Uncategorized Archives - Walter Riso
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El espacio vital

No somos especialistas en crear nuestro hábitat inmediato. Por lo general, sin darnos cuenta, nos rodeamos  de cosas y personas que nos incomodan o nos generan estrés, y nos resignamos a ello. Hay como un descuido respecto a uno mismo, que se ve reflejado en los espacios vitales  por los que nos movemos a diario.

Recuerdo que en cierta ocasión un anciano llegó a mi consulta con una depresión  no muy severa, pero que lo hacía funcionar  a “media máquina”. Había un bajón en su estado de ánimo, una tristeza sostenida que lo acompañaba gran parte del día y se desvanecía cuando se aproximaba la noche. Intentamos varias aproximaciones sin mucho éxito, hasta que le pedí que me dejara visitar su casa para saber dónde y cómo vivía, esperando encontrar allí algún factor de mantenimiento. El señor aceptó y un día por la mañana fui a su apartamento.  Cuando llegué al lugar me recibió su esposa con una sonrisa amable y después apreció él con una vestimenta de casa: un suéter raído, un pantalón negro de ejercicio que le quedaba corto y unas pantuflas. Comenzamos el recorrido y me fui sorprendiendo a media que avanzábamos. Aunque el hombre pasaba la gran mayor parte del tiempo en su hogar, el ambiente dejaba mucho que desear; el descuido era evidente. Cuando yo le señalaba algún signo de dejadez, la señora asentía por detrás, como diciendo: “Tiene toda la razón, ya era hora de que alguien se lo dijera”. 

Le gustaba mucho leer, pero su biblioteca era muy oscura. El ventanal tenía unas cortinas pesadas de terciopelo, como la de los teatros de antaño, que no deja pasar la luz y los bombillos del techo, al ser de baja potencia, dejaban todo en penumbra. Sus gafas estaban totalmente desbaratadas y pegadas con una cita de plástico. Le pregunté si podía ver bien con ellas y respondió que más o menos porque hacía mucho que no iba donde el oftalmólogo. Escuchaba radio todo el día y el pequeño aparato no solo era del siglo pasado, sino que había que rezarle para que funcionara. Se la pasaba moviéndolo para sintonizar la onda. Le gustaba comer bien y ni se daba gusto con la comida. Le agradaba vestirse y el contenido de su guardarropa era lamentable.

El televisor solo cogía los canales nacionales, el cajón de su mesa de noche se caía cada vez que lo abría, las paredes de su casa estaban descascaradas, y ni qué hablar de los muebles. También descubrí que su cama tenía un enorme hueco, donde se hundía para dormir y le producía dolor de espalda. En fin, su hábitat era depresivo.

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¿La causa?: abandono de su persona. Dejadez y olvido de sí mismo, incapacidad de remodelar la  propia vida, reestructurarla a su amaño y crear un ambiente que promueva al bienestar personal. Nos vamos acostumbrando a lo malo y lo vamos incorporando a lo cotidiano como un karma ineludible.

Sentirse merecedor, es procurarse una buena vida a partir de lo elemental, que no es ganarse la lotería, sino configurar zonas de placer y/o de comodidad. No hablo de lujo, sino de decoro. De rodearnos de una estética básica y de un confort personalizado que nos empuje hacia arriba y no hacia abajo ¿Me place leer?: pues adecuo una área para eso ¿Me gusta comer bien?: procuraré tener una buena alimentación ¿No duermo bien?: tiraré el colchón por la ventana y buscaré uno nuevo. Reingeniería hogareña. 

Como si llevaran un pequeño masoquista dentro, algunos se regodean en un sufrimiento inútil, además de peligroso… ¿No veo bien?: trataré de cambiar mis gafas. ¿Las paredes están descoloridas?, pues las pintaré. ¿La mesa de noche está acabada?: buscaré otra o la mando arreglar. Puro autorrespeto, pura autoestima. La suma de las pequeñas incomodidades y molestias innecesarias que nos rodean pueden hacer que la vida se convierta en un infierno. El espacio vital en el cual vives y te mueves, te define, te sube o te baja. Y aunque parezca que te acostumbras a lo desagradable, no es así, tarde que temprano la salud te pasa factura.

Si quieres profundizar en el tema, puedes ver: Siéntete orgulloso de tu lugar en el mundo


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La integridad: una herencia olvidada

Ser coherente es de las cosas más difíciles que hay. Decimos que una persona es “seria”, cuando no habla por hablar. Si los actos son congruentes con lo que se piensa y siente, hay solidez psicológica: todo apunta hacia un mismo sitio. El comportamiento, el sentimiento y el pensamiento se integran y concuerdan. Un individuo así, es confiable. Hay que darle crédito, porque la consistencia conductual y la credibilidad van de la mano.

No obstante, debemos reconocer que poseemos una clara tendencia a desordenamos. No somos tan consecuentes como debiéramos. Se nos olvidan los principios y nos contradecimos a cada rato. Y aunque  hagamos apología a la moral y las buenas costumbres, fallamos a la hora de actuar. Nuestra actitud es más retórica que real. 

Los grandes maestros espirituales, los hombres y mujeres que hicieron historia, los apasionados y los conquistadores, eran sujetos que actuaban como pensaban. Sentían lo que hacían. El lenguaje quedaba subordinado al comportamiento. Nadie dudaría de la veracidad de un Francisco de Asis: bastaba verlo actuar. A nadie se le ocurría pensar que Krishnamurti, el Che Guevara, Sor Teresa, Gandhi o Policarpa, hayan sido fraudes. Sus acciones hablaban por ellos. Las vidas ejemplares son, por definición, psicológicamente íntegras, es decir, veraces, constantes y tozudas. Entregados en alma y cuerpo. Muchos de sus discípulos aprendían más mirando que escuchando.

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Las personas que logran cohesionar la mente, la conducta y el afecto, se vuelven extremadamente poderosas, porque los conflictos disminuyen. Se autoabastecen. No necesitan llamar la atención, buscar posición, estatus, o poder. Su fortaleza viene de adentro. La energía del que dice lo que piensa, genera terremotos. Cuentan que un ministro inglés se vio obligado a presentar la renuncia. Su frase fue esta: “Renuncio, porque se están acercando a mi precio”. La máxima expresión de honestidad: “Soy débil, pero no me dejo”. Es posible que todos tengamos un precio, y quizás haya que ser más corregible que intachable: profilaxis moral. La decencia también está en reconocer la propias limitaciones y afrontarlas

Hace algunos años, los comerciantes no firmaban letras ni pagarés. Había menos demandas y abogados (no tengo nada contra ellos). La palabra era suficiente. Era como un cheque de gerencia disponible a todas horas.  Esos extraños especímenes de hace cuarenta o cincuenta años, no cargaban tarjetas de crédito, ni extractos bancarios, ni paz y salvos. El estilo de vida era la mejor carta de presentación, y la historia personal el mejor codeudor. Otra vez los hechos. En aquellos años, aunque había cosas malas y negativas, existían ciertas prácticas honorables ampliamente difundidas.  Había cierta preocupación por la reputación, que no era apariencia, sino respetabilidad: “Mi proceder me define como persona”. 

No solamente somos lo que decimos que somos, sino cómo nos comportamos. Cuando nuestra  manera de ser se fragmenta, surge la ambivalencia y nos volvemos sospechosos. La vida cotidiana es un problema de calidad total. Si por la mañana soy sanguinario y por la tarde amoroso, estoy en un claro cortocircuito. Si robo al amanecer y doy diezmos al atardecer, me estoy engañando a mi mismo. Cuando los decires, no se acompañan de las acciones pertinentes, solo queda la imagen deslucida de lo que podría haber sido y no fue. Un enredo, una mentira.

Ser íntegro es procurar ser sincero y claro. Casi transparente. Es pensar, actuar y sentir en una misma dirección porque estamos convencidos que así debe ser. Es exhibirnos sin disfraces ni estafas emocionales: “Esto es lo que soy y no hay nada que ocultar”. Todo a la vista. 

Para ejercitar el complejo arte de la rectitud, no se necesita ser milimétrico y rígido como un riel. Solo se debe hablar con la verdad e intentar, valiente  y conscientemente,  achicar ese agotador camino que nos lleva “del dicho al hecho”.

Si quieres profundizar en el tema, puedes ver: La coherencia inteligente


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Genio y locura

El tema que relaciona la creatividad con los estados alterados de la consciencia ha sido muy estudiado por psicólogos y psiquiatras. No sabemos si motivados por curiosidad científica o un cierto tipo de envidia inconsciente, los autores que se han interesado por el tema son muchos. La literatura científica y de divulgación no cesa de insinuar (quizás no se animen a decirlo tan abiertamente como lo hizo Platón) que posiblemente una leve alteración, una pizca de locura es necesaria, aunque no suficiente, para el proceso creador.

Los que son muy cuerdos, equilibrados, dueños de sí mismos y controlados sufrirían de una especie de constipación emocional, una forma indeterminada de analfabetismo emocional que le impediría ir más allá de la razón, y por definición el genio creador no solo no necesita la lógica sino que le estorba. 

La gran mayoría de  los datos obtenidos apuntan a que una cantidad considerable de los grandes genios creativos en el área de la pintura, la literatura y la música poseían y poseen cierto desnivel productivo. Según algunas investigaciones al menos el 50% de ellos indicó un brusco  cambio del ánimo poco antes del período creativo: jubilosos, eufóricos, esperanzados o arrobados. Un 30% estaba en el otro extremo del tono afectivo, y dijeron pasar por un profundo estado de malestar psicológico: ansiosos, ideas de suicidio, aflicción, temor. Y un 20 % sostuvo tener cambios combinados de tristeza y exaltación. Algo pasa antes, no sabemos que es, pero algo ocurre.

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Los estudios biográficos suelen describir los comportamientos extraños de los genios creadores  como excentricidades, inspiración creativa, temperamento artístico, poseedores de gran energía, exageradamente productivos, irritables, inquietos,  de un entusiasmo desbordante, poca necesidad de sueño y un pensamiento agudo y ágil.  Muy parecido a lo que se conoce como manía o hipomanía. Pero  la depresión, el dolor profundo existencial, la sensación de minusvalía y otras emociones negativas y aterradoras, también parecen acompaña a muchos grandes del arte. 

Parecería que la composición alternativa y fluctuante de la euforia y la tristeza es el común denominador, o lo que se conoce como enfermedad maníaco-depresiva. Una alteración del estado de ánimo donde el sujeto puede pasar rápidamente de las experiencias más extáticas y fantásticas a las más terribles y oscuras. Del cielo al infierno, en un instante y otra vez hacia arriba. Un contraste emocional de extremos. En la cúspide generar imágenes e ideas fantásticas, mientras decaen pueden organizarlas un poco, mientras se llega a la depresión profunda, donde tanto la creatividad como el pulimento y la organización racional del arrebato, ya no son posibles. 

Habría un manía chiquita, amiga de la creación, no tan dañina (hipomanía) y habría una depresión benigna, pro así decirlo, leve, que permite podar, meditar y concluir con lógica lo que floreció durante la efervescencia creativa. En el techo se ve y se siente más de la cuenta, la inspiración es vasta, oceánica, y en la piso (no en el subsuelo), se moldea y se pule.

Poetas como Lord Byron, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, mostraron un “desequilibrio” genial. Novelistas, como Graham Greene,  Ernest Hemingway,  Walt Withman y  Hans Chistrian Andersen, solo para citar algunos, siguieron el mismo vericueto de afectividad desbordante.  Y pintores como Goya, Gauguin y Daddy saltaron al vacío de la sin razón. Van Gogh, decía: “Cuánto más agotado, enfermo o derrumbado estoy más artista soy, más artista creador”. Ni que hablar del fenomenal desvarío de Mozart,  Berlioz, Schumann o Hendel. 

Platón, a través de Sócrates, decía que los oráculos y los poetas se comunicaban con los dioses por medio de la inspiradora locura, una forma de posesión divina. No era talento, sino chispa divina. 

La transpiración (esfuerzo, técnica, habilidad, tenacidad) es importante para alcanzar las metas, pero no define al creador. El genio procede de la apabullante inspiración (iluminación, soplo, musa), aquella que nos deja sin aliento, la que no puede explicarse, la que  a veces nos trasciende y secretamente envidiamos, la que todos albergamos en algún lugar oculto de nuestra irracionalidad, como un duende travieso.

Si quieres profundizar en el tema, puedes ver: la rebeldía saludable


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Conectado a uno mismo

Hay gente que se ha desconectado de sí misma. El lenguaje interno se halla detenido, incompleto, aletargado. En el proceso de una atención dispersa que nos lleva a mirar más hacia afuera que hacia adentro, la relación constructiva con el propio “yo” apenas se insinúa. Estar conectado a uno mismo es silenciar la mente, es aprisionar el pensamiento, limitarlo a una secuencia de estímulo-respuesta y ser víctima pasiva del ambiente ¿Cómo puedo ocuparme de mí mismo si no estoy consciente de lo que pienso, siento y hago? ¿Cómo alcanzar un funcionamiento óptimo si me despreocupo de cómo soy y de lo que me define como persona? ¿Cuánto tiempo estás cara a cara con lo que eres? La ignorancia de la propia ignorancia: ¿habrá una forma más absurda de ser absurdo?

Ser mejor cada día (no “el” mejor, sino mejor) o estar conectado a uno mismo, requiere de un diálogo interior y  de una capacidad sostenida de autobservación. A veces se utiliza el concepto de florecimiento del “yo” como sinónimo de crecimiento personal, y esta analogía es buena, porque nos indica que somos una potencia contenida en sí misma, como lo es una semilla. En este sentido, florecer, es abrirse a toda las posibilidades de las que somos capaces y uno de los factores  para que esto ocurra, es dejar que la mente tenga un espacio para la autoreflexión.

Apelamos a la falta de tiempo y al trajín diario para explicar el abandono de nuestra vida psicológica, pero en realidad, si tratamos de profundizar un poco, hallaremos que lo que realmente frena a muchas personas no es otra cosa que el miedo a conocerse: “pensar sobre lo que pensamos” nos inmoviliza, asusta, porque quizás no nos guste lo que encontremos. Sin embargo, todas a las investigaciones en el área de la psicología, muestran que, autobservación y salud van de la mano.

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Cuentan que Pirrón, un filósofo griego de la antigüedad, seguía hablando solo aunque sus oyentes ya no estaban presentes. En cierta ocasión le preguntaron por qué lo hacía, y respondió: “Me ejercito en ser virtuoso”. Ponerse de acuerdo con uno mismo, acoplarse y hacerse cargo del propio ser, trabajar en ello, cuidarse, preocuparse por cómo estamos y para dónde vamos, nos aproxima a la virtud. Atención autofocalizada, directa, constante,  entrenamiento de la mente que quiere perfeccionarse.

Estando en un aeropuerto, presencié una típica distracción posmoderna de uno mismo a la máxima expresión. Se sentó frente  a mí una joven adolescente que por el lapso de  dos horas continuas, no sacó la cabeza de su móvil de última generación. Configuraba, desconfiguraba, hacia y reciba llamadas sin parar, navegaba y jugaba, pero lo  más curioso era que se relacionaba con el teléfono: hablaba con él,   lo animaba cuando estaba lento, lo regañaba, le susurraba cosas. Ella no manejaba su celular, el celular la controlaba a ella. Como en la película de Peter Seller, Desde el Jardín, su punto de conexión con el mundo era una pantalla.

Creo que en más o menos medida, esto nos pasa a todos. Nos vinculamos a los objetos, nos identificamos con ellos, los “humanizamos”. Hace poco presencié un choque entre un lujoso automóvil y un motociclista. El de la moto quedó tendido en el suelo con cara de sorprendido y el del carro lo único que hacía era pasar la mano sobre un rayón en la puerta, diciendo: “¡Mi carro, mi carro…!”. Tuve la sensación que el angustiado hombre estaba acariciando  y consolando su “lastimado” coche. Entiendo que un accidente no es para festejarlo, pero de ahí a tener una crisis existencial por el golpe es demasiado.

Si la introspección es cero, el mejoramiento personal es cero. Adormecimiento del yo e ignorancia de uno mismo, la que se acrecienta cuando quedamos atrapados por la seducción del apego, lo banal y la ley del mínimo esfuerzo.  Mantenerse conectado a uno mismo es una actividad de la que no podemos prescindir sin pagar el costo de una vida psicológicamente pobre y vacía.

Si quieres profundizar en el tema, puedes ver: No quiero ser el mejor, quiero ser mejor


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Ni contigo, ni sin ti

A veces el amor se desdobla en sus contrarios y nos entrampa. El sentimiento hacia la misma persona comienza fluctuar entre dos extremos irreconciliables y opuestos, sin solución aparente. El afecto se hace dicotómico: “Te quiero cuando no estás y cuando estás me aburro”. Deseo como carencia y tedio en el contacto. 

Se ama la ausencia del ser amado, su partida, el destierro, y a la vez se añora el regreso de la persona supuestamente amada, como el sediento, apetece el agua, como el hambriento, el pan. Pero allí se acaba. El reencuentro se saborea solo un instante hasta que el cuerpo o el alma queden satisfechos. Amor de lejanía, el imaginario que se embellece a la distancia y la realidad presente que lo aniquila en un santiamén. 

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Una dinámica cruel y dramática induce al amante a una retirada inexplicable: “Ansío tu presencia, pero luego de unos momentos ya no te soporto… Y no es porque te odie o me produzcas algún tipo de repulsión, sino que me aburro de ti… Pierdes el encanto cuando te muestras como eres, cuando dejas de ser un sueño para hacerte real… Curioso amor éste, que te ama en la ausencia…

Solo te amo cuando no estás, como si fueras una visión, un amor fantasmal que ya ni me asusta…”. Placer logrado, muerte del deseo: aburrimiento. La trampa mortal del Eros ambivalente: “Te necesito cuando no estás y me agobia tu presencia”. 

Schopenhauer vio claramente este proceso de autoaniquilación amorosa cuando afirmaba que toda felicidad amparada en el deseo es negativa. En sus palabras: “Y una vez realizada la conquista, una vez alcanzado el objeto, ¿qué has ganado?. Nada seguramente, si no es haberse liberado del sufrimiento, de algún deseo, de haber alcanzado el estado que uno tenía antes de la aparición del deseo” 

RE era un hombre joven que mantenía una relación a distancia con una mujer de su misma edad desde hacía dos años y medio. Se veían cada quince días y pasaban el fin de semana juntos. Desde el comienzo la relación mostró un desbalance fundamental: ella entregada en cuerpo y alma y él a duras penas. El conflicto de RE lo tenía inmovilizado: “No soy capaz de comprometerme, ni soy capaz de dejarla”

Se mostraba quisquilloso, peleaba con ella por cualquier insignificancia, amenazaba con terminar la relación a cada rato y después, víctima de la nostalgia y el arrepentimiento, la llamaba para que volvieran a arreglar. Fluctuaba entre la idealización romántica cuando la tenía lejos y el realismo crudo cuando la tenía cerca. En la lejanía, la deseaba, le daban ataques de celos, la acosaba telefónicamente y le prometía amor eterno, y en la proximidad, una vez se acababa el arrebato, caía en la más profunda y penosa indiferencia. 

Un día cualquiera, la “novia”, harta de esperar, se consiguió un amigo que no dudaba en llegar hasta el final, un valiente dispuesto a todo, que aseguraba un amor más completo y estable. Al ver que la iba a perder definitivamente, RE entró en pánico y contra toda lógica le propuso matrimonio, a lo cual ella, contra toda lógica, aceptó. A los seis meses de casados se separaron. Él aún suele llamarla a veces, cuando el deseo, la carencia o la soledad comienzan a molestarlo y la urgencia no da tregua.


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La baja tolerancia a la frustración

La frustración es el sentimiento que surge cuando no podemos alcanzar las metas. Si nuestras aspiraciones se ven obstaculizadas, el sistema nervioso segrega adrenalina. Una sensación de impotencia mezclada con ansiedad e ira nos predispone a ser más agresivos y persistentes en nuestro deseo. 

Nuestra mente no está preparada para la resignación sana, es decir, la aceptación inteligente de que no podemos tener todo bajo control. La frase que mejor se opone a la baja tolerancia a la frustración es:  “No se puede, no hay nada que hacer, ya es tarde, no insistas”. ¿Cuál es el límite para saber cuándo vale la pena insistir o retirarse?: lo define la sabiduría, el arte de saber perder.

Detrás del sentimiento de frustración existe casi siempre el apego al placer, en el sentido de no querer renunciar a algo que nos gusta, apetecemos o es importante. La dependencia es el crisol donde se gesta la reacción exagerada al fracaso.

La consecuencia más directa y molesta de la baja tolerancia a la frustración es la ansiedad. Su causa hay que buscarla en la siguiente creencia irracional : “Si las cosas no son como a mi me gustaría que fuera, me da rabia”. Una forma de pataleta existencial o una manera egocéntrica de procesar la información. “El mundo gira a mi alrededor y mis anhelos deben ser resueltos por el cosmos, a lo que de lugar”. ¿Cómo no ver cierta inmadurez, ciertos esquemas infantiles en tal afirmación?.

Es obvio que las cosas no pueden adaptarse a uno. Cualquier persona racional entiende que existe una realidad externa que casi siempre se impone, aunque no nos guste a veces. Sin embargo, aún así, hay un reducto de testarudez crónica que nos lleva  a machacar y a continuar ilógicamente exigiendo lo imposible.

Las personas con baja tolerancia a la frustración sufren mucho, viven estresados y peleando con la vida, porque el universo no responde a sus reclamos. Cuando alguien les lleva la contraria se ofuscan y si sus planes se ven alterados por cualquier imponderable se muestran excesivamente irritables. Viven agarrados con el destino, la suerte, el azar o con Dios: nadie se salva. Un niño que hace pataletas es insoportable, pero un adulto en la misma función es enloquecedor. La mortificación que les genera el fracaso puede llegar a enfermarlos. 

En realidad los intolerantes a la frustración no saben ser humildes, más aún, se vanaglorian de su incapacidad de adaptarse a los impoderables. Confunden entusiasmo con obstinación, su imperativo es, “Tu todo lo puedes y todo lo mereces”. No es la esperanza racional o la idea valerosa de luchar por sus ideales  lo que los impulsa, sino la falta de madurez y una hipersensibilidad al desengaño. Por lo general sus experiencias de aprendizaje en la infancia estuvieron determinadas por padres sobreprotectores y poco exigentes que no dejaron desarrollar el “callo” para soportar los embates de la vida. La paz interior comienza a crecer en el mismo instante que aprendemos a perder.  


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Afiliación, soledad y aislamiento

afiliación, soledad y aislamiento

La afiliación es la tendencia humana básica que nos lleva a buscar compañía como una manera de garantizar la supervivencia tanto del individuo como de la especie. El que diga que puede prescindir de los demás: o es esquizoide o se trata de  un marciano. Todos necesitamos del contacto interpersonal, esa es la verdad irrefutable.

Por eso, cuando se rompe la red de las relaciones sociales en la cual estamos inmersos, nos sentimos extraños, distintos, vacíos. La desconexión con el prójimo nos desarraiga, nos quita la fuerza principal para seguir en el juego de la vida. La psicología del desarrollo nos indica el camino: la principal causa de la depresión infantil es la ruptura con sus pares. Como si la naturaleza nos recordará que no hay nada más antinatural que una vida sin amigos (Cicerón). 

El aislamiento o la soledad social ha ido aumentado en el mundo, de acuerdo a las culturas y a la edad. Contrariamente a lo que se piensa, algunos estudios han encontrado que la soledad golpea más a los adolescentes ( 79%) que a los ancianos (37%). Parecería que la expectativa de los jóvenes a querer estar la mayor parte del tiempo con sus iguales es determinante. Tanto en los Estados Unidos como en España la tercera parte de la población mayor se siente sola.

La soledad emocional no se refiere tanto a la carencia de gente sino a la desvinculación afectiva. El tema es la intimidad, el amor, el afecto de la pareja o las amistades especiales. Podemos estar en una muchedumbre de conocidos y sentirnos emocionalmente solos. Querer y ser querido es la condición básica de la felicidad, lo cual no implica que haya que renunciar de manera indeclinable a la soltería. Hay  gente que prefiere un aislamiento moderado y amores de medio tiempo, al típico matrimonio consumado.

La soledad o el aislamiento obligado, el que no elegimos de forma voluntaria y con fines constructivos sino que se nos impone por cualquier motivo, baja las defensas. Una investigación epidemiológica realizada en los Estados Unidos encontró que la tasa de mortalidad de los individuos socialmente aislados, independiente de la edad, era dos o tres veces más alta que la de los sujetos integrados socialmente. 

¿Qué características se asocian a las personas que sufren de soledad?. Citaré las más relevantes, dejando claro que a veces no sabemos si son causa o consecuencia:

  1. Características de personalidad: introversión, timidez, ansiedad.
  1. Baja autoestima: si creo que no valgo la pena evitaré entrar en contacto con los demás.  Alguien, no muy conforme con su autoconcepto, me decía: “No quiero ofender a los demás con mi presencia”. 
  1. Déficit en habilidades sociales: se refiere a la incapacidad conductual y/o cognitiva (mental) de poder establecer vínculos con los demás. Por ejemplo, dificultades de iniciar y sostener una conversación, hablar en público o expresar emociones.
  1. Características demográficas: en Australia los hombre sufren porque no hay mujeres, en Colombia las mujeres sufren porque no hay hombres. 
  1. Estilos de apego: cada vez hay más evidencia científica que sustenta que la manera adulta de relacionarnos con otros está determinada en gran parte por las experiencias afectivas tempranas.  Por ejemplo, padres ambivalentes e inconstantes en la calidad y cantidad de afecto, pueden generar en el niño miedo e inseguridad a iniciar y mantener relaciones estables.

La soledad no deseada no es un castigo del destino, ni un karma indeclinable frente al cual nada podamos hacer. No tiene sentido sufrir por algo que tiene remedio.


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Y ahora que me dejó, ¿qué hago?

Pelear la vida. A regañadientes, a las malas, con las uñas, como quieras,  pero no hay otra opción. Puedes sentarte a llorar tu mala suerte, a lamentarte de la “injusta” soledad, a sentir lástima por tu aporreado yo y autocompadecerte. O por el contrario, puedes levantar cabeza y aplicar una dosis de racionalidad a tu desajustado corazón.

Si te dejó, si se fue como un soplo, si no le importaste, si te hizo a un lado con tanta facilidad, si no valoró lo que le diste, si apenas le dolió tu dolor, si decidió estar sin tu presencia, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que no te merece?. 

Y si te dejó porque ya no te ama, porque se le agotaron los besos, y hasta la más simple de las caricias se le convirtió en tortura, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que ya no te ama?

¿Y no será, que si fue cruel o se le terminó el amor, ya no tiene sentido insistir en resolver lo que ya está resuelto? ¿No será que hay que quemar las naves, cerrar el capítulo y dirigir la atención a otra parte? No se trata de no sufrir, sino de darle al sufrimiento un giro y elaborar el duelo (resignarse a la pérdida). No preocuparse por lo que podría haber sido y no fue, sino por que es.

Lo curioso del despecho es que los que han sido abandonados, casi siempre terminan por autocastigarse: “Si la persona que amo no me quiere,  no merezco el amor” o “Si la persona que dice quererme me deja, definitivamente no soy querible”. La consecuencia de esta manera de pensar es nefasta. El comportamiento se acopla a la distorsión y el sujeto intenta confirmar, mediante distintas sanciones, que no merece el amor. Veamos cuatro formas típicas de autocastigarse que utilizan los “abandonados”:

  1. Estancamiento motivacional: “No merezco ser feliz, entonces elimino de mi vida todo lo que me produzca placer” (autocastigo motivacional)
  1. Aislamiento afectivo: “No merezco a nadie que me quiera. Cuánto más me guste alguien, más lo alejo de mi lado”  (autocastigo afectivo)
  1. Reincidencia afectiva negativa: Buscar nuevas compañías similares a la persona que nos hizo o  todavía nos hace sufrir (profecía autocastigante)
  1. Promiscuidad autocastigadora:  Entregarse al mejor postor, “prostituirse” socialmente o dejar que hagan de uno lo que quieran (autocastigo moral)

Me preguntó, ¿Y no será que de pronto no eres tan culpable como crees, y que no haya ni buenos ni malos, vencedores y vencidos?

Ahora que te dejó, hay que comenzar a vivir de otra manera. Retomar lo bueno que tenías olvidado y arrancar. Todos somos capaces de recuperarnos del fracaso afectivo. Al principio duele hasta el alma, pero al cabo de un tiempo, si eliminamos el autocastigo, la mente empieza a reponerse. 

Piensa en las pérdidas que has tenido anteriormente en tu vida,  y cómo ahora, no te producen ni rasquiña. Es muy probable que dentro de un tiempo, esta última decepción, la que ahora estás padeciendo,  quede reducida a un recuerdo insípido y descolorido.

Y mientras tanto, te toca sobrevivir. Evitar caer en los puntos a, b, c y d. Rodearte de amigos y amigas de verdad, porque la amistad cura. También puedes acceder a la vida espiritual que tenías abandonada, y no me refiero a encerrarte en un templo, sino revisar tu sentido de vida. Las crisis activan la autoobservación y nos obligan a mirarnos desde una óptica nueva.

Siempre habrá alguien, testarudo y persistente, que nos quiera a pesar de todo. A esta hora, en algún lugar de la ciudad, hay una persona desconocida que aún no conoces, dispuesta a contagiarte de amor, que pronto entrará a tu vida. Es solo cuestión de tiempo.


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El maravilloso, «no sé»

Aunque algunos “no sé” deben evidentemente subsanarse por ser manifestaciones del más crudo y elemental atraso (por ejemplo, “No sé leer”), o incluso producto de alguna enfermedad mental (por ejemplo, “No sé quien soy”), otros poseen un poder liberador. 

Reconocer que no se sabe, más que convertirnos en sabios socráticos, nos quita un peso de encima. Tener la obligación de ser un “superentendido” es una carga difícil de llevar. Los sabelotodos sufren. Más aún, creo que a los famosos Nerds les duele más la desactualización que el rechazo social.

Los individuos que cifran su valía personal en la sapiencia, no viven tranquilos, porque siempre habrá alguien que esté más informado. En los ambientes universitarios altamente competitivos, la pregunta más temida es: “¿Leíste el último artículo del Journal? ”. 

Los expertos pululan por doquier y marcan la pauta de lo que se debe saber y de lo que está “out”. Si algún insolente decide mostrar abiertamente su incultura, se lo hace a un lado sin piedad. El “no sé” es ofensivo, muestra de barbarie, simpleza o tosquedad.

Hace poco estuve en una exposición de pintura. Mientras estaba viendo un cuadro, en el cual una carreta cargada de flores era empujada por un ángel alado, se me acercó uno de esos insoportables “peritos”. Supe que lo era porque usaba bufanda, un bastón de corte ingles (similar al de Los Vengadores), hablaba pausadamente (como si pensara demasiado), se desplazaba en cámara lenta y frente a cada cuadro se acariciaba el mentón como diciendo: ”Ajá”. Al parecer era alguien muy destacado en el mundo del mercadeo artístico, porque todos estaban pendientes de sus gestos, ademanes y opiniones y aunque sus comentarios eran absolutamente ininteligibles para la mayoría, muchos asistentes le hacían venia.

Cuando en un momento dado me preguntó qué opinaba de la obra, argumenté un simple y escueto: “Me gusta” Cuando trató de indagar sobre los fundamentos teóricos de mi predilección, le expliqué que no tenía la menor idea. Y agregué: “Mi elecciones artísticas siempre están mediadas por mi colon espástico (si se inflama, me gusta), por la percepción del color (si me alegra, me gusta), por el tamaño del cuadro (si es muy chiquito, no me gusta), por los recuerdos que me activa y, claro está,  por el precio”. En menos de un segundo, me quedé solo.

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El miedo a reconocer públicamente las propias limitaciones está profundamente arraigado en nuestra cultura. Preferimos mentir a mostrar nuestras falencias intelectuales. El rechazo nos produce terror. Erróneamente asociamos inteligencia a información. Reverenciamos la instrucción mucho más que la humildad. Cuando un profesor le dice al estudiante que no sabe la respuesta, está exhibiendo su lado humano y falible. El mejor ejemplo. Obviamente hay gente que posee más preparación que otra, pero eso no los hace especiales ni superiores.

Una mente repleta de datos, es una mente embotada. El erudito siempre es prisionero de sus conocimientos, mientras el sabio nunca es esclavo de su saber. El primero, busca ilustración; el segundo, asombro filosófico y diversión. 

Ser capaz de decir abierta y tranquilamente “No sé”, nos libera, porque ya no hay nada que disimular. Nos hace honestos y modestos. Nos quita el lastre de la suficiencia y el cansancio de tener que mantenerse en primera fila. Cuando descartamos la absurda necesidad de mostrarnos brillantes, oportunos, sagaces e inteligentes, una asombrosa calma adviene. Es el sosiego del que nada tiene que alardear y mucho que aprender. Es el punto cero donde la verdadera comprensión comienza a gestarse.

El derecho a no saber es uno de los derechos asertivos fundamentales. Ejercerlo es placentero, relajante y digno de un cerebro perspicaz. Manifestar a los cuatro vientos: “No sé, y qué”, es el reto de una mente que decide romper las cadenas del qué dirán y disfrutar del maravilloso encanto de una ignorancia bien pensada. 


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El culto a la apariencia física

El aspecto corporal se ha vuelto una obsesión supremamente peligrosa. Y no solo me refiero a la belleza en sí, sino a la necesidad creada de mantener determinada proporción talla-peso. Bajar de peso y el control de calorías ha reemplazado la inteligencia, la sensibilidad y los encantos histriónicos de toda buena conquista. Las dimensiones exteriores son más importantes que la esencia, o peor, son su esencia.

La belleza es un valor innegable en la valoración humana. La capilla Sixtina, el Don Quijote, la Venus de Milo, un bello rostro, una voz prodigiosa, la armonía, la simetría y el equilibrio exquisito, generan un efecto cuasi trascendente. No cabe duda, la capacidad de embelesarse es uno de los factores que nos hace humanos. La hermosura jamás pasa desapercibida.

Pero una cosa es la apreciación estética y otra muy distinta la compulsión por la silueta. El culto a la “flacura” ha creado dos alteraciones tristemente célebres: la anorexia y la bulimia. La primera se caracteriza por una gran distorsión de la imagen corporal, miedo a engordar y una pérdida deliberada de peso, a veces hasta la inanición. La segunda está referida a episodios incontrolables de ingestión exagerada de alimentos (atracones), seguidos de autoinducción de vómitos o utilización de laxantes. 

Las estadísticas al respecto son alarmantes. El 90% de las personas que padecen estas enfermedades son mujeres occidentales. Cinco millones de norteamericanos sufren  de alguna alteración de la conducta alimentaria y mil mujeres fallecen cada año en ese país por anorexia nerviosa. En general, la frecuencia de anorexia ha estado aumentado considerablemente y se cree que entre el 1 y el 5% de la población de mujeres adolescentes sufren del trastorno. En lo que respecta a la bulimia, el 3% de la población femenina la padece (algunos estudios hablan del 19%). Aunque es más probable su ocurrencia en la adolescencia tardía, se han detectado casos desde los ocho años de edad.

¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que puede llevar un ser humano a reducir su autoestima al número de “gordos”, a la “celulitis” o las “estrías”. Nuestras adolescentes no se preocupan tanto por el tamaño de la nariz, la forma de la cara o el pelo, como por la cantidad de grasa. Una niña de doce años, bastante flaca,  expresaba así su fantasía morfológica: “Sería la mujer más feliz del mundo si tuviera las clavículas más salidas…  Si estos huesos se me notaran más, me encantaría… Me gustaría verme como una de esas modelos africanas que son puro hueso y piel “. El estilo famélico, ojeroso, demacrado, esquelético y “draculiano”, es una anhelo difícil de entender. Es fuente de envidia en otras mujeres y no tan imprescindible para los varones. ¿Para quién adelgazan las mujeres: para ellas o para ellos?

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Muchas madres no se explican porque sus hijas sufren de semejante mal, si ellas no han dado mal ejemplo. Solamente van al gimnasio todos los días, asisten a la dietista con relativa frecuencia, se quejan de su gordura antes y después de vacaciones, van donde la mesoterapeuta y se alegran de sobremanera cuando bajan unos gramos. Además, vigilan el consumo alimentario de sus hijas de manera constante y le recomiendan ropa de color negro porque disimula el sobrepeso.

La anorexia y la bulimia son producto de un sistema decadente. De una sociedad super consumista que ha logrado fabricar aspiraciones frívolas y cada vez más artificiales. Al igual que la drogadicción y el comportamiento antisocial, el culto a la apariencia física no es otra cosa que la manifestación de una crisis generalizada de valores.

Aunque no quepa en la mente de muchas niñas adolescentes, la belleza es una actitud. Si te sientes linda, serás hermosa. Tu autoestima vale más que tu autoimagen, porque eres mucho más que una figura. Y no importa lo que digan los expertos o los explotadores de la belleza, la gente vale por lo que es y no por su anatomía.


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La sexualidad es más que sexo

Nadie niega que el sexo puro pueda ser placentero y adictivo. Los hombres sabemos esto más que las mujeres, aunque no exclusivamente. Su activación mueve montañas, derriba tronos, cuestiona vocaciones, quiebra empresas y destruye matrimonios. El deseo sexual no mide consecuencias. Casi siempre se impone más allá de nuestras fuerzas. Se requiere la capacidad de un faquir experimentado para tenerlo bajo control. Así es el sexo primitivo y anatómico: encantador, fascinante y enfermador para algunos o angustiante, preocupante y desgarrador para otros.  

Pero la sexualidad es otra cosa. La sexualidad es la humanización del sexo crudo. Es la actividad por medio de la cual incluimos la genitalidad en un contexto interpersonal que va más allá de lo físico. En el entorno afectivo, la sexualidad trasciende lo corporal  y se ubica en “un antes” y “un después”. Se prolonga más acá y más allá de los apetecidos, encantadores, desvergonzados e incontenibles orgasmos. Benedetti lo explica así:

Como aventura  y enigma

La caricia empieza antes

De convertirse en caricia

Es claro que lo mejor

No es la caricia en sí misma

Sino su continuación

En el sexo amoroso (sexualidad), el clímax no es la culminación de la relación, sino el comienzo de un reencuentro libre de deseo sexual: afecto en estado puro. Si hay amor, la cuestión apenas empieza después del desfogue hormonal. Prosigue en el abrazo, los mimos, las caricias sin testosterona y los arrumacos sin prevención. Se afianza en el beso impregnado de ternura y en el calor de un cuerpo desgonzado y bellamente fatigado.

Pero si el sexo está despojado de todo afecto, la experiencia se acaba en lo fisiológico: “A lo que vinimos”. No hay continuación o siquiera antesala. Es puntual, primitivo y claramente animal. Cuando se logra el culmen nada justifica la permanencia. Por el contrario, cada instante posterior a la satisfacción se convierte en un tormento. Si no hay afecto, el “postcoito” se vuelve asfixiante, incómodo, empalagoso y cansón. Ya no hay por qué mentir, las termas se acaban, la amabilidad pierde funcionalidad y la proximidad del otro se asemeja a una invasión extraterrestre. Incluso a veces sobreviene la culpa o el arrepentimiento. No hay gusto, sino disgusto.

En la sexualidad sana,  el sexo bruto se depura y completa en el amor o en la fantasía. En la actividad lúdica, en las cosquillas, en los prolegómenos de la conquista, en la ropa, los guiños, los perfumes, el hablado y las miradas. Los humanos imaginamos, anticipamos, recordamos y creamos. La fantasía es tan inevitable como la esperanza.  Somos mucho más que ratones o gorilas respondiendo a la rígida predestinación ambientalista o reproductora. Somos mucho más que biología. Cuando dos enamorados se conectan sexualmente, la actividad sexual se transmuta en comunión. No digo que el afecto sea indispensable, lo que sostengo es que si el sexo está acompañado de amor, mejor; mucho mejor, cien veces mejor; mil veces mejor. Mientras hacer el amor con amor es la mejor de las redundancias, el sexo por el sexo, es un agradable y escueto sexo al cuadrado, con altas probabilidades de crear adicción. 

¿Por qué no matizamos, así sea de vez en cuando, la actividad sexual con afecto? Nada perdemos con intentarlo. Ensayemos a ver qué pasa. Si logramos darle al sexo más estatus afectivo, estaremos convirtiendo la antigua y problemática “energía libidinosa” en una experiencia más humanista. Ni represión enfermiza ni apego compulsivo. El sexo evolucionado es pasión afectiva dirigida a otro. Es hacer que dos personas afines que se gustan y/o que se aman, parezcan una.

El sexo viene dado, la sexualidad hay que construirla. Hay que hacerla a nuestro amaño. Moldearla y experimentarla desde nuestra singularidad. Por eso, la sexualidad es personal y no transferible. Es el modo particular en que entremezclamos amor y sexo para darnos gusto.


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Las buenas maneras

¿Qué nos cuesta? La amabilidad como norma, como el motor de una convivencia mejor. Si no somos capaces de una ética sostenida, si no nos nace la compasión ni la generosidad se nos sale por los poros, es decir, si la virtud no ha tocado a nuestro ser, al menos, intentemos las buenas maneras, la urbanidad interpersonal. Los modales ayudan a que el respeto siga vigente. Yo sé que la diplomacia maneja cierta apariencia, pero que haríamos sin ella, ¿entrar en guerra? Es mejor el tacto, la mesura y el civismo, así  suene formal. Pensemos que un modo adecuado hará que el entorno inmediato se convierta en un microclima de paz, o mejor, en una coexistencia pacífica.

El maltrato genera malos tratos y en mucha más proporción, mientras el buen trato disminuye la irritabilidad de nuestros posibles agresores. Creamos nuestras propias consecuencias.  ¿Quién no ha visto alguna vez al bravucón quedar psicológicamente desarmado ante una actitud benévola y pacífica de su interlocutor? No hablo de ser héroes sino de  tener una vida menos violenta y estresante: relaciones adecuadas y correctas con el prójimo ¿Es mucho pedir? ¡Es tan fácil ser cortes! ¡Es tan fácil decir “no” con delicadeza! (Tengo mis serias dudas sobre poner la otra  mejilla, porque creo que existe la posibilidad de que me vuelen la cabeza. Si alguien nos golpea, habrá que defenderse, pero no ocurre todos los días).

¿Cómo reaccionarian los demás, si empiezas a practicar algunos de los siguientes comportamientos? 

Saludar. Sin mala cara ni con el gesto fruncido. Que el saludo refleje que no te olvidas del otro.

Ayudar a alguien más necesitado. El otro día pude observar como  todos miraban aterrados a un joven que le ofreció el asiento a una señora que venía llena de paquetes. 

Dar información veraz cuando nos la pidan. ¿Qué importa perder cinco minutos, si con eso generamos tranquilidad en un ser humano?

Escuchar activa y seriamente a quien nos habla. Nivelar la mirada, ni desde arriba ni desde abajo. Mirar a los ojos, estar atento. El mensaje implícito que harás llegar, será: “Lo que usted me dice, es importante para mí… ¡Usted me interesa como persona!”

Preguntar al otro: ¿Qué piensa? ¿Cómo se siente? ¿Qué hay de la familia? ¿Cómo van las cosas? Un amable: “Tu que piensas”, es el reconocimiento del otro como un interlocutor válido, es humanizar el diálogo, no importa de qué clase social sea.

¿Alguien ha reparado en el efecto que produce la sonrisa? Es un dique de contención contra la rabia. Una sonrisa oportuna genera calma, es una conexión profunda a la distancia, una confirmación implícita de que ambos estamos vivos y que no nos haremos daño. No es poca cosa.

Dar las gracias. Una palabra de profundo significado. Su función es notificarle a alguien que la actitud, el obsequio o la amabilidad llegó al receptor y se toma a bien; pero sobre todo es retribución,  gratificar al gratificador. Es la retroalimentación perfecta que sella un momento por lo alto. 

Si le damos la espalda al espacio vital donde nos movilizamos, vivimos, criamos hijos y echamos raíces, no tendremos con quién compartir lo cotidiano. Estar bien con los vecinos cercanos y con los vecinos más lejanos, es una necesidad que tiene que ver con la supervivencia, no del más apto, sino del más solidario. El prójimo de “próximo”, de proximidad física y geográfica y el prójimo del acercamiento humano. Ni siquiera me propongo amar a la humanidad toda, aunque algunos lo logran o más bien les nace, me conformo con ser lo suficientemente cordial para hacer cada día mejor o menos cruel a mis congéneres. 


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