le propuso matrimonio, a lo cual ella, contra toda lógica, aceptó. A los seis meses de casados se separaron. Él aún suele llamarla a veces, cuando el deseo, la carencia o la soledad comienzan a molestarlo y la urgencia no da tregua.


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La baja tolerancia a la frustración

La frustración es el sentimiento que surge cuando no podemos alcanzar las metas. Si nuestras aspiraciones se ven obstaculizadas, el sistema nervioso segrega adrenalina. Una sensación de impotencia mezclada con ansiedad e ira nos predispone a ser más agresivos y persistentes en nuestro deseo. 

Nuestra mente no está preparada para la resignación sana, es decir, la aceptación inteligente de que no podemos tener todo bajo control. La frase que mejor se opone a la baja tolerancia a la frustración es:  “No se puede, no hay nada que hacer, ya es tarde, no insistas”. ¿Cuál es el límite para saber cuándo vale la pena insistir o retirarse?: lo define la sabiduría, el arte de saber perder.

Detrás del sentimiento de frustración existe casi siempre el apego al placer, en el sentido de no querer renunciar a algo que nos gusta, apetecemos o es importante. La dependencia es el crisol donde se gesta la reacción exagerada al fracaso.

La consecuencia más directa y molesta de la baja tolerancia a la frustración es la ansiedad. Su causa hay que buscarla en la siguiente creencia irracional : “Si las cosas no son como a mi me gustaría que fuera, me da rabia”. Una forma de pataleta existencial o una manera egocéntrica de procesar la información. “El mundo gira a mi alrededor y mis anhelos deben ser resueltos por el cosmos, a lo que de lugar”. ¿Cómo no ver cierta inmadurez, ciertos esquemas infantiles en tal afirmación?.

Es obvio que las cosas no pueden adaptarse a uno. Cualquier persona racional entiende que existe una realidad externa que casi siempre se impone, aunque no nos guste a veces. Sin embargo, aún así, hay un reducto de testarudez crónica que nos lleva  a machacar y a continuar ilógicamente exigiendo lo imposible.

Las personas con baja tolerancia a la frustración sufren mucho, viven estresados y peleando con la vida, porque el universo no responde a sus reclamos. Cuando alguien les lleva la contraria se ofuscan y si sus planes se ven alterados por cualquier imponderable se muestran excesivamente irritables. Viven agarrados con el destino, la suerte, el azar o con Dios: nadie se salva. Un niño que hace pataletas es insoportable, pero un adulto en la misma función es enloquecedor. La mortificación que les genera el fracaso puede llegar a enfermarlos. 

En realidad los intolerantes a la frustración no saben ser humildes, más aún, se vanaglorian de su incapacidad de adaptarse a los impoderables. Confunden entusiasmo con obstinación, su imperativo es, “Tu todo lo puedes y todo lo mereces”. No es la esperanza racional o la idea valerosa de luchar por sus ideales  lo que los impulsa, sino la falta de madurez y una hipersensibilidad al desengaño. Por lo general sus experiencias de aprendizaje en la infancia estuvieron determinadas por padres sobreprotectores y poco exigentes que no dejaron desarrollar el “callo” para soportar los embates de la vida. La paz interior comienza a crecer en el mismo instante que aprendemos a perder.  


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Afiliación, soledad y aislamiento

afiliación, soledad y aislamiento

La afiliación es la tendencia humana básica que nos lleva a buscar compañía como una manera de garantizar la supervivencia tanto del individuo como de la especie. El que diga que puede prescindir de los demás: o es esquizoide o se trata de  un marciano. Todos necesitamos del contacto interpersonal, esa es la verdad irrefutable.

Por eso, cuando se rompe la red de las relaciones sociales en la cual estamos inmersos, nos sentimos extraños, distintos, vacíos. La desconexión con el prójimo nos desarraiga, nos quita la fuerza principal para seguir en el juego de la vida. La psicología del desarrollo nos indica el camino: la principal causa de la depresión infantil es la ruptura con sus pares. Como si la naturaleza nos recordará que no hay nada más antinatural que una vida sin amigos (Cicerón). 

El aislamiento o la soledad social ha ido aumentado en el mundo, de acuerdo a las culturas y a la edad. Contrariamente a lo que se piensa, algunos estudios han encontrado que la soledad golpea más a los adolescentes ( 79%) que a los ancianos (37%). Parecería que la expectativa de los jóvenes a querer estar la mayor parte del tiempo con sus iguales es determinante. Tanto en los Estados Unidos como en España la tercera parte de la población mayor se siente sola.

La soledad emocional no se refiere tanto a la carencia de gente sino a la desvinculación afectiva. El tema es la intimidad, el amor, el afecto de la pareja o las amistades especiales. Podemos estar en una muchedumbre de conocidos y sentirnos emocionalmente solos. Querer y ser querido es la condición básica de la felicidad, lo cual no implica que haya que renunciar de manera indeclinable a la soltería. Hay  gente que prefiere un aislamiento moderado y amores de medio tiempo, al típico matrimonio consumado.

La soledad o el aislamiento obligado, el que no elegimos de forma voluntaria y con fines constructivos sino que se nos impone por cualquier motivo, baja las defensas. Una investigación epidemiológica realizada en los Estados Unidos encontró que la tasa de mortalidad de los individuos socialmente aislados, independiente de la edad, era dos o tres veces más alta que la de los sujetos integrados socialmente. 

¿Qué características se asocian a las personas que sufren de soledad?. Citaré las más relevantes, dejando claro que a veces no sabemos si son causa o consecuencia:

  1. Características de personalidad: introversión, timidez, ansiedad.
  1. Baja autoestima: si creo que no valgo la pena evitaré entrar en contacto con los demás.  Alguien, no muy conforme con su autoconcepto, me decía: “No quiero ofender a los demás con mi presencia”. 
  1. Déficit en habilidades sociales: se refiere a la incapacidad conductual y/o cognitiva (mental) de poder establecer vínculos con los demás. Por ejemplo, dificultades de iniciar y sostener una conversación, hablar en público o expresar emociones.
  1. Características demográficas: en Australia los hombre sufren porque no hay mujeres, en Colombia las mujeres sufren porque no hay hombres. 
  1. Estilos de apego: cada vez hay más evidencia científica que sustenta que la manera adulta de relacionarnos con otros está determinada en gran parte por las experiencias afectivas tempranas.  Por ejemplo, padres ambivalentes e inconstantes en la calidad y cantidad de afecto, pueden generar en el niño miedo e inseguridad a iniciar y mantener relaciones estables.

La soledad no deseada no es un castigo del destino, ni un karma indeclinable frente al cual nada podamos hacer. No tiene sentido sufrir por algo que tiene remedio.


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Y ahora que me dejó, ¿qué hago?

Pelear la vida. A regañadientes, a las malas, con las uñas, como quieras,  pero no hay otra opción. Puedes sentarte a llorar tu mala suerte, a lamentarte de la “injusta” soledad, a sentir lástima por tu aporreado yo y autocompadecerte. O por el contrario, puedes levantar cabeza y aplicar una dosis de racionalidad a tu desajustado corazón.

Si te dejó, si se fue como un soplo, si no le importaste, si te hizo a un lado con tanta facilidad, si no valoró lo que le diste, si apenas le dolió tu dolor, si decidió estar sin tu presencia, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que no te merece?. 

Y si te dejó porque ya no te ama, porque se le agotaron los besos, y hasta la más simple de las caricias se le convirtió en tortura, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que ya no te ama?

¿Y no será, que si fue cruel o se le terminó el amor, ya no tiene sentido insistir en resolver lo que ya está resuelto? ¿No será que hay que quemar las naves, cerrar el capítulo y dirigir la atención a otra parte? No se trata de no sufrir, sino de darle al sufrimiento un giro y elaborar el duelo (resignarse a la pérdida). No preocuparse por lo que podría haber sido y no fue, sino por que es.

Lo curioso del despecho es que los que han sido abandonados, casi siempre terminan por autocastigarse: “Si la persona que amo no me quiere,  no merezco el amor” o “Si la persona que dice quererme me deja, definitivamente no soy querible”. La consecuencia de esta manera de pensar es nefasta. El comportamiento se acopla a la distorsión y el sujeto intenta confirmar, mediante distintas sanciones, que no merece el amor. Veamos cuatro formas típicas de autocastigarse que utilizan los “abandonados”:

  1. Estancamiento motivacional: “No merezco ser feliz, entonces elimino de mi vida todo lo que me produzca placer” (autocastigo motivacional)
  1. Aislamiento afectivo: “No merezco a nadie que me quiera. Cuánto más me guste alguien, más lo alejo de mi lado”  (autocastigo afectivo)
  1. Reincidencia afectiva negativa: Buscar nuevas compañías similares a la persona que nos hizo o  todavía nos hace sufrir (profecía autocastigante)
  1. Promiscuidad autocastigadora:  Entregarse al mejor postor, “prostituirse” socialmente o dejar que hagan de uno lo que quieran (autocastigo moral)

Me preguntó, ¿Y no será que de pronto no eres tan culpable como crees, y que no haya ni buenos ni malos, vencedores y vencidos?

Ahora que te dejó, hay que comenzar a vivir de otra manera. Retomar lo bueno que tenías olvidado y arrancar. Todos somos capaces de recuperarnos del fracaso afectivo. Al principio duele hasta el alma, pero al cabo de un tiempo, si eliminamos el autocastigo, la mente empieza a reponerse. 

Piensa en las pérdidas que has tenido anteriormente en tu vida,  y cómo ahora, no te producen ni rasquiña. Es muy probable que dentro de un tiempo, esta última decepción, la que ahora estás padeciendo,  quede reducida a un recuerdo insípido y descolorido.

Y mientras tanto, te toca sobrevivir. Evitar caer en los puntos a, b, c y d. Rodearte de amigos y amigas de verdad, porque la amistad cura. También puedes acceder a la vida espiritual que tenías abandonada, y no me refiero a encerrarte en un templo, sino revisar tu sentido de vida. Las crisis activan la autoobservación y nos obligan a mirarnos desde una óptica nueva.

Siempre habrá alguien, testarudo y persistente, que nos quiera a pesar de todo. A esta hora, en algún lugar de la ciudad, hay una persona desconocida que aún no conoces, dispuesta a contagiarte de amor, que pronto entrará a tu vida. Es solo cuestión de tiempo.


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El maravilloso, «no sé»

Aunque algunos “no sé” deben evidentemente subsanarse por ser manifestaciones del más crudo y elemental atraso (por ejemplo, “No sé leer”), o incluso producto de alguna enfermedad mental (por ejemplo, “No sé quien soy”), otros poseen un poder liberador. 

Reconocer que no se sabe, más que convertirnos en sabios socráticos, nos quita un peso de encima. Tener la obligación de ser un “superentendido” es una carga difícil de llevar. Los sabelotodos sufren. Más aún, creo que a los famosos Nerds les duele más la desactualización que el rechazo social.

Los individuos que cifran su valía personal en la sapiencia, no viven tranquilos, porque siempre habrá alguien que esté más informado. En los ambientes universitarios altamente competitivos, la pregunta más temida es: “¿Leíste el último artículo del Journal? ”. 

Los expertos pululan por doquier y marcan la pauta de lo que se debe saber y de lo que está “out”. Si algún insolente decide mostrar abiertamente su incultura, se lo hace a un lado sin piedad. El “no sé” es ofensivo, muestra de barbarie, simpleza o tosquedad.

Hace poco estuve en una exposición de pintura. Mientras estaba viendo un cuadro, en el cual una carreta cargada de flores era empujada por un ángel alado, se me acercó uno de esos insoportables “peritos”. Supe que lo era porque usaba bufanda, un bastón de corte ingles (similar al de Los Vengadores), hablaba pausadamente (como si pensara demasiado), se desplazaba en cámara lenta y frente a cada cuadro se acariciaba el mentón como diciendo: ”Ajá”. Al parecer era alguien muy destacado en el mundo del mercadeo artístico, porque todos estaban pendientes de sus gestos, ademanes y opiniones y aunque sus comentarios eran absolutamente ininteligibles para la mayoría, muchos asistentes le hacían venia.

Cuando en un momento dado me preguntó qué opinaba de la obra, argumenté un simple y escueto: “Me gusta” Cuando trató de indagar sobre los fundamentos teóricos de mi predilección, le expliqué que no tenía la menor idea. Y agregué: “Mi elecciones artísticas siempre están mediadas por mi colon espástico (si se inflama, me gusta), por la percepción del color (si me alegra, me gusta), por el tamaño del cuadro (si es muy chiquito, no me gusta), por los recuerdos que me activa y, claro está,  por el precio”. En menos de un segundo, me quedé solo.

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El miedo a reconocer públicamente las propias limitaciones está profundamente arraigado en nuestra cultura. Preferimos mentir a mostrar nuestras falencias intelectuales. El rechazo nos produce terror. Erróneamente asociamos inteligencia a información. Reverenciamos la instrucción mucho más que la humildad. Cuando un profesor le dice al estudiante que no sabe la respuesta, está exhibiendo su lado humano y falible. El mejor ejemplo. Obviamente hay gente que posee más preparación que otra, pero eso no los hace especiales ni superiores.

Una mente repleta de datos, es una mente embotada. El erudito siempre es prisionero de sus conocimientos, mientras el sabio nunca es esclavo de su saber. El primero, busca ilustración; el segundo, asombro filosófico y diversión. 

Ser capaz de decir abierta y tranquilamente “No sé”, nos libera, porque ya no hay nada que disimular. Nos hace honestos y modestos. Nos quita el lastre de la suficiencia y el cansancio de tener que mantenerse en primera fila. Cuando descartamos la absurda necesidad de mostrarnos brillantes, oportunos, sagaces e inteligentes, una asombrosa calma adviene. Es el sosiego del que nada tiene que alardear y mucho que aprender. Es el punto cero donde la verdadera comprensión comienza a gestarse.

El derecho a no saber es uno de los derechos asertivos fundamentales. Ejercerlo es placentero, relajante y digno de un cerebro perspicaz. Manifestar a los cuatro vientos: “No sé, y qué”, es el reto de una mente que decide romper las cadenas del qué dirán y disfrutar del maravilloso encanto de una ignorancia bien pensada. 


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El culto a la apariencia física

El aspecto corporal se ha vuelto una obsesión supremamente peligrosa. Y no solo me refiero a la belleza en sí, sino a la necesidad creada de mantener determinada proporción talla-peso. Bajar de peso y el control de calorías ha reemplazado la inteligencia, la sensibilidad y los encantos histriónicos de toda buena conquista. Las dimensiones exteriores son más importantes que la esencia, o peor, son su esencia.

La belleza es un valor innegable en la valoración humana. La capilla Sixtina, el Don Quijote, la Venus de Milo, un bello rostro, una voz prodigiosa, la armonía, la simetría y el equilibrio exquisito, generan un efecto cuasi trascendente. No cabe duda, la capacidad de embelesarse es uno de los factores que nos hace humanos. La hermosura jamás pasa desapercibida.

Pero una cosa es la apreciación estética y otra muy distinta la compulsión por la silueta. El culto a la “flacura” ha creado dos alteraciones tristemente célebres: la anorexia y la bulimia. La primera se caracteriza por una gran distorsión de la imagen corporal, miedo a engordar y una pérdida deliberada de peso, a veces hasta la inanición. La segunda está referida a episodios incontrolables de ingestión exagerada de alimentos (atracones), seguidos de autoinducción de vómitos o utilización de laxantes. 

Las estadísticas al respecto son alarmantes. El 90% de las personas que padecen estas enfermedades son mujeres occidentales. Cinco millones de norteamericanos sufren  de alguna alteración de la conducta alimentaria y mil mujeres fallecen cada año en ese país por anorexia nerviosa. En general, la frecuencia de anorexia ha estado aumentado considerablemente y se cree que entre el 1 y el 5% de la población de mujeres adolescentes sufren del trastorno. En lo que respecta a la bulimia, el 3% de la población femenina la padece (algunos estudios hablan del 19%). Aunque es más probable su ocurrencia en la adolescencia tardía, se han detectado casos desde los ocho años de edad.

¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que puede llevar un ser humano a reducir su autoestima al número de “gordos”, a la “celulitis” o las “estrías”. Nuestras adolescentes no se preocupan tanto por el tamaño de la nariz, la forma de la cara o el pelo, como por la cantidad de grasa. Una niña de doce años, bastante flaca,  expresaba así su fantasía morfológica: “Sería la mujer más feliz del mundo si tuviera las clavículas más salidas…  Si estos huesos se me notaran más, me encantaría… Me gustaría verme como una de esas modelos africanas que son puro hueso y piel “. El estilo famélico, ojeroso, demacrado, esquelético y “draculiano”, es una anhelo difícil de entender. Es fuente de envidia en otras mujeres y no tan imprescindible para los varones. ¿Para quién adelgazan las mujeres: para ellas o para ellos?

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Muchas madres no se explican porque sus hijas sufren de semejante mal, si ellas no han dado mal ejemplo. Solamente van al gimnasio todos los días, asisten a la dietista con relativa frecuencia, se quejan de su gordura antes y después de vacaciones, van donde la mesoterapeuta y se alegran de sobremanera cuando bajan unos gramos. Además, vigilan el consumo alimentario de sus hijas de manera constante y le recomiendan ropa de color negro porque disimula el sobrepeso.

La anorexia y la bulimia son producto de un sistema decadente. De una sociedad super consumista que ha logrado fabricar aspiraciones frívolas y cada vez más artificiales. Al igual que la drogadicción y el comportamiento antisocial, el culto a la apariencia física no es otra cosa que la manifestación de una crisis generalizada de valores.

Aunque no quepa en la mente de muchas niñas adolescentes, la belleza es una actitud. Si te sientes linda, serás hermosa. Tu autoestima vale más que tu autoimagen, porque eres mucho más que una figura. Y no importa lo que digan los expertos o los explotadores de la belleza, la gente vale por lo que es y no por su anatomía.


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La sexualidad es más que sexo

Nadie niega que el sexo puro pueda ser placentero y adictivo. Los hombres sabemos esto más que las mujeres, aunque no exclusivamente. Su activación mueve montañas, derriba tronos, cuestiona vocaciones, quiebra empresas y destruye matrimonios. El deseo sexual no mide consecuencias. Casi siempre se impone más allá de nuestras fuerzas. Se requiere la capacidad de un faquir experimentado para tenerlo bajo control. Así es el sexo primitivo y anatómico: encantador, fascinante y enfermador para algunos o angustiante, preocupante y desgarrador para otros.  

Pero la sexualidad es otra cosa. La sexualidad es la humanización del sexo crudo. Es la actividad por medio de la cual incluimos la genitalidad en un contexto interpersonal que va más allá de lo físico. En el entorno afectivo, la sexualidad trasciende lo corporal  y se ubica en “un antes” y “un después”. Se prolonga más acá y más allá de los apetecidos, encantadores, desvergonzados e incontenibles orgasmos. Benedetti lo explica así:

Como aventura  y enigma

La caricia empieza antes

De convertirse en caricia

Es claro que lo mejor

No es la caricia en sí misma

Sino su continuación

En el sexo amoroso (sexualidad), el clímax no es la culminación de la relación, sino el comienzo de un reencuentro libre de deseo sexual: afecto en estado puro. Si hay amor, la cuestión apenas empieza después del desfogue hormonal. Prosigue en el abrazo, los mimos, las caricias sin testosterona y los arrumacos sin prevención. Se afianza en el beso impregnado de ternura y en el calor de un cuerpo desgonzado y bellamente fatigado.

Pero si el sexo está despojado de todo afecto, la experiencia se acaba en lo fisiológico: “A lo que vinimos”. No hay continuación o siquiera antesala. Es puntual, primitivo y claramente animal. Cuando se logra el culmen nada justifica la permanencia. Por el contrario, cada instante posterior a la satisfacción se convierte en un tormento. Si no hay afecto, el “postcoito” se vuelve asfixiante, incómodo, empalagoso y cansón. Ya no hay por qué mentir, las termas se acaban, la amabilidad pierde funcionalidad y la proximidad del otro se asemeja a una invasión extraterrestre. Incluso a veces sobreviene la culpa o el arrepentimiento. No hay gusto, sino disgusto.

En la sexualidad sana,  el sexo bruto se depura y completa en el amor o en la fantasía. En la actividad lúdica, en las cosquillas, en los prolegómenos de la conquista, en la ropa, los guiños, los perfumes, el hablado y las miradas. Los humanos imaginamos, anticipamos, recordamos y creamos. La fantasía es tan inevitable como la esperanza.  Somos mucho más que ratones o gorilas respondiendo a la rígida predestinación ambientalista o reproductora. Somos mucho más que biología. Cuando dos enamorados se conectan sexualmente, la actividad sexual se transmuta en comunión. No digo que el afecto sea indispensable, lo que sostengo es que si el sexo está acompañado de amor, mejor; mucho mejor, cien veces mejor; mil veces mejor. Mientras hacer el amor con amor es la mejor de las redundancias, el sexo por el sexo, es un agradable y escueto sexo al cuadrado, con altas probabilidades de crear adicción. 

¿Por qué no matizamos, así sea de vez en cuando, la actividad sexual con afecto? Nada perdemos con intentarlo. Ensayemos a ver qué pasa. Si logramos darle al sexo más estatus afectivo, estaremos convirtiendo la antigua y problemática “energía libidinosa” en una experiencia más humanista. Ni represión enfermiza ni apego compulsivo. El sexo evolucionado es pasión afectiva dirigida a otro. Es hacer que dos personas afines que se gustan y/o que se aman, parezcan una.

El sexo viene dado, la sexualidad hay que construirla. Hay que hacerla a nuestro amaño. Moldearla y experimentarla desde nuestra singularidad. Por eso, la sexualidad es personal y no transferible. Es el modo particular en que entremezclamos amor y sexo para darnos gusto.


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Las buenas maneras

¿Qué nos cuesta? La amabilidad como norma, como el motor de una convivencia mejor. Si no somos capaces de una ética sostenida, si no nos nace la compasión ni la generosidad se nos sale por los poros, es decir, si la virtud no ha tocado a nuestro ser, al menos, intentemos las buenas maneras, la urbanidad interpersonal. Los modales ayudan a que el respeto siga vigente. Yo sé que la diplomacia maneja cierta apariencia, pero que haríamos sin ella, ¿entrar en guerra? Es mejor el tacto, la mesura y el civismo, así  suene formal. Pensemos que un modo adecuado hará que el entorno inmediato se convierta en un microclima de paz, o mejor, en una coexistencia pacífica.

El maltrato genera malos tratos y en mucha más proporción, mientras el buen trato disminuye la irritabilidad de nuestros posibles agresores. Creamos nuestras propias consecuencias.  ¿Quién no ha visto alguna vez al bravucón quedar psicológicamente desarmado ante una actitud benévola y pacífica de su interlocutor? No hablo de ser héroes sino de  tener una vida menos violenta y estresante: relaciones adecuadas y correctas con el prójimo ¿Es mucho pedir? ¡Es tan fácil ser cortes! ¡Es tan fácil decir “no” con delicadeza! (Tengo mis serias dudas sobre poner la otra  mejilla, porque creo que existe la posibilidad de que me vuelen la cabeza. Si alguien nos golpea, habrá que defenderse, pero no ocurre todos los días).

¿Cómo reaccionarian los demás, si empiezas a practicar algunos de los siguientes comportamientos? 

Saludar. Sin mala cara ni con el gesto fruncido. Que el saludo refleje que no te olvidas del otro.

Ayudar a alguien más necesitado. El otro día pude observar como  todos miraban aterrados a un joven que le ofreció el asiento a una señora que venía llena de paquetes. 

Dar información veraz cuando nos la pidan. ¿Qué importa perder cinco minutos, si con eso generamos tranquilidad en un ser humano?

Escuchar activa y seriamente a quien nos habla. Nivelar la mirada, ni desde arriba ni desde abajo. Mirar a los ojos, estar atento. El mensaje implícito que harás llegar, será: “Lo que usted me dice, es importante para mí… ¡Usted me interesa como persona!”

Preguntar al otro: ¿Qué piensa? ¿Cómo se siente? ¿Qué hay de la familia? ¿Cómo van las cosas? Un amable: “Tu que piensas”, es el reconocimiento del otro como un interlocutor válido, es humanizar el diálogo, no importa de qué clase social sea.

¿Alguien ha reparado en el efecto que produce la sonrisa? Es un dique de contención contra la rabia. Una sonrisa oportuna genera calma, es una conexión profunda a la distancia, una confirmación implícita de que ambos estamos vivos y que no nos haremos daño. No es poca cosa.

Dar las gracias. Una palabra de profundo significado. Su función es notificarle a alguien que la actitud, el obsequio o la amabilidad llegó al receptor y se toma a bien; pero sobre todo es retribución,  gratificar al gratificador. Es la retroalimentación perfecta que sella un momento por lo alto. 

Si le damos la espalda al espacio vital donde nos movilizamos, vivimos, criamos hijos y echamos raíces, no tendremos con quién compartir lo cotidiano. Estar bien con los vecinos cercanos y con los vecinos más lejanos, es una necesidad que tiene que ver con la supervivencia, no del más apto, sino del más solidario. El prójimo de “próximo”, de proximidad física y geográfica y el prójimo del acercamiento humano. Ni siquiera me propongo amar a la humanidad toda, aunque algunos lo logran o más bien les nace, me conformo con ser lo suficientemente cordial para hacer cada día mejor o menos cruel a mis congéneres. 


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Amor universal y amor particular

Cada vez que me acerco al tema del amor universal salgo mal librado. Hay algo que no me cuadra. No sé si es la influencia del delicioso desorden americano en el que me crié, o cierto realismo afectivo que me ha acompañado en las lides amorosas, pero la idea de un sentimiento indiscriminado e impersonal que trasciende fronteras y se apodera de las parejas, me parece una mala importación oriental. Una traslación demasiado mecánica y ajena a lo que somos: latinos alborotados, coléricos hasta la médula, intensos y febriles. 

Krishnamurti decía que es más fácil querer a Dios que a un ser humano. Parecería que sí. Con Dios vivimos, pero no convivimos. La persona que queremos tiene nombre y apellido, orejas y nariz, seguro social y cédula de ciudadanía, además come, duerme, protesta, habla, demanda, abraza, llora, en fín, no es cuerpo glorioso: está viva. Los vínculos afectivos que establecemos con otros humanos, siempre están personalizados. No queremos  a los “juanes” o a las “juanas” desconocidos del universo conocido, sino a ese Juan y a esa Juana en especial. No hay dos “juanes” o dos “juanas” iguales. 

Nos enamoramos de lo idiosincrático, de la existencia particularizada de ese ser único, no clonable e irreproducible. Me enamoro de una singularidad, no de un montón de átomos. Si el contacto entre dos individuos que se aman es a nivel cuántico, estelar o intergaláctico, me importa un rábano; para mí, la fusión afectiva no es nuclear, sino de piel, de “esa” con “esta” piel. 

El amor cotidiano es de ida y vuelta. Cierta vez escuche a un consejero decirle a una joven, casada con un sujeto alcohólico que la golpeaba física y psicológicamente, que la solución era brindar “amor impersonal” al maltratante. Una y otra vez, con cierto aire de orgullo mesiánico, esgrimía su  inexorable consigna: “Dele amor impersonal y eso hará que él cambie”. Obviamente, al mes de aplicar la estrategia, el marido casi acaba con ella y tuvo que recurrir a una comisaría de familia.

Por estos lados del planeta, el amor de pareja requiere reciprocidad. ¿Qué tiene de malo exigir equilibro en una relación? No digo que tenga ser milimétrico. Si doy diez, me conformo con un ocho. Incluso si el amor que siento es arrollador, un siete estaría bien; pero con menos, el examen se pierde. Si doy diez y me dan cuatro, me siento mal. No me gusta. Simplemente, como en la propaganda, estoy en el lugar equivocado. Y esto no es egolatría, sino defensa de los derechos humanos afectivos. La idea de que todo merecimiento es cuestión de ego ha hecho que muchas personas se resignen al aislamiento afectivo. El merecimiento también es cuestión de dignidad. No importa qué digan los tibetanos más avanzados: te merece quien te respeta. No solo debo hacerme merecedor, sino sentir que me merecen. 

En el amor universal, no hay buzón de quejas, porque no hay con quién ni con qué. La mayoría de los trascendidos, por no decir todos, son solteros, castos, no trabajan en ninguna empresa y casi siempre son beneficiarios de algún mecenas. A más de un maestro espiritual se le apagaría el bombillo de la iluminación si tuviera que criar hijos y tapar sobregiros. 

Los lazos afectivos siempre pueden mejorar y perfeccionarse , no cabe duda, pero partiendo de lo que realmente somos, del amor habitual, contaminado y terraqueo que vivimos en el día a día. Las ilusiones afectivas son psicológicamente peligrosas. Achicar el anhelado super amor cósmico y meterlo a presión en las relaciones de carne y hueso, es ingenuo, además de dañino. 

Quizás podamos alcanzar algún día ese sentimiento total y holístico del que tanto nos hablan, pero mientras tanto, las personas comunes y corrientes, dentro de las que me incluyo, tenemos que entender, tal como decía Rilke,  que el amor florece cuando dos narcisismos mutuamente se cuidan, se alimentan, se protegen y se reverencian.


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El resultado no siempre es importante

La experiencia me ha enseñado que las mejores cosas de la vida no suelen estar sujetas a la programación detallada y previsiva de necesidad de control, ni son el resultado de más sesudo análisis: sencillamente nos toman por sorpresa y a mansalva.

La felicidad, además de efímera es traicionera, casi siempre ataca por la espalda, no la vemos venir ni se anuncia, es discreta y silenciosa, como un beso inocente. En lo cotidiano, similar a las leyes de Murphi, cuánto mayor es el desespero por alcanzar un resultado, menos lo disfrutamos. Cuando hacemos a un lado el proceso y solo nos preocupamos por la meta, el placer se revierte, y nos golpea.

Obviamente, el cirujano plástico, el ingeniero nuclear, un investigador en genética molecular, el odontólogo, sólo para nombrar algunos, no pueden prescindir de los efectos. Aquí, la anticipación es necesaria para que el desenlace no se convierta en secuela. Sin embargo, aún en estos casos, si no se disfruta del procedimiento, el producto final estará contaminado.

Los taoístas hablan de sentarse en la cresta de la ola y dejarse llevar por la circunstancias disfrutando a cada paso, cada impulso y cada segmento, como si fueran un fin en sí mismo. El goce de  achicar los espacios hasta obtener un continuo de metas infinitesimales donde el asombro no tenga fechas preestablecidas ni objetivos fríamente calculados: asombro puro.

Afortunadamente hay cosas que todavía hacemos por hacer. Por ejemplo, aún hay gente que baila sin que el ego se les alborote para llamar la atención. Cuando bailamos por el simple gusto de bailar, sentimos las vibraciones con los huesos, nos acoplamos al compás y sencillamente flotamos. Los que danzan de verdad dicen que entran en comunión con la naturaleza física más elemental: la cuántica del movimiento.

¿Pero qué pasaría si de pronto alguien ofreciera cien millones de pesos a la pareja que mejor baile? ¿Qué ocurriría con la fluidez y espontaneidad de los pasos? La mente, que estaba medio adormilada, volvería al campo de batalla y se instalaría de inmediato en el futuro, tratando de obtener la recompensa: “Debo ganar”. Y en ese preciso instante,  seríamos víctimas de una extraña forma de artritis, se incrementaría el dolor lumbar, nos volveríamos más torpes y la sincronización cuerpo/mente dejaría de existir.  El miedo a perder nos volvería sordos, y el baile se convertiría en una tortura.

Cuando hacemos el amor, si somos psicológicamente sanos, no estamos midiendo el tiempo en llegar al orgasmo como indicador de potencia sexual: “Me encantó como lo hicimos, apenas nos demoramos quince minutos y treinta y dos segundos”. Cuando la pasión nos lleva  a besar y acariciar  a la persona que amamos, no tenemos expectativas sobre la presión de las caricias o cuántos centímetros tenemos que abrir la boca para que el acople lingual sea perfecto. Solo el deseo manda.

El peor enemigo de la espontaneidad es la preocupación por el resultado. Cuando hacemos sumas y restas todo el tiempo, la vida se convierte en una contabilidad insufrible. Muchas empresas entendieron que mantener la mira exclusivamente en los índices de venta relega a un segundo plano los pasos de la transformación del producto, que es donde interviene el factor humano. No me refiero a la cantidad sino a la calidad. Por eso hay camisas tontas, zapatos depresivos, empanadas indigestas y bebidas ridículas. No es un problema de fabricación, sino de pasión, de amor por lo que se hace. 

Repito, el problema no está en desligarse totalmente de las consecuencias de la conducta, ya que perderíamos la actitud previsora de resguardarnos a tiempo o podríamos caer en la más absurda irresponsabilidad, sino en saber cuando abandonar el final, para disfrutar del argumento.

Jugar por jugar, reír por reír, sembrar árboles sin esperar frutos, amar por amar, soñar por soñar, y por qué no, si el físico aguanta, correr por correr como lo hacía Forrest Gump, sin ir a ninguna parte.


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Cuando el ahorro se convierte en tacañería

Cuando el ahorro se convierte en tacañería
Cuando el ahorro se convierte en tacañería

Ahorrar es una buena costumbre. Al organizarnos con el uso del dinero creamos una actitud previsora que permite vivir más tranquilo y con cierta sensación de resguardo. No cabe duda, el ahorro es un comportamiento saludable, aconsejable  y recomendable. El problema empieza cuando la conducta de ahorrar se vuelve compulsiva. Cuando endiosamos la frugalidad y hacemos de la economía una forma de vida, estamos en los fangosos terrenos de la mezquindad. Como cualquier otro vicio, la tacañería produce placer en los que la practican y sufrimiento en los que lo rodean.

Los viejitos “platudos” y avaros suelen decir que las grandes fortunas se hacen cuidando el centavo. Buenos colegios, seguros que lo cubren todo, hospitales de primera y un paseo al año. Pero en la vida cotidiana, el control es asfixiante. Algunos le cobran intereses usureros a sus hijos, otros se niegan a repartir la herencia en vida (aunque sepan que deberían vivir varias vidas para “comerse el capital”) y otros se niegan a toda costa a servir de fiadores, no importa de quien se trate. Acaparar es casi que coleccionar. Estos personajes, compilan billetes como si fueran estampillas. Conozco un señor que se levanta a la madrugada, abre su caja fuerte, saca títulos, dólares, escrituras y otros valores y se sienta a mirarlos como si se tratara de una obra maestra: éxtasis monetario. Por lo general, los cicateros suelen tener un entierro de ricos y vida de pobres.

Una señora de casi cincuenta años, bastante adinerada, para ahorrarse la visita médica donde su ginecólogo, se viste con ropa vieja y hace fila en el Seguro Social para no pagar el costo de la consulta. Otro señor, que se llama a sí mismo “metódico”, tiene todos los alimentos bajo llave y hace un inventario diario de lo que hay en la nevera. Su esposa e hijos deben decir qué van a consumir y anotarlo en una planilla. Conozco un señor económicamente solvente que se vanagloria porque se pasa los peajes sin pagar, porque le parecen caros. Una prestigiosa profesional, solamente lava su ropa a la tercera o cuarta postura, porque se “gasta”. El dios dinero hace desastres y nubla la razón.

Una cosa es la sencillez y otra ser miserable. De tanto cuidar lo que se tiene, no se disfruta, y de tanto amarrar los bienes, se va creando la idea distorsionada de que se es pobre sin serlo. Muchas personas tacañas juran y se autoengañan hasta convencerse a sí mismas que realmente no tienen recursos: “Estoy ilíquido” (la carencia de liquidez es una nueva forma de pobreza).  Muchas personas económicamente humildes viven mejor, se dan más gusto y tienen una mejor calidad de vida. 

Cuidar lo que se tiene es importante, pero no usufructuarlo alegre y despreocupadamente es codicia.  Darse gusto no significa derroche, y autorreforzarse no implica despilfarro. El dinero es un medio y no un fin. Muchas personas guardan celosamente vajillas, manteles, joyas y otros enseres “finos” (algunos ya amarillentos desde el matrimonio) y no los usan en el diario vivir ¿Para que los tienen si no los disfrutan? Se nos pasan los años esperando la “ocasión especial” que nunca llega. Nuestro closet es fiel testigo de las estupideces que almacenamos por un culto al ahorro exaltado y mal entendido.

No estoy defendiendo los “manisueltos”, sino criticando los manicortos. Los que creen que valen por lo que tienen, los que sufren con el mínimo exceso, los que hacen cuentas a cada instante, los que inculcan el miedo a gastar, los que se sienten culpables de la autorrecompensa y los que son egoístas con sus seres queridos.

Si publicitamos la moderación económica exagerada estaremos fortaleciendo la avaricia y la mezquindad. Y no hay avaricia sin envidia, y no hay envidia sin agresión. Hay que ahorrar cuando se puede, y hay que darse gusto cuando se quiere. Ese punto medio donde la autoestima y el autocontrol se dan la mano, se puede aprender y vale la pena enseñarlo.


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La terquedad del amor

LA TERQUEDAD DEL AMOR
LA TERQUEDAD DEL AMOR

Ser muy distintos, en las parejas, no produce afinidad sino rechazo e incomodidad.

Un fanático del racismo emparejado con una activista de los derechos humanos no sería una feliz combinación. Como tampoco lo sería un sujeto violento por naturaleza con una mujer pacifista por convicción. Y no hablo de atracción física, sino de convivencia. En ocasiones la gente prefiere ignorar las disparidades, tapar el sol con el dedo y seguir con la relación como si nada pasara. Dos ejemplos.

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