El espacio vital

No somos especialistas en crear nuestro hábitat inmediato. Por lo general, sin darnos cuenta, nos rodeamos  de cosas y personas que nos incomodan o nos generan estrés, y nos resignamos a ello. Hay como un descuido respecto a uno mismo, que se ve reflejado en los espacios vitales  por los que nos movemos a diario.

Recuerdo que en cierta ocasión un anciano llegó a mi consulta con una depresión  no muy severa, pero que lo hacía funcionar  a “media máquina”. Había un bajón en su estado de ánimo, una tristeza sostenida que lo acompañaba gran parte del día y se desvanecía cuando se aproximaba la noche. Intentamos varias aproximaciones sin mucho éxito, hasta que le pedí que me dejara visitar su casa para saber dónde y cómo vivía, esperando encontrar allí algún factor de mantenimiento. El señor aceptó y un día por la mañana fui a su apartamento.  Cuando llegué al lugar me recibió su esposa con una sonrisa amable y después apreció él con una vestimenta de casa: un suéter raído, un pantalón negro de ejercicio que le quedaba corto y unas pantuflas. Comenzamos el recorrido y me fui sorprendiendo a media que avanzábamos. Aunque el hombre pasaba la gran mayor parte del tiempo en su hogar, el ambiente dejaba mucho que desear; el descuido era evidente. Cuando yo le señalaba algún signo de dejadez, la señora asentía por detrás, como diciendo: “Tiene toda la razón, ya era hora de que alguien se lo dijera”. 

Le gustaba mucho leer, pero su biblioteca era muy oscura. El ventanal tenía unas cortinas pesadas de terciopelo, como la de los teatros de antaño, que no deja pasar la luz y los bombillos del techo, al ser de baja potencia, dejaban todo en penumbra. Sus gafas estaban totalmente desbaratadas y pegadas con una cita de plástico. Le pregunté si podía ver bien con ellas y respondió que más o menos porque hacía mucho que no iba donde el oftalmólogo. Escuchaba radio todo el día y el pequeño aparato no solo era del siglo pasado, sino que había que rezarle para que funcionara. Se la pasaba moviéndolo para sintonizar la onda. Le gustaba comer bien y ni se daba gusto con la comida. Le agradaba vestirse y el contenido de su guardarropa era lamentable.

El televisor solo cogía los canales nacionales, el cajón de su mesa de noche se caía cada vez que lo abría, las paredes de su casa estaban descascaradas, y ni qué hablar de los muebles. También descubrí que su cama tenía un enorme hueco, donde se hundía para dormir y le producía dolor de espalda. En fin, su hábitat era depresivo.

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¿La causa?: abandono de su persona. Dejadez y olvido de sí mismo, incapacidad de remodelar la  propia vida, reestructurarla a su amaño y crear un ambiente que promueva al bienestar personal. Nos vamos acostumbrando a lo malo y lo vamos incorporando a lo cotidiano como un karma ineludible.

Sentirse merecedor, es procurarse una buena vida a partir de lo elemental, que no es ganarse la lotería, sino configurar zonas de placer y/o de comodidad. No hablo de lujo, sino de decoro. De rodearnos de una estética básica y de un confort personalizado que nos empuje hacia arriba y no hacia abajo ¿Me place leer?: pues adecuo una área para eso ¿Me gusta comer bien?: procuraré tener una buena alimentación ¿No duermo bien?: tiraré el colchón por la ventana y buscaré uno nuevo. Reingeniería hogareña. 

Como si llevaran un pequeño masoquista dentro, algunos se regodean en un sufrimiento inútil, además de peligroso… ¿No veo bien?: trataré de cambiar mis gafas. ¿Las paredes están descoloridas?, pues las pintaré. ¿La mesa de noche está acabada?: buscaré otra o la mando arreglar. Puro autorrespeto, pura autoestima. La suma de las pequeñas incomodidades y molestias innecesarias que nos rodean pueden hacer que la vida se convierta en un infierno. El espacio vital en el cual vives y te mueves, te define, te sube o te baja. Y aunque parezca que te acostumbras a lo desagradable, no es así, tarde que temprano la salud te pasa factura.

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