Walter Riso, Author at Walter Riso - Página 2 de 4
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Amor universal y amor particular

Cada vez que me acerco al tema del amor universal salgo mal librado. Hay algo que no me cuadra. No sé si es la influencia del delicioso desorden americano en el que me crié, o cierto realismo afectivo que me ha acompañado en las lides amorosas, pero la idea de un sentimiento indiscriminado e impersonal que trasciende fronteras y se apodera de las parejas, me parece una mala importación oriental. Una traslación demasiado mecánica y ajena a lo que somos: latinos alborotados, coléricos hasta la médula, intensos y febriles. 

Krishnamurti decía que es más fácil querer a Dios que a un ser humano. Parecería que sí. Con Dios vivimos, pero no convivimos. La persona que queremos tiene nombre y apellido, orejas y nariz, seguro social y cédula de ciudadanía, además come, duerme, protesta, habla, demanda, abraza, llora, en fín, no es cuerpo glorioso: está viva. Los vínculos afectivos que establecemos con otros humanos, siempre están personalizados. No queremos  a los “juanes” o a las “juanas” desconocidos del universo conocido, sino a ese Juan y a esa Juana en especial. No hay dos “juanes” o dos “juanas” iguales. 

Nos enamoramos de lo idiosincrático, de la existencia particularizada de ese ser único, no clonable e irreproducible. Me enamoro de una singularidad, no de un montón de átomos. Si el contacto entre dos individuos que se aman es a nivel cuántico, estelar o intergaláctico, me importa un rábano; para mí, la fusión afectiva no es nuclear, sino de piel, de “esa” con “esta” piel. 

El amor cotidiano es de ida y vuelta. Cierta vez escuche a un consejero decirle a una joven, casada con un sujeto alcohólico que la golpeaba física y psicológicamente, que la solución era brindar “amor impersonal” al maltratante. Una y otra vez, con cierto aire de orgullo mesiánico, esgrimía su  inexorable consigna: “Dele amor impersonal y eso hará que él cambie”. Obviamente, al mes de aplicar la estrategia, el marido casi acaba con ella y tuvo que recurrir a una comisaría de familia.

Por estos lados del planeta, el amor de pareja requiere reciprocidad. ¿Qué tiene de malo exigir equilibro en una relación? No digo que tenga ser milimétrico. Si doy diez, me conformo con un ocho. Incluso si el amor que siento es arrollador, un siete estaría bien; pero con menos, el examen se pierde. Si doy diez y me dan cuatro, me siento mal. No me gusta. Simplemente, como en la propaganda, estoy en el lugar equivocado. Y esto no es egolatría, sino defensa de los derechos humanos afectivos. La idea de que todo merecimiento es cuestión de ego ha hecho que muchas personas se resignen al aislamiento afectivo. El merecimiento también es cuestión de dignidad. No importa qué digan los tibetanos más avanzados: te merece quien te respeta. No solo debo hacerme merecedor, sino sentir que me merecen. 

En el amor universal, no hay buzón de quejas, porque no hay con quién ni con qué. La mayoría de los trascendidos, por no decir todos, son solteros, castos, no trabajan en ninguna empresa y casi siempre son beneficiarios de algún mecenas. A más de un maestro espiritual se le apagaría el bombillo de la iluminación si tuviera que criar hijos y tapar sobregiros. 

Los lazos afectivos siempre pueden mejorar y perfeccionarse , no cabe duda, pero partiendo de lo que realmente somos, del amor habitual, contaminado y terraqueo que vivimos en el día a día. Las ilusiones afectivas son psicológicamente peligrosas. Achicar el anhelado super amor cósmico y meterlo a presión en las relaciones de carne y hueso, es ingenuo, además de dañino. 

Quizás podamos alcanzar algún día ese sentimiento total y holístico del que tanto nos hablan, pero mientras tanto, las personas comunes y corrientes, dentro de las que me incluyo, tenemos que entender, tal como decía Rilke,  que el amor florece cuando dos narcisismos mutuamente se cuidan, se alimentan, se protegen y se reverencian.


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El resultado no siempre es importante

La experiencia me ha enseñado que las mejores cosas de la vida no suelen estar sujetas a la programación detallada y previsiva de necesidad de control, ni son el resultado de más sesudo análisis: sencillamente nos toman por sorpresa y a mansalva.

La felicidad, además de efímera es traicionera, casi siempre ataca por la espalda, no la vemos venir ni se anuncia, es discreta y silenciosa, como un beso inocente. En lo cotidiano, similar a las leyes de Murphi, cuánto mayor es el desespero por alcanzar un resultado, menos lo disfrutamos. Cuando hacemos a un lado el proceso y solo nos preocupamos por la meta, el placer se revierte, y nos golpea.

Obviamente, el cirujano plástico, el ingeniero nuclear, un investigador en genética molecular, el odontólogo, sólo para nombrar algunos, no pueden prescindir de los efectos. Aquí, la anticipación es necesaria para que el desenlace no se convierta en secuela. Sin embargo, aún en estos casos, si no se disfruta del procedimiento, el producto final estará contaminado.

Los taoístas hablan de sentarse en la cresta de la ola y dejarse llevar por la circunstancias disfrutando a cada paso, cada impulso y cada segmento, como si fueran un fin en sí mismo. El goce de  achicar los espacios hasta obtener un continuo de metas infinitesimales donde el asombro no tenga fechas preestablecidas ni objetivos fríamente calculados: asombro puro.

Afortunadamente hay cosas que todavía hacemos por hacer. Por ejemplo, aún hay gente que baila sin que el ego se les alborote para llamar la atención. Cuando bailamos por el simple gusto de bailar, sentimos las vibraciones con los huesos, nos acoplamos al compás y sencillamente flotamos. Los que danzan de verdad dicen que entran en comunión con la naturaleza física más elemental: la cuántica del movimiento.

¿Pero qué pasaría si de pronto alguien ofreciera cien millones de pesos a la pareja que mejor baile? ¿Qué ocurriría con la fluidez y espontaneidad de los pasos? La mente, que estaba medio adormilada, volvería al campo de batalla y se instalaría de inmediato en el futuro, tratando de obtener la recompensa: “Debo ganar”. Y en ese preciso instante,  seríamos víctimas de una extraña forma de artritis, se incrementaría el dolor lumbar, nos volveríamos más torpes y la sincronización cuerpo/mente dejaría de existir.  El miedo a perder nos volvería sordos, y el baile se convertiría en una tortura.

Cuando hacemos el amor, si somos psicológicamente sanos, no estamos midiendo el tiempo en llegar al orgasmo como indicador de potencia sexual: “Me encantó como lo hicimos, apenas nos demoramos quince minutos y treinta y dos segundos”. Cuando la pasión nos lleva  a besar y acariciar  a la persona que amamos, no tenemos expectativas sobre la presión de las caricias o cuántos centímetros tenemos que abrir la boca para que el acople lingual sea perfecto. Solo el deseo manda.

El peor enemigo de la espontaneidad es la preocupación por el resultado. Cuando hacemos sumas y restas todo el tiempo, la vida se convierte en una contabilidad insufrible. Muchas empresas entendieron que mantener la mira exclusivamente en los índices de venta relega a un segundo plano los pasos de la transformación del producto, que es donde interviene el factor humano. No me refiero a la cantidad sino a la calidad. Por eso hay camisas tontas, zapatos depresivos, empanadas indigestas y bebidas ridículas. No es un problema de fabricación, sino de pasión, de amor por lo que se hace. 

Repito, el problema no está en desligarse totalmente de las consecuencias de la conducta, ya que perderíamos la actitud previsora de resguardarnos a tiempo o podríamos caer en la más absurda irresponsabilidad, sino en saber cuando abandonar el final, para disfrutar del argumento.

Jugar por jugar, reír por reír, sembrar árboles sin esperar frutos, amar por amar, soñar por soñar, y por qué no, si el físico aguanta, correr por correr como lo hacía Forrest Gump, sin ir a ninguna parte.


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Cuando el ahorro se convierte en tacañería

Cuando el ahorro se convierte en tacañería
Cuando el ahorro se convierte en tacañería

Ahorrar es una buena costumbre. Al organizarnos con el uso del dinero creamos una actitud previsora que permite vivir más tranquilo y con cierta sensación de resguardo. No cabe duda, el ahorro es un comportamiento saludable, aconsejable  y recomendable. El problema empieza cuando la conducta de ahorrar se vuelve compulsiva. Cuando endiosamos la frugalidad y hacemos de la economía una forma de vida, estamos en los fangosos terrenos de la mezquindad. Como cualquier otro vicio, la tacañería produce placer en los que la practican y sufrimiento en los que lo rodean.

Los viejitos “platudos” y avaros suelen decir que las grandes fortunas se hacen cuidando el centavo. Buenos colegios, seguros que lo cubren todo, hospitales de primera y un paseo al año. Pero en la vida cotidiana, el control es asfixiante. Algunos le cobran intereses usureros a sus hijos, otros se niegan a repartir la herencia en vida (aunque sepan que deberían vivir varias vidas para “comerse el capital”) y otros se niegan a toda costa a servir de fiadores, no importa de quien se trate. Acaparar es casi que coleccionar. Estos personajes, compilan billetes como si fueran estampillas. Conozco un señor que se levanta a la madrugada, abre su caja fuerte, saca títulos, dólares, escrituras y otros valores y se sienta a mirarlos como si se tratara de una obra maestra: éxtasis monetario. Por lo general, los cicateros suelen tener un entierro de ricos y vida de pobres.

Una señora de casi cincuenta años, bastante adinerada, para ahorrarse la visita médica donde su ginecólogo, se viste con ropa vieja y hace fila en el Seguro Social para no pagar el costo de la consulta. Otro señor, que se llama a sí mismo “metódico”, tiene todos los alimentos bajo llave y hace un inventario diario de lo que hay en la nevera. Su esposa e hijos deben decir qué van a consumir y anotarlo en una planilla. Conozco un señor económicamente solvente que se vanagloria porque se pasa los peajes sin pagar, porque le parecen caros. Una prestigiosa profesional, solamente lava su ropa a la tercera o cuarta postura, porque se “gasta”. El dios dinero hace desastres y nubla la razón.

Una cosa es la sencillez y otra ser miserable. De tanto cuidar lo que se tiene, no se disfruta, y de tanto amarrar los bienes, se va creando la idea distorsionada de que se es pobre sin serlo. Muchas personas tacañas juran y se autoengañan hasta convencerse a sí mismas que realmente no tienen recursos: “Estoy ilíquido” (la carencia de liquidez es una nueva forma de pobreza).  Muchas personas económicamente humildes viven mejor, se dan más gusto y tienen una mejor calidad de vida. 

Cuidar lo que se tiene es importante, pero no usufructuarlo alegre y despreocupadamente es codicia.  Darse gusto no significa derroche, y autorreforzarse no implica despilfarro. El dinero es un medio y no un fin. Muchas personas guardan celosamente vajillas, manteles, joyas y otros enseres “finos” (algunos ya amarillentos desde el matrimonio) y no los usan en el diario vivir ¿Para que los tienen si no los disfrutan? Se nos pasan los años esperando la “ocasión especial” que nunca llega. Nuestro closet es fiel testigo de las estupideces que almacenamos por un culto al ahorro exaltado y mal entendido.

No estoy defendiendo los “manisueltos”, sino criticando los manicortos. Los que creen que valen por lo que tienen, los que sufren con el mínimo exceso, los que hacen cuentas a cada instante, los que inculcan el miedo a gastar, los que se sienten culpables de la autorrecompensa y los que son egoístas con sus seres queridos.

Si publicitamos la moderación económica exagerada estaremos fortaleciendo la avaricia y la mezquindad. Y no hay avaricia sin envidia, y no hay envidia sin agresión. Hay que ahorrar cuando se puede, y hay que darse gusto cuando se quiere. Ese punto medio donde la autoestima y el autocontrol se dan la mano, se puede aprender y vale la pena enseñarlo.


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La terquedad del amor

LA TERQUEDAD DEL AMOR
LA TERQUEDAD DEL AMOR

Ser muy distintos, en las parejas, no produce afinidad sino rechazo e incomodidad.

Un fanático del racismo emparejado con una activista de los derechos humanos no sería una feliz combinación. Como tampoco lo sería un sujeto violento por naturaleza con una mujer pacifista por convicción. Y no hablo de atracción física, sino de convivencia. En ocasiones la gente prefiere ignorar las disparidades, tapar el sol con el dedo y seguir con la relación como si nada pasara. Dos ejemplos.

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El aburrimiento creativo

Aburrimiento creativo
Aburrimiento creativo

La sociedad en la que vivimos nos exige, nos empuja y nos obliga a entrar en la carrera de un rendimiento casi suicida: “Para ser el mejor, debes llegar al extremo de la competitividad, a cualquier precio, cueste lo que cueste”.

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El duelo: Un sufrimiento útil

El duelo un sufrimiento útil

Ni todo sufrimiento es malo, ni todo sufrimiento es bueno. Ni búsqueda desenfrenada de placer ni fanatismo masoquista. Hay aflicciones que son imprescindibles para el ser humano, y otras que sobran. Hay dolores productivos que nos hacen crecer y avanzar,  y otros que son un especie de vía crucis rumbo a nada: el tormento por el tormento.

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Aprende a separar la tristeza de la depresión

Aprende a separar la tristeza de la depresión

En nuestro organismo conviven dos tipos de emociones: las que son decretadas por la madre naturaleza y las que son inventadas por la mente. Las emociones biológicas (primarias) no son aprendidas, nacen con uno, cumplen una función adaptativa para la especie y se agotan rápidamente. Las más importantes son: dolor, miedo, ira, placer, alegría y tristeza. Sin ellas no existiría vida en el planeta, homo sapiens incluido.

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Dos clases de amor…

amor universal

Cada vez que me acerco al tema del amor universal salgo mal librado. Hay algo que no me cuadra. No sé si es la influencia del delicioso desorden americano en el que me crié, o cierto realismo afectivo que me ha acompañado en las lides amorosas, pero la idea de un sentimiento indiscriminado e impersonal que trasciende fronteras y se apodera de las parejas, me parece una mala importación oriental. Una traslación demasiado mecánica y ajena a lo que somos: latinos alborotados, coléricos hasta la médula, intensos y febriles.

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La adicción afectiva

La adicción afectiva

Una mujer de treinta años, soltera y profesionalmente exitosa, hacía la siguiente descripción de su “relación amorosa”:

“Estoy cansada… Llevo doce años de novia y nada parece funcionar… El problema no es el tiempo, sino el trato que me da mi novio… Él no me maltrata físicamente pero sí lo hace verbalmente… Me dice que soy la mujer más fea que ha visto y que le doy asco… Si estamos en algún lugar público, me hace caminar adelante para que no lo vean conmigo porque le da vergüenza… Cuando le llevo un detalle, si no le gusta, me grita tonta y retardada, lo rompe o lo arroja a la basura muerto de la furia… Yo siempre soy la que paga las cuentas… Jamás me abraza o acaricia, porque dice que me voy a mal acostumbrar… Tiene otras mujeres, me cuenta lo que hace con ellas y me obliga a escucharlo… Si no le presto el carro me insulta… El otro día me escupió en la cara…”

¿Cómo es posible que una persona pueda llegar a tolerar este tipo de agravios y someterse así? Cuando se le preguntó por qué no lo dejaba, contestó entre apenada y esperanzada: “Es que lo amo… Pero si pudiera desenamorarme, lo dejaría…“. Ella buscaba el alivio, pero no la cura.

No hay que esperar a desenamorarse para terminar con una relación destructiva. En estos casos, la estrategia adecuada para enfrentar el problema es la misma que se utiliza en farmacodependencia, donde el adicto debe pelear con la apetencia y sacrificar el placer inmediato por la gratificación a mediano o largo plazo.

Escucha el podcast: Hasta dónde me puede llevar la adicción afectiva

En las adicciones afectivas (apego), nos guste o no, todo el trabajo de ruptura e independencia emocional deberá hacerse con el supuesto amor a cuestas: “Aunque lo quiera, me alejaré de él porque no me conviene”. Muy difícil y solo para valientes, pero así es. No importa cuanto duela, si es dañino, hay que retirarse y no consumir. El desamor no es un requisito para desligarse de las relaciones enfermizas, sino más bien su consecuencia. Además, no creo que el amor pueda disminuirse a fuerza de voluntad y razón, eso es puro cuento. De ser así, el proceso inverso también debería ser posible, y tal como lo muestran los hechos, uno no se enamora del que quiere, sino del que puede.

La mujer antes mencionada era una adicta a la relación o si se quiere, una adicta afectiva. Mostraba la sintomatología típica de un trastorno por consumo de sustancias, donde la dependencia no estaba relacionada con la droga, sino con la seguridad de tener a alguien, así fuera una compañía espantosa. El diagnóstico de adicción se fundamentaba en los siguientes puntos: (a) pese al maltrato, la dependencia había aumentado con lo meses y los años; (b) la ausencia de su novio producía un completo síndrome de abstinencia no reemplazable por otra “droga”; (c) existía en ella un deseo persistente de terminar el noviazgo, pero sus intentos eran infructuosos y poco contundentes; (d) invertía una gran cantidad de tiempo y esfuerzo para poder estar con él, a toda costa y por encima de todo; (e) había una clara reducción y alteración de su normal desarrollo social, laboral y recreativo debido a la relación; y (f) seguía alimentando el vínculo a pesar de tener consciencia de las graves repercusiones psicológicas para su salud. Un caso de “amorodependencia”, de dudoso amor.

Te gustará leer el libro: Los límites del amor

El núcleo duro de toda relación de pareja es el autorrespeto. Sin él, dejaríamos de ser queribles. Sin ese conjunto de principios no negociables, quedaríamos a merced del mejor postor y el amor propio se volvería añicos. El apego corrompe, degrada, limita, cansa, desgasta y agota nuestro potencial. Por el contrario, la dignidad libera, el autocontrol ayuda, la autoestima engrandece, la autoeficacia nos vuelve atrevidos, y el realismo afectivo, por más crudo que sea, enseña a perder. Mal de amores o salud afectiva: la elección es nuestra.


Guía práctica para no sufrir de amor

Guía práctica para no sufrir de amor

En esta guía práctica aprenderás cómo acercarte a un amor más pleno y gratificante; siempre bajo la consigna clara y determinante: si un amor te hace sufrir, ese amor no te sirve.


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La amistad en la pareja

La amistad en la pareja

Amistad amorosa: gozar de la persona amada sin angustia y con benevolencia. Me alegra tu alegría, me complace verte feliz. Amor compañero: el cariño que sentimos por aquellos con quienes nuestras vidas están profundamente entrelazadas.

Algunos psicólogos no ven con buenos ojos la amistad de pareja y tienden a separar el amor de compañerismo, de la libido. Por ejemplo, Stemberg, dice al respecto:

“El amor de compañerismo es el resultado de los componentes intimidad y decisión-compromiso del amor. Se trata, esencialmente, de una amistad comprometida, de larga duración, del tipo que frecuentemente en los matrimonios en los que la atracción física una fuente primordial de la pasión,  ha disminuido”

Hacer incompatible el compañerismo de pareja con el deseo, es crear una falsa dicotomía. ¿Quién dijo que el compromiso voluntario que nace del “querer simpático” es irreconciliable con la chispa de eros? O por el contrario, ¿no será que el sexo maduro, el que surge de la buena convivencia, posee la cualidad, el cuerpo y el aroma de los vinos añejos? No se trata de excluir la pasión del compromiso, sino de integrarlos en un amor más unificado y completo. Nadie niega que con el paso de los años la atracción física disminuye, pero tal como he dicho antes, la sal, el gusto por la relación, puede estar en muchos otros elementos.

El filósofo Vernant, sin duda más realista, se refiere a la amistad de pareja como una relación entre camaradas:

 “Ser camaradas es ser amigos en el día a día. Cuando se ha comido se ha bebido y reído juntos y se han hecho también la cosas importantes y serias, esta complicidad crea tales vínculos  afectivos que solo se puede sentir llena la propia existencia en y por la proximidad del otro”

Los compañeros de abordo, como decía Brassens en una de sus canciones. En los años sesenta la palabra “camarada” fue adoptada por el partido comunista para referirse a los que “militaban en el mismo bando y compartían las mismas ideas”. La dimensión política del amor: personas comprometidas con la misma causa, independiente que sean de derecha o izquierda.

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Según Aristóteles, “comunidad” es la asociación de dos o más individuos que tienen intereses comunes y que participan en una acción común. En un sentido similar, los psicólogos sociales describen dos tipos de alianza afectiva: relaciones de intercambio y relaciones comunitarias. En las primeras se llevan cuentas y se hace un permanente balance costo-beneficio. En las segundas, los cálculos no son tan importantes porque  el saldo nunca está en rojo, nadie se aprovecha del otro.

Amistad amorosa: comunidad afectiva de dos que se desean. No solamente eres “mi amor”, lo cual es entendible y hasta lógico porque te amo, sino alguien más fundamental, más cercano, más philico: eres “mi compañera (o)”. ¿Compañera (o) de qué?: de intimidad, de vida, de sueños. Hacer el amor con la mejor amiga o amigo, esa es la amistad de pareja.


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El amor y los nuevos valores

El amor y los nuevos valores

Si queremos modificar los paradigmas que tenemos sobre las relaciones afectivas, debemos revisar nuestras concepciones tradicionales sobre el amor en general y el amor de pareja en particular a la luz de un conjunto de valores renovados. En realidad, no sé si Dios es amor, pero de lo que estoy seguro es que el amor interpersonal humano, el que nos profesamos en el día a día y aquí en la tierra, está bastante lejos de cualquier deidad.

Hay al menos cuatro “valores” que han sustentado un amor convencional negativo para la salud mental, los cuales llevamos a cuesta como una obligación histórica que trasmitimos de generación en generación mecánicamente. Gran parte de nuestras relaciones interpersonales y afectivas se rigen por estos principios, que insisto, hemos incorporado a nuestros esquemas como verdades absolutas. Mientras exista este fundamentalismo sentimental estaremos condenados a un sufrimiento absurdo que nos impide vivir el amor de manera libre y relajada.

El primer valor a revisar es el de la fusión amorosa. La obstinación de querer ser uno donde hay dos. “Mi media naranja”, “Mi complemento”, “Mi alma gemela”: pura adicción, pura simbiosis. Un solo espíritu, una sola alma, un solo cerebro, un manojo de ideas amalgamadas hasta el hartazgo. Adiós al asombro. Las “almas gemelas”: ¿no sería mejor, más fácil y pragmático, al menos para los que no vivimos en el “plano astral”, buscar una forma de unión más aterrizada? ¿Qué hacer?: cambiar la fusión por el valor de la solidaridad: estar unidos, en comunidad y de manera participativa. Dos individualidades que se vinculan, porque amar la diferencia es amar dos veces. Estar sindicalizados en el amor.

El segundo valor es el de la generosidad amorosa. No es que esté a favor de la tacañería, lo que ocurre es que en la relación de pareja siempre esperamos algo (en la generosidad no). Si eres fiel, esperas fidelidad; si eres tierno, esperas ternura; si das sexo, esperas sexo, en fin: esperamos. Es más saludable agregar a los brotes espontáneos de generosidad, el valor de la reciprocidad. Justicia distributiva (Aristóteles) y justicia conmutativa (Santo Tomás). El amor recíproco da y recibe. Amor de ida y vuelta, equilibrado, justo, ético. No milimétrico, sino proporcionado.

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El tercer valor es la obligación o el deber conyugal. Las relaciones afectivas cuyo vínculo se instala sobre la base de los imperativos se van agotando a sí mismas. La relación amorosa no puede ser una exigencia. No se trata de estar con quien porque se debe estar, sino estar con quien se quiere estar. Los deberes son necesarios para cualquier tipo de convivencia siempre y cuando no afecten la dignidad de nadie. El deber razonable y bien concebido es un cimiento para el respeto, pero el deber inexorable e irracional tiende a justificar todo tipo de violaciones. Hay que convivir con el deber razonable y pasarle por encima al deber irracional. Es mejor completar las obligaciones, contratos y juramentos con el valor de la autonomía. Autogobierno, independencia personal con ayuda de la razón. ¿Cómo potenciar el “yo auténtico” si no somos libre de desear lo que queremos y de afirmarnos en lo que pensamos?.

El cuatro valor es la tolerancia. Si alguien dijera yo tolero a mi pareja, no apostaríamos cinco centavos por esa relación ¿Hay que tolerarlo todo? Obviamente no. Al igual que cualquier principio de vida, hay que fijar límites. Aunque la palabra tolerancia posee una acepción positiva (pluralismo, democracia), “tolerar”, de acuerdo a un reconocido diccionario de sinónimos, también quiere decir: soportar, aguantar, sufrir, resistir, sobrellevar, cargar con, transigir, ceder, condescender, compadecerse, conformarse, permitir, tragar saliva, sacrificarse. Es más inteligente recurrir al valor del respeto. Reconocer al otro como un interlocutor válido, que tiene algo importante qué decir y a quien vale la pena escuchar en serio. Mucho más que tolerar, sin duda.

Los cuatro valores guía que he propuesto tienen arraigos en grandes movimientos a favor de la dignidad. Los tres primeros responden a la Declaración de los derechos del Hombre y el Ciudadano y el cuatro valor se desprende claramente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El amor saludable y valioso, es compatible con ambas manifestaciones.


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El poder de la belleza

El poder de la belleza

Ser bello tiene sus privilegios. Tal como atestiguan algunas investigaciones, las personas bellas son mejor tratadas, se las considera más bondadosas, se las disculpa más y se las atiende mejor. Incluso el atractivo femenino pueden ser un valor agregado para los varones. Por ejemplo, cuando un hombre aparece acompañado de una mujer muy sexy, aumenta su favorabilidad: dime con quién andas y te diré cuánto cotizas. En el caso inverso, la predicción no se cumple: la evaluación de la mujer depende más de su encanto personal que de la compañía de turno: no me importa con quién andas, si eres bella, eres atractiva de todos modos.

Se ha descubierto que en casi todas las culturas, el rostro femenino de mayor atracción es aquel de aspecto infantil, ojos grandes y separados, nariz y barbilla pequeña, sonrisa amplia y cejas altas. No está de más agregar que la búsqueda de estos rasgos, disparadores visuales del eros masculino, ha llevado a muchas mujeres a crear una obsesión por sentirse especialmente deseadas.

Como resulta obvio para cualquiera que haya estado en estas lides, los hombres somos más propensos a la belleza física que las mujeres, mientras éstas se inclinan más por atributos como el poder, la posición social y el prestigio, aunque no exclusivamente. Una mujer bella y coqueta puede resultar tan peligrosa como un hombre de chequera abultada.

Así que por más que las feministas hagan pataletas y posiblemente con razón, para la gran mayoría de las señoras y señoritas, el varón exitoso, excita. El dinero es sexy, aquí y en la China. Otra vez los datos: a las mujeres les gustan los hombres que muestren signos de dominio, que sean inteligentes y ambiciosos, altos y fuertes, y si además son “bonitos”, mejor, mucho mejor. Los psicólogos sociales son precisos al decir que en general, las mujeres ofrecen belleza y buscan seguridad financiera, mientras los hombres ofrecen posición financiera y solicitan ciertas característica físicas.

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¿Y en cuanto a la belleza masculina? El cuento de que “los hombres son como el oso” debe haber sido un invento de los feos. Los especímenes “lindos”, tipo Brad Pitt, producen tanto revuelo en las mujeres como un terremoto. Se me dirá que personas como Sean Connery o Harrison Ford igualmente hacen estragos, pero es que ellos también son atractivos, maduros, pero buenos mozos. La tendencia es clara: al igual que las mujeres, los hombres bien parecidos son mejor evaluados y más admirados, incluso los políticos, que es mucho decir.

Los varones poderosos y la mujeres bellas suelen tener un cortejo de simpatizantes dispuestos a todo para obtener sus favores. Competir con esos admiradores o admiradoras es definitivamente estresante: siempre habrá una mujer más bella o un hombre más platudo que nos ponga a tambalear. Por eso pienso que es mejor tener una compañera normal, una mujer sin silicona, que no deslumbre ni active tanta testosterona en los rivales masculinos: más calma y menos mala sangre. Igualmente, es mejor enamorarse de un varón normal, ni tan alto ni tan opulento, uno que se acurruque de vez en cuando, que pida consejo, que haga sentir a su mujer como la más hermosa y extraordinaria el mundo, aunque no sea exactamente así: ¿qué importa la objetividad, si nos sentimos amados? Definitivamente,  el promedio tiene sus encantos.


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